• Categoría de la entrada:Ensayo

La carta privada y el cuidado de sí. Cuarta carta: la manutención de saberes

Cuidar la escritura de sí es una de las expresiones más inmediatas del escritor que cartea; acaso buena parte del interés por cartear nace de la preocupación por ejercitarse. La carta se convierte en una herramienta para mejorar, pulir, experimentar un estilo, trazar una búsqueda poética o narrativa.

Jorge Medina

Pintura de Eduardo Jonquiere

Santiago de Cali, 25 de noviembre de 2020

Constante lector:

Llegamos al final. Esta es la última carta en esta aventura de vincular el cuidado personal con la escritura del yo. En la anterior carta ejemplifiqué la presencia de la autorrevelación y del autoconsuelo como formas de ese cuidado en la carta privada; ahora, explicaré de qué manera se presenta lo que llamo la manutención de saberes, mi última propuesta del cuidado de sí en la dimensión del destinador. 

La manutención de saberes

Cuidar de sí es también cuidar de los saberes. En la conversación cotidiana nos entregamos al intercambio de conocimientos sobre variados temas: pintura, música, cine, literatura, la moda, la economía, lo que comemos, lo que nos disgusta, la vida misma como ese compendio de experiencias personales de las que hemos adquirido aprendizajes que nos evitarán los errores o nos guiarán por senderos más afortunados. Este conjunto de temas está siempre en relación con el acervo de los interlocutores. 

En este diálogo diferido de la carta, los textos transitan por variados temas. El género contiene una estructura específica, sí, pero no demanda una exposición de un contenido determinado. Como escritura del yo, el escritor se permite hablar de lo que le parezca necesario, de lo que le urge o desea, de lo que se le permite en ese vínculo privado. 

Cuidar de sí es también cuidar de los saberes. En la conversación cotidiana nos entregamos al intercambio de conocimientos sobre variados temas.

En esa variedad temática se intercambian diversos saberes, algunos de los cuales corresponden a los saberes expertos de los carteadores. En este caso, se trata de pintura y literatura.

Del 19 de diciembre de 1952, escrita en París:

La nota de Viola Soto sobre el libro de Girri es excelente; en cuanto al libro, tiene de lo mejor y lo peor de Alberto (acabo de decírselo así); lo mejor es una capacidad de producir máquinas poéticas que casi da miedo; el individuo hace poemas como piedras, seres concluidos y cerrados, guijarros ontológicos. Lo peor es la tendencia a olvidarse de que la poesía no es comunicable sino por el puente de plata de una lengua, de una construcción extrovertida (como una flor, por ejemplo; ¿cómo imaginar una rosa al revés, digamos con los pétalos hacia adentro o cosa parecida? Hasta el erizo, para rechazar, tiene que dirigir las espinas hacia la mano del que lo coge). Girri fabrica por ahí unas cosas que tendrán gran sentido para él, pero que para mí se quedan en la formulística más sibilina. Con todo, dos o tres poemas de su libro («Plegaria del mago», «Imparcialidad», «Subsistir, subsisto») son de lo más hermoso de la poesía argentina hasta este día del señor (p. 132).

Podría citar muchísimas parrafadas de la crítica literaria que Cortázar escribe en esta correspondencia, pero basta una para demostrar lo que pretendo. Estas páginas enviadas a Eduardo le permiten una reafirmación constante de sus ideas artísticas y, por supuesto, una movilización interior de dichas ideas. Se trata de una movilización de su saber experto, que mantiene en trabajo constante gracias a estas cartas, entre las numerosas que escribió a variados escritores y amigos, porque era prolífico en la escritura epistolar. 

Pintura de Eduardo. Acrílico sobre tela. 200 cm x 200 cm. Macla.

En muchas de sus cartas nos topamos con la crítica literaria a los poemas de Eduardo. En la del 3 de abril de 1952, desde París, escribe:

De tus poemas me gustan sobre todo «Compra y venta del hombre», «El extrañado» y «Duro demonio…». Me gusta que me dejes asomarme a tu taller, entre torsos y cabezas inconclusos. «A mí no me conoces…» Suena a Salinas —cuya muerte he lamentado mucho— pero no tiene duende (para mí). Ojo! Hay un par de versos que no me gustan nada en «¿Quién reposa…?». Son éstos: «Remueve la acción la negra hora», que admitirás es especialmente duro, feo y didáctico. Y el que sigue: «Como costra de sangre coagulada», donde el reparo apunta al sentido: si la sangre no estuviera coagulada, ¿de ánde la costra? Incluso el agregado «en una herida» es casi tautológico, porque se lo supone tácitamente. Perdóname esta cirujía [sic] menor, pero estoy seguro de que no te parecerá mal (p. 45).

