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El cuidado de sí mediante la carta privada:
análisis de Cartas a los Jonquiéres de Cortázar

La carta privada no es solo una herramienta de comunicación. Hace mucho dejó de ser su principal función. Exploraré otras posibilidades del género epistolar, particularmente las relacionadas con el cuidado de sí.

Jorge Medina

Cuidado de sí: pintura de Eduardo Jonquières

La carta privada no es una herramienta de comunicación. Hace mucho dejó de ser su principal función. Exploraré otras posibilidades del género epistolar, particularmente las relacionadas con el cuidado de sí.

¿Qué es el cuidado de sí?

El cuidado de sí es el objeto de las tecnologías del yo. En Tecnologías del yo y otros textos afines, Foucault explica que estas tecnologías:

Permiten a los individuos efectuar, por cuenta propia o con la ayuda de otros, cierto número de operaciones sobre su cuerpo y su alma, pensamientos, conducta, o cualquier forma de ser, obteniendo así una transformación de sí mismos con el fin de alcanzar cierto estado de felicidad, pureza, sabiduría o inmortalidad (1995, p. 48).

En la antigua Grecia estas tecnologías se relacionaban con las prácticas «constituidas en griego como epimelesthai sautou, “el cuidado de sí”, “la preocupación por sí”, “el sentirse preocupado, inquieto por sí”» (Foucault, 1995).

Es importante que tengamos en cuenta que con estas prácticas se intervenía en el cuerpo y en la mente en la cotidianidad. En Historia de la sexualidad se nos aclara este carácter pragmático del cuidado:

El término epimeleia no designa meramente una preocupación, sino todo un conjunto de ocupaciones; es de epimeleia de lo que se habla para designar las actividades del amo de casa, las tareas del príncipe que vela por sus súbditos, los cuidados que deben dedicarse a un enfermo o a un herido y los deberes que consagran a los dioses o a los muertos. Respecto de uno mismo, igualmente, la epimeleia implicaba un trabajo (2012, p. 58).

En ese trabajo sobre sí, la escritura era importante, constituía una técnica del tratamiento personal:

Una de las características más importantes de este cuidado implicaba tomar notas sobre sí mismo que debían ser releídas, escribir tratados o cartas a los amigos para ayudarles, y llevar cuadernos con el fin de reactivar para sí mismo las verdades que uno necesitaba (1995, p. 62).

Así, las escrituras del yo encuentran su lugar como técnicas para el cuidado de sí, como formas de ejercer el dominio sobre sí. Entre aquellas se destaca, particularmente, la carta, por su manera de combinar la conversación interior y el diálogo con otro:

Están también las conversaciones con un confidente, con amigos, con un guía o director, a las que se añade la correspondencia, en la cual uno expone el estado de su alma, solicita consejos, los da a quien los necesita —cosa que por lo demás constituye un ejercicio benéfico para aquel que se llama preceptor, pues los reactualiza para sí mismo—: alrededor del cuidado de uno mismo se ha desarrollado toda una actividad de palabra y de escritura en la que se enlazan el trabajo de uno sobre sí mismo y la comunicación con el prójimo (2012, p. 60).

Este trabajo sobre uno mismo lleva consigo la noción del retiro. La escritura de la carta privada es una de las formas del retiro, es decir, una de las formas en las que una persona se aísla para reflexionar sobre sus pensamientos, sus sentimientos y emociones. Veamos de qué manera se presenta ese retiro.

El retiro en la carta privada, elemento clave del cuidado de sí

Cuando quieres escribir una carta, ¿qué necesitas? Una página en blanco, un bolígrafo, un motivo, un momento para la escritura. El escritor se aísla buscando ese momento. Quien escribe una carta está absorto en sí y en el otro. En esto consiste, en principio, el retiro en la carta privada.

Hay en este retiro una distancia fundamental: se escribe para otro cuando ese otro no está junto a nosotros. Al respecto, debo advertir: las cartas no se escriben solo para acercar a los que se encuentran geográficamente distantes. Esto es importante que lo tengamos presente. Cuando creemos que las cartas son solo para unir las mentes de dos personas distanciadas por la geografía, le atribuimos una única capacidad: la de ser un medio de comunicación.

Hay en este retiro una distancia fundamental: se escribe para otro cuando ese otro no está junto a nosotros.

