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La carta privada y el cuidado de sí. Segunda carta: la escritura

El momento indicado para una carta exige un retiro de las labores cotidianas, en el que el destinador se encuentra para sí, ya tiene su atención, está dispuesto a recibirse mientras se dirige al destinatario. Por esto, la disposición frente a la escritura de la carta es la primera expresión del cuidado de sí.

Jorge Medina

21 de noviembre de 2020

Apreciado lector:

En la primera carta están definidos los conceptos del cuidado de sí y de las tecnologías del yo. Mencioné que el cuidado de sí se presenta en tres dimensiones de la carta privada: la del destinador, la del destinatario y la de la relación entre los dos. Como lo manifesté, en las cuatro cartas que le escribo solo trato la primera dimensión: la del destinador. En esta dimensión ocurren las siguientes cuatro formas del cuidado de sí: la escritura, la autorrevelación, el autoconsuelo y la manutención de saberes. Esta carta que ahora lee es el espacio para presentar la primera forma: la escritura.

La escritura

La primera forma en la que se expresa el cuidado de sí en la escritura epistolar es la escritura misma. En el proceso de escritura es clave la noción del retiro. Frente a esta noción, Foucault nos explica que era una práctica común de la filosofía helénica, en los siglos I y II d. C.: 

Este tema del cuidado de sí no era un consejo abstracto, sino una actividad extensa, una red de obligaciones y servicios para el alma. Siguiendo al propio Epicuro, los epicúreos creían que nunca es demasiado tarde para ocuparse de sí mismo. Los estoicos dicen que se debe atender a uno mismo: «Retírate en ti mismo y permanece allí» (1995, p. 61).

La escritura es una de las tantas formas de retirarse para sí. La carta es una de esas estructuras textuales que lo permite. Escribe Cortázar desde París el 16 de marzo de 1953:

Tengo dos cartas tuyas sin contestar. Mil perdones. He querido hacerlo cada día, y no a máquina sino a mi gusto, con el papel en las rodillas, y de preferencia en algún café desde donde, por una ventana más bien sucia, se vean las torres de Nuestra Señora de París, que en estos días que preludian la primavera —al fin, al fin, qué invierno inacabable— está rosada y contenta, con su aire de gallina clueca sentada sobre el tiempo en una incubación misteriosa (p. 143).

Cortázar manifiesta su necesidad de ocupar un lugar específico para llevar a cabo la manufactura de la carta. Quisiera escribir desde allí, desde esa ventana, pero le urge responder a Eduardo; así que no esperará más, debe asumir su compromiso, y se entrega a la escritura apartando un retiro que no era el deseado. 

La importancia del momento preciso para una carta la encontramos al final de la escrita el 12 de noviembre en Montevideo, año 1954: «Te escribo parado en el correo. Eso te explicará esta triste carta!!» (p. 275). Es una carta rápida, en la que expone una dificultad con la compra de los tiquetes para viajar a Buenos Aires, razón por la que deberá «Gastar pilas de pesos y aburrirme en este Montevideo archiprovinciano». Escribe para solicitar ayuda con el trámite desde Argentina. Estar parado en el correo no ofrece mucho para una carta introspectiva o rica en el constante anecdotario del escritor. 

El momento indicado para una carta exige un retiro de las labores cotidianas, en el que el destinador se encuentra para sí, ya tiene su atención, está dispuesto a recibirse mientras se dirige al destinatario. Por esto, la disposición frente a la escritura de la carta es la primera expresión del cuidado de sí.

El momento indicado para una carta exige un retiro de las labores cotidianas.

Una vez se inicia la escritura, el volcado de palabras para referir los estados del ser, nos encontramos con que el escritor puede reflejarse en ese espejo de tinta y despertar una conciencia sobre sí, determinándose mediante el lenguaje que lo subjetiva. Ahora es cuando el destinador elige las palabras para expresar lo que siente, ahora es cuando nombra lo que lo anima, lo que lo conmueve, ahora es cuando trabaja sobre sí para comunicar a otro aquello que desea que ese otro conozca. Esta manipulación sobre sí, mediante el lenguaje, es una subjetivación en el escenario de la escritura de la carta.