Eduardo confía en el saber literario de Cortázar, razón por la que permite que este se asome a su taller, «entre torsos y cabezas inconclusos». Y el cuentista (que también hacía poemas), le corresponde con una lectura crítica, compartiéndole lo que considera aciertos y desaciertos. El reparo sobre la «costra de sangre coagulada» volverá en la carta del 16 de mayo de 1952, tras la respuesta de Eduardo, quien, al parecer, apela al reparo:

Acepto tu explicación sobre «la costra de sangre coagulada». Es perfectamente lógica, solo que… Ahí tienes, para mí la fricción, la molestia continúa cada vez que releo el poema. Me permito preguntarte si el solo hecho de que yo haya sentido esa molestia no indica que algo no funciona en esa parte. (Por lo menos te queda un punto de vista del lector) (p. 63).

Cortázar insiste en su reparo, aun contra la defensa del autor implícita en la frase “Acepto tu explicación […]». El autor confía en el criterio de su amigo, aunque pueda contrariarlo. Este intercambio de saberes no es exclusivamente un diálogo teórico, sino que conlleva a la dimensión práctica del quehacer artístico. 

Julio también escribe su crítica pictórica, aunque en esta se muestra dubitativo e inquieto. En la carta del 19 de diciembre de 1952 afirma:

Me avergüenza saber tan poco sobre pintura románica, y quiero informarme mejor, incitado por tus páginas (no te sonrías sardónicamente, porque como no puedo verte, pierdes tu tiempo y te gastas los labios). Una consulta sobre el asunto del apocalipsis de Saint-Sever. (Me acuerdo de que lo vi una noche en tu casa, y que me pareció asombroso.) dices que fue «copiado por los talleres del sur de Francia… sobre el modelo español o mozárabe…». No entiendo. ¿Qué modelo? ¿Existe ese modelo? Explícame (p. 133).

La fuente del conocimiento pictórico es Eduardo. Cortázar se informa a través de él, quien, a su vez, mantiene activos sus conocimientos mediante las cartas que le dirige a Cortázar. En la carta del 24 de mayo de 1954, desde Venecia, el cuentista plantea otro interrogante al pintor: «¿Te parece válida la distinción que hace Romero Brest entre abstractos y concretos? Me gustaría tu opinión là-dessus» (p. 228). Desafortunadamente, no tenemos esa respuesta, que nos permitiría realizar un análisis transversal para conocer la interacción de esta y otras formas del cuidado entre los carteadores.

La fuente del conocimiento pictórico es Eduardo. Cortázar se informa a través de él, quien, a su vez, mantiene activos sus conocimientos mediante las cartas que le dirige a Cortázar.

Eduardo pinta y escribe poesía; Cortázar escribe, pero no pinta, escribe sobre pinturas al escribir para su amigo. La relación que construyen frente a estos saberes expertos es la siguiente: Eduardo enseña a Cortázar sobre pintura y Cortázar se explaya en la crítica literaria, sugiriendo modificaciones a los poemas de Eduardo. Hay un intercambio de saberes disciplinarios o artísticos, además de los saberes vitales.

PINTURAS DE JONQUIÈRES

TABULA RASA

EL OJO SE ENCABRITA
BUSCA ENTRAR

NO COMPRENDE LA TERSA NEGATIVA 
QUE LE NIEGA HORIZONTES
ANÉCDOTAS DE MUSLOS Y DE ÁRBOLES

PATÍN
YA NO CABALLO
SKI Y NO FLECHA O PÁJARO

DERECHA 
IZQUIERDA
NI ADELANTE NI ATRÁS
ARRIBA
ABAJO
NI CERCA NI DISTANTE

REALIDAD VERTICAL
DONDE SE ESTRELLA LA ILUSIÓN DE TODA
TRASCENDENCIA FINGIDA

DE PRONTO EL OJO ES PLENITUD DE TACTO
MANO DE LA MIRADA RESBALANDO
POR BLANCOS POR AZULES POR TRIÁNGULOS

LA FORMA Y EL COLOR
SIN OTRO EMPLEO QUE ESE JUSTO ENCUENTRO
QUE LOS RESCATA DE LAS SERVIDUMBRES
(MANZANAS ROSTROS CIELOS O BATALLAS)

LIMPIO RECINTO DE LA LÍNEA

CARTOGRAFÍA DE FINAL DE VIAJE

Poema enviado en la carta del 21 de noviembre de 1979: 
«A ver si este poema te va. En todo caso responde muy exactamente a mi sentimiento frente a tu última pintura». 
Desconozco la pintura a la que se refiere Cortázar. 
El poema está escrito en mayúscula sostenida.