Estar lejos del otro no es el único motivo para escribirla. Los motivos son el amor, la amistad, la preocupación, el interés, el deseo de confesar, todos ligados al vínculo afectivo, sea para fortalecerlo o para dar una sentencia final. Es por esto que escribimos cartas a las personas que tenemos físicamente cerca. De niños no necesitamos que nuestras madres se mudaran de país para dejarle una carta sobre la mesa.

Piensa en las cartas que escribiste. Recuerda los motivos. ¿Por qué escribiste esas cartas?

Vale la pena preguntarse: ¿de dónde surge la necesidad de escribirlas? Surge de la necesidad de decir. Una necesidad humana primaria. Decir ciertas palabras despierta la vergüenza de la boca y exige el resguardo de la mano. Ciertas frases las decimos más fácil por los dedos que por los labios. La carta es precisa para satisfacer esta necesidad.

Cuando el escritor se retira para escribirla, se aleja de ese otro que es el destinatario. Ese alejarse es físico, pero mantiene cerca la imagen, la representación; la escritura de una carta exige un acercamiento en esa distancia, un contacto que ya no es físico.

En esa distancia el escritor se concientiza de sus sentimientos, de sus ideas y de la lengua. Se pregunta por la forma adecuada de expresar, por las palabras justas. Uno se pregunta: ¿lo digo de esta manera? ¿Cómo describo este sentimiento? ¿Cómo planteo esta propuesta o solicitud? ¿Estaré diciendo demasiado o no lo suficiente? Esto brinda ese retiro, un momento para la reflexión.

Escribir una carta tiene sus exigencias. Si fuera fácil no habría quien las rompiera luego de escribirlas o quien se dispusiera a guardarlas eternamente hasta encontrarlas alguna vez, de casualidad. Quien escribe una carta es su primer lector. Así lo expresa Pedro Salinas en su imprescindible ensayo «Defensa de la carta misiva y de la correspondencia epistolar», publicado en El defensor:

El escribir es cobrar conciencia de nosotros y hasta el que escriba una carta a la ligera se pondrá delante el testimonio, la conciencia de su ligereza (2002, p. 36).

En síntesis, en ese retiro, en esa soledad material frente a la compañía espiritual del otro, el escritor reflexiona sobre lo que siente. En esa reflexión hay espacio para el descubrimiento, la reafirmación y la negación, elementos que se manifiestan en tres niveles.

Tres niveles del cuidado de sí

Identifico tres dimensiones del cuidado de sí en la escritura epistolar:

  • la del yo (destinador),
  • la del tú (destinatario),
  • la del nosotros (el vínculo interpersonal).

Estos son los tres niveles del cuidado personal en la carta privada, a los que llamo el cuidado de sí, el cuidado de ti y el cuidado de nosotros.

Hablaré del primer nivel, el cuidado de sí, a lo largo de cuatro artículos. Es necesario hacerlo así porque un solo artículo sería excesivo y de difícil lectura. Al usar cuatro momentos, es posible hacer una pausa entre texto y texto.

Quizá en una futura publicación me referiré a los dos niveles restantes: el cuidado de ti y el cuidado de nosotros.

En este primer nivel, el cuidado de sí, planteo cuatro categorías:

  • La escritura.
  • La autorrevelación.
  • El autoconsuelo.
  • La manutención de saberes.

¿De dónde salen estas categorías? Son maneras en las que el cuidado de sí se presenta en la escritura epistolar. Desde luego, pueden ser más. Estas son mi propuesta inicial, las que abordé en el análisis de Cartas a los Jonquières.

El cuidado de sí en Cartas a los Jonquières

Julio Florencio Cortázar y Eduardo Jonquières se conocieron en los años treinta en la Escuela Normal Mariano Acosta, en Buenos Aires. El primero llegó para realizar sus prácticas de enseñanza como requisito para obtener el título de profesor; el segundo ya estaba allí, el «alumno particularmente brillante» que recuerda Aurora Bernárdez, tal como se menciona en el prólogo de Cartas a los Jonquières.

¿Quiénes son Julio Florencio Cortázar y Eduardo Jonquières?

Eduardo Jonquières

Eduardo fue poeta y pintor. Nació en 1918. En ese año Cortázar pisó el territorio sudamericano, con cuatro años. Así, ambos pisaban tierra argentina por primera vez. El primero la abandona, definitivamente, en 2000, y el segundo en 1984.

Nos recuerda Joaquín Almeida que en 1955 el pintor ya había presentado sus trabajos en varias exposiciones en Argentina, logrando un reconocimiento importante a nivel local debido a sus impecables obras abstractas, caracterizadas por su composición geométrica y la estricta delimitación de los «campos de color» (Almeida, 2014, p. 7).

