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La carta privada y el cuidado de sí. Primera carta: definiciones y «Cartas a los Jonquières» de Julio Cortázar

La carta privada no es, exclusivamente, una herramienta de comunicación. Constituirse como un medio para enviar un mensaje es apenas uno de sus rasgos. La carta privada es una escritura del yo, una herramienta para volcar la mirada sobre el propio cuerpo, la mente y el espíritu como objetos de conocimiento; es decir, una herramienta para conocerse.

Jorge Medina

Pintura de Eduardo Jonquiéres
La carta privada y el cuidado de sí. Definiciones y «Cartas a los Jonquières» de Julio Cortázar

Santiago de Cali, 18 de noviembre de 2020

Bienvenido lector:

Aquí estamos, usted y yo, en el agujero de gusano de la carta. Aquí nos encontramos, porque aquí se une el tiempo de su lectura con el tiempo de mi escritura. Me visita porque le interesa el tema; yo dejé la puerta abierta para quien le interesara esta correspondencia temática y epistolar. Esta es la primera de las cuatro cartas escritas para usted. 

En esta primera carta mencionaré mi propósito y anticiparé lo que encontrará en las otras tres. Solo un favor quiero pedirle: léalas en orden, porque están escritas para ir paso a paso en esta exploración de la manera en la que el cuidado de sí se presenta en la carta privada.

Lo primero que debo decirle es que la carta privada no es, exclusivamente, una herramienta de comunicación. Constituirse como un medio para enviar un mensaje es apenas uno de sus rasgos. La carta privada es una escritura del yo, una herramienta para volcar la mirada sobre el propio cuerpo, la mente y el espíritu como objetos de conocimiento; es decir, una herramienta para conocerse. Aunque no se use en todos los casos, específicamente, para este propósito, sus efectos ocurren mediados por ciertos elementos presentes en su escritura, de los que trataré más adelante. 

La carta privada no es, exclusivamente, una herramienta de comunicación.

Cuando estamos en este terreno surge mi pregunta: ¿de qué manera la carta privada aporta al cuidado de sí? Una pregunta que, quizá, usted ya se había formulado. Si no lo hizo, no importa, en este momento esa pregunta es de los dos. Y antes de adentrarnos en la posible respuesta, es importante definir qué es el cuidado de sí. 

El cuidado de sí

El cuidado de sí es el objeto de las tecnologías del yo. En Tecnologías del yo y otros textos afines, Foucault explica que estas tecnologías:

Permiten a los individuos efectuar, por cuenta propia o con la ayuda de otros, cierto número de operaciones sobre su cuerpo y su alma, pensamientos, conducta, o cualquier forma de ser, obteniendo así una transformación de sí mismos con el fin de alcanzar cierto estado de felicidad, pureza, sabiduría o inmortalidad (1995, p. 48).

Operaciones sobre sí, manipulación del ser, ser-se. En la antigua Grecia, estas tecnologías se fundamentaban en la representación de las prácticas «constituidas en griego como epimelesthai sautou, “el cuidado de sí”, “la preocupación por sí”, “el sentirse preocupado, inquieto por sí”». 

Es importante que tengamos en cuenta que estas prácticas eran maneras de intervenir sobre el cuerpo y la mente con el mismo interés y la misma dedicación con la que se intervenía en las labores cotidianas. En Historia de la sexualidad se nos aclara este carácter pragmático del cuidado:

El término epimeleia no designa meramente una preocupación, sino todo un conjunto de ocupaciones; es de epimeleia de lo que se habla para designar las actividades del amo de casa, las tareas del príncipe que vela por sus súbditos, los cuidados que deben dedicarse a un enfermo o a un herido y los deberes que consagran a los dioses o a los muertos. Respecto de uno mismo, igualmente, la epimeleia implicaba un trabajo (2012, p. 58).

En ese trabajo sobre sí, la escritura era importante, constituía una técnica del tratamiento personal:

Una de las características más importantes de este cuidado implicaba tomar notas sobre sí mismo que debían ser releídas, escribir tratados o cartas a los amigos para ayudarles, y llevar cuadernos con el fin de reactivar para sí mismo las verdades que uno necesitaba (1995, p. 62).