Existen los saberes acerca de la vida, ese conjunto de aprendizajes que orientan la conducta y la determinan según la experiencia personal. No se trata ya de saberes sobre la ciencia y el arte, sino sobre el arte y la ciencia de vivir. Frente al estado emocional de Eduardo, Cortázar ofrece una interesantísima carta escrita en París el 27 de agosto de 1955, de la que resulta significativo un pequeño fragmento. Se trata, inicialmente, de la perspectiva que Cortázar tiene sobre algunos dolores y penas de su amigo, brindándole consejo y revelación (dos de las formas que trato en la dimensión del cuidado de ti); finalmente, explicando de dónde provienen sus palabras, la fuente de su saber experiencial:

Perdóname por este psicoanálisis barato (y absolutamente desprovisto de rigor) que por lo demás tú habrás practicado más de una vez sobre ti mismo. Si me preguntaras en qué me fundo para decirte todo esto, te mencionaría el cuadro que ofrece todo hombre que pasa su infancia sin su padre, rodeado de una madre bondadosa pero severa, y de tres hermanas mucho mayores, que triplican la imagen materna y acaban dándole una dimensión aplastante (p. 326).

¿La imagen de un cuadro habitado por quién? Por Julio Cortázar. Ese fue su hogar, rodeado de mujeres, con la falta de un padre que lo abandonó a los seis años. «Perdóname por este psicoanálisis barato», se excusa, pero ¿es eso importante? No, desde luego que no lo es; es una persona empleando su experiencia para ayudar a su amigo. Es Julio movilizando su saber vital a través de la escritura en una carta con la que espera aportar en el alivio de las penas de Eduardo, quien, inducido por la confianza y el deseo de aliviarse, confiesa a su amigo sus tragedias personales.

Todavía queda un saber particular que se ejercita de manera constante, ¿cuál puede ser ese saber que constantemente se trabaja en la escritura de la carta? Sí, la escritura misma. Pensar qué decir y cómo decir nos concientiza de la lengua escrita, de sus dinámicas, de nuestras capacidades y dificultades; ahora bien, para un escritor es esencial esta práctica. Cortázar lo demuestra el 9 de diciembre de 1953, desde Roma:

Pero prepárate a reírte, porque te voy a contar las aventuras de dos Robinsones argentinos perdidos en la ciudad eterna, y de cómo te salvaste de saltar por el aire lleno de confusión y asombro, y de cómo me ahorré cuatro mil quinientas liras por una diferencia de tres horas, y otras muchas y aleccionantes aventuras en un solo capítulo, que te probarán mi capacidad novelesco-fáctica, o de cómo le saco el jugo a los eventos. Uf! (p. 196).

Es evidente: Julio lo disfruta. Es el placer de la escritura. La cita es una oración de 76 palabras y cinco comas, una clásica forma de dar entrada a un espectáculo novelesco al estilo de Cervantes en El Quijote. «Te probarán mi capacidad novelesco-fáctica», advierte, manifestando un interés explícitamente literario, un ejercicio de escritura. Quiere probarle a Eduardo su capacidad de sacarle el jugo a los eventos, es decir, su cualidad narrativa y la eficacia de su perspectiva para recuperar lo mejor de los eventos; su mirada de escritor. Continúa escribiendo:

Seamos metódicos, resumamos, ordenemos el pequeño caos de nuestra vida. Tú me escribiste el 7/11 anunciándome el envío de las unidades, y agregando la reconfortante frase: «supongo que ya las habrás recibido». Esto ocurría, lo repito para acentuar el «suspenso», el 7/11. Hacia el 20, los socorros no se habían presentado (p. 196).