Pintura de Eduardo Jonquieres
Pintura de Eduardo. Acrílico sobre tela. 150 cm x 150 cm. Publicada en Bellas Artes.

Eduardo, el poeta, fue condecorado en 1949 con la Faja de Honor de la Sade por su libro Crecimiento del día. Colaboró en las revistas Papeles de Buenos Aires, Oeste, Sur, El 40, Buenos Aires Literaria, Lyra, entre otras. Fundó junto a Cortázar y otros compañeros el grupo «La guarida», en un bar de la calle Rioja, donde se hablaba largo y tendido sobre las artes y las ciencias (Goloboff, 1998, p. 31).

De su poesía, Víctor Gustavo Zonana afirma:

El escribir es cobrar conciencia de nosotros y hasta el que escriba una carta a la ligera se pondrá delante el testimonio, la conciencia de su ligereza (2002, p. 36).

Lo que Castellino cita fue dicho por Zonana en su estudio titulado Eduardo Jonquières: creación y destino en las poéticas del ‘40, publicado en 2005. Algunos de los títulos que son empleados por Zonana para realizar su análisis son los siguientes: La sombra (1941); Permanencia en el ser (1945); Crecimiento del día (1949); Los vestigios (1952); Pruebas al canto (1955); Por cuenta y riesgo (1961) y Zona árida (1965).

Al pie de la noche

La nuit est ma nudité
Georges Bataille

Echado al pie de la noche
como un perro peludo delante de una puerta
viendo el fuego adiestrarse entre ramas
viendo lo oscuro en equilibrio como una gota antes de caer
burlarse de la burla astutamente
con la cara sudándole miradas y el labio
azuzándole rumor a la palabra
estiraba sus tristezas panza arriba
se iba a secar sus soplos a la nada.

De Zona árida, 1965.

Julio Cortázar

De Julio Cortázar probablemente sabes más. Nació en Bruselas, Bélgica, el 26 de agosto de 1914. Su padre, miembro de la diplomacia argentina, se encontraba prestando «servicios comerciales» en dicho país, pero el recién nacido fue promulgado argentino en la Legación.

Eran los tiempos de la primera guerra. Su familia pasó por varios países, entre ellos Suiza, donde nació su hermana Ofelia, y Barcelona, donde esperaron hasta el final de la contienda para regresar a su país.

Cuando alcanzó los seis años, su padre se marchó y abandonó la familia; desde entonces fue criado entre mujeres: la madre, la abuela materna, una prima de la madre y la hermana Ofelia. De aquí la fuerte presencia del universo femenino en su cuentística (Goloboff, 1998).

Varias ideas se nos agolpan al recordar su nombre: escritor argentino creador de una «difícil obra» titulada Rayuela; padre de un seudónimo cargado de un romanticismo desdibujado entre los falsos lectores: «La Maga; amante del jazz y mal trompetista, inmortalizado en la pretenciosa postura del músico apasionado en una fotografía tomada por Alberto Jonquières, el hijo de Eduardo. De esta fotografía, Cortázar confesó a uno de sus entrevistadores: «Sí, en verdad toco la trompeta, pero sólo como desahogo. Soy pésimo» (Goloboff, 1998, p. 35).

Nos encontramos sus cuentos por doquier, tan diversos y espectaculares, aunque reducidos en el universo de los textos escolares y en las pruebas de Estado, como es el caso del repetido y siempre repetible «Continuidad de los parques», publicado por primera vez en la segunda edición de Final del juego, en 1964.

Cuidado de sí: Julio Cortázar tocando trompeta

A pesar de todo esto, debo ser honesto: aquí no importa tanto su figura popular porque no emplearé sus cartas como se hace habitualmente, como medio (médium) para descubrir la vida privada de una figura literaria, como costal de datos biográficos o fuente de su arte poética. No. Nos acercaremos a Julio como el amigo que escribe cartas para otro amigo.

Conviene aclarar, además, que sí es importante tener presente su oficio de escritor, pues la carta privada le permite, por ejemplo, poner en práctica su escritura y generar un intercambio de saberes sobre la literatura, como lo veremos en el cuarto momento.