Así, las escrituras del yo encuentran su lugar como técnicas para el cuidado personal, como formas de ejercer el dominio sobre sí. Entre aquellas se destaca, particularmente, la carta, por su manera de combinar la conversación interior y el diálogo con otro:

Están también las conversaciones con un confidente, con amigos, con un guía o director, a las que se añade la correspondencia, en la cual uno expone el estado de su alma, solicita consejos, los da a quien los necesita —cosa que por lo demás constituye un ejercicio benéfico para aquel que se llama preceptor, pues los reactualiza para sí mismo—: alrededor del cuidado de uno mismo se ha desarrollado toda una actividad de palabra y de escritura en la que se enlazan el trabajo de uno sobre sí mismo y la comunicación con el prójimo (2012, p. 60).

Este trabajo sobre uno mismo lleva consigo la noción del retiro. La escritura de la carta privada es una de las formas del retiro, es decir, una de las formas en las que una persona se aísla para reflexionar sobre sus pensamientos, sus sentimientos y emociones. Veamos de qué manera se presenta ese retiro.

El retiro en la carta privada

Cuando usted quiere escribir una carta, ¿qué necesita? Una página en blanco, un bolígrafo, un motivo, un momento para la escritura. El escritor se aísla buscando ese momento. Quien escribe una carta está absorto en sí y en el otro. En esto consiste, en principio, el retiro en la carta privada.

Hay en este retiro una distancia fundamental: se escribe para otro cuando ese otro no está junto a nosotros. No, las cartas no se escriben solo para acercar a los que se encuentran geográficamente distantes. Esto es importante que lo tengamos presente. Cuando creemos que las cartas son solo para unir las mentes de dos personas distanciadas por la geografía le atribuimos una única capacidad: la de ser un medio de comunicación. 

Hay en este retiro una distancia fundamental: se escribe para otro cuando ese otro no está junto a nosotros.

Cuando creemos que es solo un medio para enviar mensajes desconocemos dos aspectos importantes: primero, la carta guarda una potencia transformadora, a nivel subjetivo, que no reside en su cualidad de ser un medio de comunicación; segundo, los tiempos recientes no permiten que la carta se mantenga como un medio de comunicación efectivo. Quien escribe una carta en estos días no está empleando un simple medio, sino que pretende generar unos efectos particulares, como el de brindar un obsequio creado con el tiempo dedicado a la confección de esa artesanía llamada carta manuscrita. 

Estar lejos del otro no es el único motivo para escribirla. No, los motivos son el amor, la amistad, la preocupación, el interés, el deseo de confesar aunado a la incapacidad de hablar; todos ligados al vínculo afectivo y a las dinámicas de fortalecimiento de dicho vínculo, su retroalimentación. Por supuesto, una carta no se escribe exclusivamente para fortalecer un vínculo interpersonal, sino también para culminarlo. 

Deténgase a pensar en las cartas que ha escrito, intente recordar los motivos que lo inclinaron a esas redacciones afectivas. Muchos de los elementos que señalo puede encontrarlos en su experiencia, y yo no hago más que darles orden y mención. Y si jamás escribió alguna, pertenece al particular universo de los que no han carteado. Le advierto que una carta escrita para la madre no es menos carta que cualquiera.

Vale la pena preguntarse: ¿de dónde surge la necesidad de escribirla? Surge de la necesidad de decir. Una necesidad humana primaria. Decir ciertas palabras despierta la vergüenza de la boca y exige el resguardo de la mano. Ciertas frases las decimos más fácil por los dedos que por los labios. La carta es precisa para satisfacer esta necesidad.

Cuando el escritor se retira para escribirla, se aleja de ese otro que es el destinatario. Ese alejarse es físico, pero mantiene cerca la imagen, la representación; la escritura de una carta exige un acercamiento en esa distancia, un contacto que ya no es físico. En esa distancia el escritor se concientiza de sus sentimientos, de sus ideas y de la lengua. Se pregunta por la forma adecuada de expresar, por las palabras justas. Uno se pregunta: ¿lo digo de esta manera? ¿Cómo describo este sentimiento? ¿Cómo planteo esta propuesta o solicitud? ¿Estaré diciendo demasiado o no lo suficiente? Esto brinda ese retiro, un momento para la reflexión. 

Ese alejarse es físico, pero mantiene cerca la imagen, la representación; la escritura de una carta exige un acercamiento en esa distancia, un contacto que ya no es físico.