Quiere acentuar el suspenso; claramente, pretende producir efectos artísticos. La carta refiere las penurias que pasó con Aurora por las dificultades económicas, esperando «los socorros» de Eduardo. Durante seis párrafos continuará el relato de sus penurias con varias referencias literarias: «Como en los cuentos, pasó el veinte, pasó el veintiuno, llegó el fin de mes…» (p. 197). Tomaba la última carta enviada de Eduardo para descifrar alguna señal: «Estuve por ponerla al fuego, frotarla con vinagre, ver si asomaban rojas letras como en “The Gold bug”» (p. 197). Y este par de graciosos escenarios: 

Primero:

El 7 de diciembre, convencidos ya de que se había producido un serio accr-oc (perdoná la separación, seguro que está mal), y que las cosas andaban muy mal, decidimos iniciar la era de los recursos heroicos. Desechamos el más vulgar de echar suertes a fin de incurrir en el acostumbrado canibalismo. Aurora opinaba que era demasiado chiquita para alimentarme mucho tiempo, y en cuanto a mí soy un montón de huesos, y realmente no le hubiese dejado mucho para comer. (Como simultáneamente yo andaba traduciendo las aventuras de A. Gordon Pym, el tema del canibalismo volvía muchas veces a nuestros diálogos, y se adecuaba lúgubremente a nuestra situación) (p. 198).

Segundo:

Esta mañana (ahora son las doce) despertamos con la decisión de hacerte el cable, pues realmente no podíamos seguir así. Y entonces empezó el cuento de hadas, exactamente empezó el cuento de hadas. Timbre, cartero (el cartero es el heraldo del príncipe, claro), un sobrecito azul con aire insignificante (la llave del tesoro es siempre pequeña, la lámpara de Aladino estaba enmohecida al comienzo, las puertas se abren para Alí Babá con una vulgarísima frase cerealista), y dentro del sobrecito unas líneas de una señora que ostenta un nombre imperial, una referencia a un señor que ejerce una profesión liberal, y otro papelito que sonaba, ah cómo sonaba, oh qué música, qué destellos fulgurantes, oh Nerón tocando esta inmensa lira, este compendio de liras, oh música que nos devuelve a la pizza y al sueño sin íncubos! (p. 199).

Y así es como la noticia de haber recibido el dinero tras una angustiante espera se convierte en una de las cartas más graciosas de la correspondencia. Ese es el Cortázar escritor, una persona que juega, incesantemente, con la literatura, demostrando en esta carta que sus intereses literarios perviven en el tráfico de sus misivas. Cuidar la escritura de sí es una de las expresiones más inmediatas del escritor que cartea; acaso buena parte del interés por cartear nace de la preocupación por ejercitarse. La carta se convierte en una herramienta para mejorar, pulir, experimentar un estilo, trazar una búsqueda poética o narrativa. En las cartas podemos encontrar los ejercicios de estilo que no encontraríamos en ninguna publicación, porque esos ejercicios ocurren en el terreno de lo privado, no han sido escritos para el gran público ni para ofender o maravillar a los críticos.

Tenemos, entonces, dos dimensiones en la expresión del cuidado de los saberes: una temática vinculada al contenido, dividida en dos categorías: los saberes expertos, que potencian el conocimiento teórico y el quehacer práctico; y los saberes vitales, fundamentados en la experiencia (práctica filosófica). La segunda dimensión en esta forma del cuidado es la de carácter formal, relacionada con el acto de comunicar, con la escritura. Es por esto por lo que la carta es, además de un tránsito intersubjetivo, una posibilidad para movilizar los saberes y un ejercicio para los escritores.

Y para mí, la carta es la forma en la que concebí dirigirle mis reflexiones sobre el cuidado de sí: las cuatro cartas sobre la carta privada y el cuidado de sí. Espero haber contribuido a sus curiosidades sobre el tema, haber otorgado una llave conceptual para abrir otras puertas en el universo de las escrituras del yo. 

Hasta pronto.


Documentos citados

Bernárdez, A, y Álvarez Garriga, C. (Eds.). (2010). Julio Cortázar. Cartas a los Jonquières. Alfaguara.


Jorge Medina

Licenciado en Literatura egresado de la Universidad del Valle. Finalista del IX Concurso de Poesía Inédita de Cali en el XIV Festival Internacional de Poesía de Cali de 2014 y ponente de la Feria Internacional del Libro de Cali de 2018, en la mesa «Hablemos del cuento: jóvenes narradores». Escribe poemas, ensayos, artículos de opinión y minicuentos.