Su prolífica escritura epistolar es, precisamente, una manifestación de su oficio; valgan algunos de sus cuentos para explicitar esta combinación de la escritura en el campo literario y en el privado: «Carta a una señorita en París», Bestiario (1951); «Final del juego» y «Sobremesa», Final del juego (1956); «Cartas de mamá», Las armas secretas (1959); «La salud de los enfermos», Todos los fuegos el fuego (1966); «Cambio de luces», Alguien que anda por ahí (1977);  «Botella al mar», Deshoras (1982).

En estos cuentos aparece la carta como elemento fundamental para el desarrollo de la trama, ya sea como la estructura total del cuento (esto es, escrito como carta) o como un elemento del relato que, por su estructura, determina algunos curiosos efectos ilusorios, como en «La salud de los enfermos».

En estos cuentos aparece la carta como elemento fundamental para el desarrollo de la trama, ya sea como la estructura total del cuento (esto es, escrito como carta) o como un elemento del relato.

En «La salud de los enfermos» los hermanos escriben cartas con el nombre de un hermano muerto para dirigirlas a su madre. Cuando ella fallece, una de sus hijas se encuentra en la extraña dificultad de contar al hijo muerto el fallecimiento de su madre. La gran capacidad que tiene la carta para evocar la presencia del destinador resucita al muerto en la conciencia de los destinatarios, aun cuando estos (con excepción de la madre) son los destinadores originales de esas cartas apócrifas.

Queda claro que Cortázar reconocía muy bien la estructura de la carta, sus potencias, llevada al límite de lo fantástico al explotar el carácter diferido de su escritura y su capacidad de evocar presencias.

El inicio de la correspondencia

El escritor viaja a París en 1950, pero es apenas una visita, un plan de turista. En 1951 regresa patrocinado por una beca francesa que durará un año. Este parece ser el motivo explícito de su estadía en Europa. Sin embargo, en la carta dirigida a Eduardo el 30 de julio de 1952, escrita desde París, expresa otros motivos íntimos:

A ti te digo —te lo dije ya un día en que me llevabas a casa en tu auto— que me he ido de la Argentina porque no puedo más. Si me hubiese quedado o si me tuviese que volver por razones de familia o de la bomba H o de lo que sea, terminaría en la indignidad. Lo sé, soy muy lúcido a veces y a mis horas. Acabaría en la vulgaridad despreciable del borracho (un penchant contra el cual he debido luchar hace unos años) o del cocainómano, o del que hace de los bares del puerto su peldaño final (p. 88).

Este será el viaje definitivo y, posteriormente, en tiempos de la dictadura, se reconoce como un exiliado político que arriesgaría su vida si regresa. Ya en 1950 le escribió a Eduardo la primera carta, la primera del epistolario; le escribirá nuevamente en 1951, iniciando una prolífica correspondencia hasta 1983. Durante estos treinta y tres años de intercambios de viva mano, Cortázar estuvo en diversos países y ciudades; no todas las misivas se dirigen desde París.

El inventario geográfico es el siguiente: París-Francia: 58; Saignon-Francia: 22; Roma-Italia: 7; Viena-Austria: 7; Buenos Aires-Argentina: 6; Ginebra-Suiza: 4; Nueva Delhi-India: 4; Montevideo-Uruguay: 3; Siena-Italia: 1; Florencia-Italia: 1; Venecia-Italia:1; Dakar-Senegal: 1; Río de Janeiro-Brasil: 1; Gibraltar-Reino Unido: 1; Knokke-le-Zoute-Bélgica: 1; La Habana-Cuba: 1; Berna-Suiza: 1; Kampala-Uganda: 1; Copenhague-Dinamarca: 1; Vigo-España: 1; Managua-Nicaragua: 1; sin origen detectable: 2.

El epistolario se publicó en 2010, producto de una recopilación que, sospecho, no fue muy difícil de realizar, pues las cartas estaban guardadas por María Rocchi, la esposa del pintor. Los editores las buscan al leer en el noventa y ocho una biografía que menciona las «cartas a granel» en manos de la familia Jonquières. La biografía es la realizada por Mario Goloboff.

Cartas a los Jonquières está compuesto por ciento veintiséis cartas, trece postales y un recorte publicitario. En un total de quinientas sesenta y ocho páginas, Carles Álvarez Garriga y Aurora Bernárdez dejan a los lectores treinta y tres años de correspondencia que permiten conocer las reflexiones de Cortázar sobre la literatura; sus opiniones sobre el hecho de vivir y sobre su vida; su transformación política; algunos episodios difíciles; su interés por consolar los amargos y difíciles episodios de Eduardo; recuerdos; crítica literaria; impresiones pictóricas; problemas de dinero; y la afortunada traducción de la obra de Poe que tanto bien le hizo a su economía.