Escribir una carta tiene sus exigencias. ¿Está de acuerdo conmigo en esto? Si fuera un acto sumido en la facilidad, no habría quién las rompiera luego de escribirlas o quién se dispusiera a guardarlas eternamente entre un libro o en el cesto de la basura. Esas son las cartas que nunca llegan, aunque llegaron al lector infaltable: el destinador. Quien escribe una carta es su primer lector. Así lo expresa Pedro Salinas en su imprescindible ensayo «Defensa de la carta misiva y de la correspondencia epistolar», publicado en El defensor:

El escribir es cobrar conciencia de nosotros y hasta el que escriba una carta a la ligera se pondrá delante el testimonio, la conciencia de su ligereza (2002, p. 36).

En síntesis, en ese retiro, en esa soledad material frente a la compañía espiritual del otro, el escritor reflexiona sobre lo que siente. En esa reflexión hay espacio para el descubrimiento, la reafirmación y la negación, elementos que se manifiestan en tres dimensiones: la del yo (destinador), la del tú (destinatario) y la del nosotros (el vínculo interpersonal). Estos son los tres niveles del cuidado personal en la carta privada, a los que llamo el cuidado de sí, el cuidado de ti y el cuidado de nosotros.  

En estas cuatro cartas trataré la primera dimensión: la del yo (destinador), en la que puede ocurrir el descubrimiento, la reafirmación y la negación sobre sí. ¿Por qué sobre sí cuando es una escritura para otro? Porque quien escribe es el primer receptor de esa escritura; el destinador es el primer destinatario. La carta es un espejo de tinta. Salinas lo expresa de esta manera:

Hombre que acaba una carta sabe de sí un poco más de lo que sabía antes; sabe lo que quiere comunicar al otro ser. Como el niño recién nacido, toda carta da la primer alegría o el primer dolor al que la crea. Podría, pues, precisarse lo que se dijo arriba [aquello de la «conciencia de nosotros»]. Nosotros dirigimos una misiva a una persona determinada, sí; pero ella, la carta, se dirige primero a nosotros. Cuántas veces se han dejado caer pensamientos en un papel, como lágrimas por las mejillas, por puro desahogo del ánimo, enderezados más que al destinatario, al consuelo del autor mismo. Es ésta la forma esencialmente privada de la carta, la privadísima (2002, p. 36).

En esta primera dimensión se presentan cuatro formas del cuidado de sí:

  1. La escritura.
  2. La autorrevelación.
  3. El autoconsuelo.
  4. La manutención de saberes.

La primera forma se encuentra en la segunda carta; la segunda y la tercera forma en la tercera carta; y la cuarta forma está en la cuarta carta. 

Antes de presentar cada una de esas formas es conveniente que conozcamos el epistolario que empleo para ejemplificar y demostrar esas maneras del cuidado de sí. Se trata de las cartas de Julio Cortázar dirigidas a Eduardo Jonquières, publicadas en el epistolario Cartas a Los Jonquières, en 2010. 

«Cartas a Los Jonquières»

Julio Florencio Cortázar y Eduardo Jonquières se conocieron en los años treinta en la Escuela Normal Mariano Acosta, en Buenos Aires. El primero llegó para realizar sus prácticas de enseñanza como requisito para obtener el título de profesor; el segundo ya estaba allí, el «alumno particularmente brillante» que recuerda Aurora Bernárdez, mencionada apenas iniciar el prólogo de Cartas a los Jonquières

Eduardo Jonquières

Eduardo fue poeta y pintor. Nació en 1918. En ese año Cortázar pisó el territorio sudamericano, con cuatro años. Así, ambos pisaban tierra argentina por primera vez. El primero la abandona, definitivamente, en 2000 y el segundo en 1984. 

Nos recuerda Joaquín Almeida que en 1955 el pintor ya había presentado sus trabajos en varias exposiciones en Argentina, logrando un reconocimiento importante a nivel local debido a sus impecables obras abstractas, caracterizadas por su composición geométrica y la estricta delimitación de los «campos de color» (Almeida, 2014, p. 7). 

Pintura de Eduardo Jonquieres
Pintura de Eduardo. Acrílico sobre tela. 150 cm x 150 cm. Publicada en Bellas Artes.

Eduardo, el poeta, fue condecorado en 1949 con la Faja de Honor de la Sade por su libro Crecimiento del día. Colaboró en las revistas Papeles de Buenos Aires, Oeste, Sur, El 40, Buenos Aires Literaria, Lyra, entre otras. Fundó junto a Cortázar y otros compañeros el grupo «La guarida», en un bar de la calle Rioja, donde se hablaba largo y tendido sobre las artes y las ciencias (Goloboff, 1998, p. 31).

De su poesía, Víctor Gustavo Zonana afirma:

Su universo imaginario se centra en los temas del hombre, el tiempo, el amor como instancia de vínculo con los otros, la poesía. Estos temas suelen presentar además una serie de motivos asociados que adquieren el carácter de tópicos. Por ejemplo, los símbolos de la ventana (asociados al tema del tiempo), el ángel (asociado a los temas de la poesía y el hombre), el mar (asociado al tema del hombre y del tiempo), la noche (asociada al tema de la poesía) (Zonana, citado en Castellino, 2006, p. 275)

Lo que Castellino cita fue dicho por Zonana en su estudio titulado Eduardo Jonquières: creación y destino en las poéticas del `40, publicado en 2005. Algunos de los títulos que son empleados por Zonana para realizar su análisis son los siguientes: La sombra (1941); Permanencia en el ser (1945); Crecimiento del día (1949); Los vestigios (1952); Pruebas al canto (1955); Por cuenta y riesgo (1961) y Zona árida (1965).

Al pie de la noche

La nuit est ma nudité
Georges Bataille

Echado al pie de la noche
como un perro peludo delante de una puerta
viendo el fuego adiestrarse entre ramas
viendo lo oscuro en equilibrio como una gota antes de caer
burlarse de la burla astutamente
con la cara sudándole miradas y el labio
azuzándole rumor a la palabra
estiraba sus tristezas panza arriba
se iba a secar sus soplos a la nada.

De Zona árida, 1965.

Julio Cortázar

De Julio Cortázar sabemos más o creemos saberlo. Nace en Bruselas, Bélgica, el 26 de agosto de 1914. Su padre, miembro de la diplomacia argentina, se encontraba prestando «servicios comerciales» en dicho país; pero el recién nacido fue promulgado argentino en la Legación. 

Eran los tiempos de la primera guerra. Su familia pasó por varios países, incluyendo a Suiza, donde nació su hermana Ofelia, y Barcelona, donde esperaron hasta el final de la contienda para regresar a su país. Cuando alcanzó los seis años, su padre se marchó abandonando a la familia; desde entonces fue criado entre mujeres: la madre, la abuela materna, una prima de la madre y la hermana Ofelia. De aquí la fuerte presencia del universo femenino en su cuentística (Goloboff, 1998).

Varias ideas se nos agolpan al recordar su nombre: escritor argentino creador de una «difícil obra» titulada Rayuela; padre de un seudónimo cargado de un romanticismo desdibujado entre los falsos lectores: «La Maga», apelativo que causa mejillas rojas y elogios a veces desafortunados; amante del jazz y mal trompetista, inmortalizado en la pretenciosa postura del músico apasionado en una fotografía tomada por Alberto Jonquières, el hijo de Eduardo; de esta diría a uno de sus entrevistadores: «Sí, en verdad toco la trompeta, pero sólo como desahogo. Soy pésimo» (Goloboff, 1998, p. 35); sus cuentos, tan diversos y espectaculares, tan fáciles de ser topados en los textos escolares y en las pruebas de estado, como es el caso del repetido y siempre repetible «Continuidad de los parques», publicado por primera vez en la segunda edición de Final del juego, en 1964. 

Debo ser honesto: aquí no importa tanto su figura popular, porque no emplearé sus cartas como se hace habitualmente: como medio (médium) para descubrir la vida privada de una figura literaria, como costal de datos biográficos o fuente de su arte poética. No. Nos acercaremos a Julio como el amigo que escribe cartas para otro amigo. 

Debo ser claro: que no interese tanto su figura popular no significa que no sea relevante su oficio de escritor; no puede ser así, porque no es posible ignorar la relación entre Julio Cortázar y la literatura, especialmente, cuando la carta le ofrece al escritor la posibilidad de poner en práctica su saber disciplinario, como lo veremos en la cuarta cuarta. Esto lo menciono para aclarar que las formas del cuidado de sí que propongo podrían rastrearse, en teoría, en cualquier epistolario.