«Cartas a Los Jonquières» está compuesto por ciento veintiséis cartas, trece postales y un recorte publicitario.

También podemos ver algunos facsímiles de sus cartas, de letra apretujada para ahorrar espacio; algunas de sus cartas compartidas para los esposos; los facsímiles de las trece tarjetas postales y del recorte publicitario; finalmente, algunas dedicatorias firmadas en libros enviados a Eduardo y María.

Carta de Julio Cortázar-Facsímil
Cuidado de sí. Cartas de Julio Cortázar-Dedicatorias

Este epistolario merece leerse de principio a fin, pues la última carta es de 1983, un año antes de la muerte del escritor. Este conocimiento de su muerte, esta cercanía entre el final del epistolario y el final de sus días dota al conjunto de cierta unidad más o menos dramática, y nos deja la certeza de que tras su última firma se avecina su muerte, que nosotros como invasores de su vida privada la sabemos décadas después, pero que él, quizá, no la sospechaba tan cercana.

El conteo de las misivas plantea un asunto interesante: la existencia de cartas compartidas. Ocurre de la siguiente manera: Cortázar escribe para Eduardo, pero al finalizar el texto para este primer destinatario traza una línea de puntos indicando el final de este primer texto y el inicio de un segundo texto dirigido a María. Así, se dirige a dos personas sobre la misma hoja, creando una frontera visible por la demarcación de la línea punteada o, en algunos casos, por la mención de la segunda destinataria tras despedirse del primero. ¿La contarías como una carta o como dos cartas?

Lo cierto es que en esa frontera de puntos no hay una división estricta de dos cartas, pues Cortázar genera un vínculo entre ambos lectores al mencionar, por ejemplo, en la sección dirigida a María, la posibilidad de que Eduardo se esté enterando de lo que allí está escrito. No hay ruptura de tajo que impida definir a esta carta dividida como una sola aunque compartida. Es decir, la carta guarda una integridad como unidad, a pesar de las dos secciones para dos destinatarios. Si se tomaran como dos cartas, el conteo de 126 pasaría a ser de 141.

Ante esta situación, en una entrevista realizada a Maricló Jonquières, la pequeña «Cló» a quien tanto estima Cortázar en su correspondencia, ella menciona que las cartas no solo eran leídas por sus padres, sino que se encontraban los domingos con los amigos para leerlas (Tomasi, 2016).

¿Qué nos queda frente a la anterior confesión? Considerar que el campo de la privacidad en la carta privada no se fundamenta, exclusivamente, en la marca explícita del destinatario, en esa direccionalidad de la escritura; los vínculos familiares y amistosos hacen flexible esa condición llamada privacidad. La presencia de Julio Cortázar era compartida entre todos sus amigos mediante esa lectura colectiva.

Este es el epistolario del que emplearé varios fragmentos para ejemplificar las formas del cuidado de sí. En el siguiente artículo empezamos con la primera categoría: la escritura.

Démonos un descanso. ¡Hasta entonces!

Procesando…
¡Lo lograste! Ya estás en la lista.

Documentos citados

Almeida, J. (2014). Cortázar, Silva, Tomasello y Jonquiéres. Obras conjuntas. Boletín de Arte, (14).

Bernárdez, A, y Álvarez Garriga, C. (Eds.). (2010). Julio Cortázar. Cartas a los Jonquières. Alfaguara.

Castellino, M. E. (2006). Eduardo Jonquières: creación y destino en las poéticas del ’40. Revista De Literaturas Modernas, (36), 272-278.

Foucault, M. (1995). Tecnologías del yo y otros textos afines. Ediciones Paidós Ibérica.

Foucault, M. (2012). Historia de la sexualidad 3. La inquietud de sí. Biblioteca Nueva.

Goloboff, M. (1998). Julio Cortázar. La biografía. Seix Barral.

Salinas, P. (2002). El defensor. Alianza Editorial.

Tomasi, D. (Productor). (2016). Entrevista a Maricló Jonquières. La Desterrada (página radial).


Jorge Medina

Licenciado en Literatura egresado de la Universidad del Valle. Finalista del IX Concurso de Poesía Inédita de Cali en el XIV Festival Internacional de Poesía de Cali de 2014 y ponente de la Feria Internacional del Libro de Cali de 2018, en la mesa «Hablemos del cuento: jóvenes narradores». Escribe poemas, ensayos, artículos de opinión y minicuentos.