Su prolífica escritura epistolar es, precisamente, una manifestación de su oficio; valgan algunos de sus cuentos para explicitar esta combinación de la escritura en el campo literario y en el privado:  «Carta a una señorita en París», Bestiario (1951); «Final del juego» y «Sobremesa», Final del juego (1956); «Cartas de mamá», Las armas secretas (1959); «La salud de los enfermos», Todos los fuegos el fuego (1966); «Cambio de luces», Alguien que anda por ahí (1977);  «Botella al mar», Deshoras (1982). 

En estos cuentos aparece la carta como elemento fundamental para el desarrollo de la trama, ya sea como la estructura total del cuento (esto es, escrito como carta) o como un elemento del relato que, por su estructura, determina algunos curiosos efectos ilusorios, como en «La salud de los enfermos». 

En estos cuentos aparece la carta como elemento fundamental para el desarrollo de la trama, ya sea como la estructura total del cuento (esto es, escrito como carta) o como un elemento del relato.

En «La salud de los enfermos», los hermanos escriben cartas con el nombre de un hermano muerto para dirigirlas a su madre. Cuando ella fallece, una de sus hijas se encuentra en la extraña dificultad de contar al hijo muerto la reciente muerte de su madre; la gran capacidad que tiene la carta para evocar la presencia del destinador resucita al muerto en la conciencia de los destinatarios, aun cuando estos (con excepción de la madre) son los destinadores originales de esas cartas apócrifas. Queda clarísimo que Cortázar reconocía muy bien la estructura de la carta, sus potencias, llevadas al límite de lo fantástico al explotar el carácter diferido de su escritura y su capacidad evocadora de presencias.

Un interesante y somero artículo sobre el empleo de la carta en los efectos de lo fantástico en los cuentos de Cortázar es el siguiente: «Cortázar, el género epistolar y lo fantástico».

El inicio de la correspondencia

El escritor viaja a París en 1950, pero es apenas una visita, un plan de turista. En 1951 regresa patrocinado por una beca francesa que durará un año. Este parece ser el motivo explícito de su estadía en Europa. Sin embargo, en la carta dirigida a Eduardo el 30 de julio de 1952, escrita desde París, expresa otros motivos íntimos:

A ti te digo —te lo dije ya un día en que me llevabas a casa en tu auto— que me he ido de la Argentina porque no puedo más. Si me hubiese quedado o si me tuviese que volver por razones de familia o de la bomba H o de lo que sea, terminaría en la indignidad. Lo sé, soy muy lúcido a veces y a mis horas. Acabaría en la vulgaridad despreciable del borracho (un penchant contra el cual he debido luchar hace unos años) o del cocainómano, o del que hace de los bares del puerto su peldaño final (p. 88).

Este será el viaje definitivo y, posteriormente, en tiempos de la dictadura, se reconoce como un exiliado político que arriesgaría su vida si regresa. Ya en 1950 le escribió a Eduardo la primera carta, la primera del epistolario; le escribirá nuevamente en 1951, iniciando una prolífica correspondencia hasta 1983. Durante estos treinta y tres años de intercambios de viva mano, Cortázar estuvo en diversos países y ciudades; no todas las misivas se dirigen desde París. 

El inventario geográfico es el siguiente: París-Francia: 58; Saignon-Francia: 22; Roma-Italia: 7; Viena-Austria: 7; Buenos Aires-Argentina: 6; Ginebra-Suiza: 4; Nueva Delhi-India: 4; Montevideo-Uruguay: 3; Siena-Italia: 1; Florencia-Italia: 1; Venecia-Italia:1; Dakar-Senegal: 1; Río de Janeiro-Brasil: 1; Gibraltar-Reino Unido: 1; Knokke-le-Zoute-Bélgica: 1; La Habana-Cuba: 1; Berna-Suiza: 1; Kampala-Uganda: 1; Copenhague-Dinamarca: 1; Vigo-España: 1; Managua-Nicaragua: 1; sin origen detectable: 2. 

El epistolario fue publicado en 2010, producto de una recopilación no muy difícil de realizar, puesto que las cartas estaban guardadas por María Rocchi, la esposa del pintor. Los editores inician esta búsqueda fácil al leer en el noventa y ocho una biografía que menciona las «cartas a granel» en manos de la familia Jonquières. La biografía es la realizada por Mario Goloboff. 

Cartas a Los Jonquières está compuesto por ciento veintiséis cartas, trece postales y un recorte publicitario. En un total de quinientas sesenta y ocho páginas, Carles Álvarez Garriga y Aurora Bernárdez dejan a los lectores treinta y tres años de correspondencia que permiten conocer las reflexiones de una persona sobre la literatura; sus opiniones sobre el hecho de vivir y sobre su vida; su transformación política; algunos episodios difíciles, amargos; su interés por consolar los amargos y difíciles episodios de Eduardo; recuerdos, crítica literaria, impresiones pictóricas, problemas de dinero y la afortunada traducción de la obra de Poe que tanto bien le hizo a su economía. 

«Cartas a Los Jonquières» está compuesto por ciento veintiséis cartas, trece postales y un recorte publicitario.

También podemos ver algunos facsímiles de sus cartas, de letra apretujada para ahorrar espacio; algunas de sus cartas compartidas para los esposos; los facsímiles de las trece tarjetas postales y del recorte publicitario; finalmente, algunas dedicatorias firmadas en libros enviados a Eduardo y María. 

Carta de Julio Cortázar-Facsímil
Cartas de Julio Cortázar-Dedicatorias

Este epistolario merece leerse de principio a fin, puesto que la última carta es de 1983, un año antes de la muerte del escritor. Este conocimiento de su muerte, esta cercanía entre el final del epistolario y el final de sus días dota al conjunto de cierta unidad más o menos dramática, dejándonos la certeza de que tras su última firma se avecina su muerte, aunque quizá el firmante no la sospechaba tan cercana. 

El conteo de las misivas plantea un asunto interesante: la existencia de cartas compartidas. Ocurre de la siguiente manera: Cortázar escribe para Eduardo, pero al finalizar el texto para este primer destinatario traza una línea de puntos indicando el final de este primer texto y el inicio de un segundo texto dirigido a María. Así, se dirige a dos personas sobre la misma hoja, creando una frontera visible por la demarcación de la línea punteada o, en algunos casos, por la mención de la segunda destinataria tras despedirse del primero. ¿La contaría como una carta o como dos cartas?

Lo cierto es que en esa frontera de puntos no hay una división estricta de dos cartas, puesto que Cortázar genera un vínculo entre ambos lectores, al mencionar, por ejemplo, en la sección dirigida a María, la posibilidad de que Eduardo se esté enterando de lo que allí está escrito. No hay ruptura de tajo que impida definir a esta carta dividida como una sola, pero compartida. Es decir: la carta guarda una integridad como unidad, a pesar de las dos secciones para dos destinatarios. Si se tomaran como dos cartas, el conteo de 126 pasaría a ser de 141.

Ante esta situación, en una entrevista realizada a Maricló Jonquières, la pequeña «Cló» a quien tanto estima Cortázar en su correspondencia, ella menciona que las cartas no solo eran leídas por sus padres, sino que se encontraban los domingos con los amigos para leerlas (Tomasi, 2016). 

¿Qué nos queda frente a la anterior confesión? Considerar que el campo de la privacidad en la carta privada no se fundamenta, exclusivamente, en la marca explícita del destinatario, en esa direccionalidad de la escritura; los vínculos familiares y amistosos hacen flexible esa condición llamada privacidad. La presencia de Julio Cortázar era compartida entre todos sus amigos mediante esa lectura colectiva. 

Este es el epistolario del que emplearé varios fragmentos para ejemplificar las formas del cuidado de sí. En la siguiente carta podemos ver la primera forma de ese cuidado: la escritura. 

Ahora, necesito un descanso, y andar sobre lo escrito, para corregir algún tuteo inesperado.

Lo espero en la segunda carta: aquí dejo la puerta abierta


Documentos citados

Almeida, J. (2014). Cortázar, Silva, Tomasello y Jonquiéres. Obras conjuntas. Boletín de Arte, (14).

Bernárdez, A, y Álvarez Garriga, C. (Eds.). (2010). Julio Cortázar. Cartas a los Jonquières. Alfaguara.

Castellino, M. E. (2006). Eduardo Jonquières: creación y destino en las poéticas del ’40. Revista De Literaturas Modernas, (36), 272-278.

Foucault, M. (1995). Tecnologías del yo y otros textos afines. Ediciones Paidós Ibérica.

Foucault, M. (2012). Historia de la sexualidad 3. La inquietud de sí. Biblioteca Nueva.

Goloboff, M. (1998). Julio Cortázar. La biografía. Seix Barral.

Salinas, P. (2002). El defensor. Alianza Editorial.

Tomasi, D. (Productor). (2016). Entrevista a Maricló Jonquières. La Desterrada (página radial).