Escribe desde París el 30 de julio de 1952:

Te cuento todo esto un poco porque necesito explayarme a mí mismo la situación presente, y escribirte reemplaza (muy mal, por desgracia) un diálogo que me hubiera servido de mucho. Es terrible cómo los amigos forman parte de los espejos de casa. El espejo que habla en Blancanieves, o en La Belle et la Bête, mira qué síntesis extraordinarias: mirarse en lo-que-no-es-uno-y-por-tanto-pueda-mostrar-lo-que-de-veras-es-uno (p. 88).

Explayar a otro para sí, contar a Eduardo lo que Julio necesita leer, emplear un vínculo para entablar un diálogo consigo mediado por el amigo. Dice preferir la conversación, pero no era posible; la escritura permite una introspección mayor a la de la conversación por el hecho de ocurrir en el ya mencionado retiro, volcando el diálogo con el otro en un diálogo consigo de una manera más intensa; un diálogo en el silencio donde el destinador acude al escándalo de la inquietud y al grito de auxilio de su conciencia. 

«Los amigos forman parte de los espejos de casa», explica, y es cierto; no solo ellos, todo aquel con quien nos topemos, pero el amigo es el espejo de casa, sí, el doméstico, aquel en el que podemos contemplarnos sin afán. En este caso, ese amigo, aunque bien es un espejo, no es independiente de ese trozo resplandeciente de la escritura: amigo y escritura están vinculados para potenciar el reflejo. Esta cualidad de reflejar y de dialogar consigo también es expresada en la carta del 3 de agosto de 1966, desde Saignon en Francia:

A veces me he quejado de tu tristeza epistolar, pero no en esta ocasión que la siento muy de veras y desde muy adentro. En otras ocasiones me ha parecido un exutorio epistolar, y me da rabia imaginarme que mientras yo me apenaba con tu carta, vos ya estabas encantado de la vida y curado por un rato a costa mía. Pero esta vez sé que no es así, y te agradezco la confianza, y quisiera poder hacer algo más que enhebrar palabras (p. 467).

¿Sabe lo que es un exutorio? El diccionario de la Real Academia lo define como una «úlcera que se deja abierta para que supure con un fin curativo». Entonces, mientras Julio lee la quejumbrosa carta de su amigo, mientras se embarga de esa tristeza, sabe muy bien que aquel ya se ha recuperado en el acto de escribirle, pues ha supurado esa herida sobre la página. 

Pintura Eduardo Jonquieres
Pintura de Eduardo. Acrílico sobre tela. 100 cm x 100 cm. Arte de la Argentina.

Como ya lo sabemos, la carta tiene como rasgo fundamental el ser una comunicación diferida: el tiempo de escritura y de lectura no coinciden; las palabras permanecen almacenadas y los efectos que producen esas palabras sobre el destinador no dependen, necesariamente, de la recepción del destinatario. Yo estoy escribiéndole esta segunda carta, pero me encuentro en algún oficio diferente al de esta escritura. Usted, en este instante en el que asiste a esta oración, se encuentra, sin lugar a duda, leyéndome. Aquí es cuando ocurre ese agujero de gusano en el que se encuentra mi situación de enunciación y su lectura, ambos escenarios en tiempos y lugares diferentes, pero conectados en esta correspondencia del sentido. 

La carta tiene como rasgo fundamental el ser una comunicación diferida: el tiempo de escritura y de lectura no coinciden.

Cuando usted escribe para otro, por ejemplo, un desahogo emocional, desde el momento en el que asienta su firma al final de la misiva ya se ha dado, desde sí y para sí (aunque sea un mensaje dirigido a otra persona), la liviandad del desahogo, la tranquilidad. Cuando esa persona lee la carta, asiste a su situación de desahogo, pero usted ya cumplió con desahogarse, ya se encuentra aliviado de esa carga, quizá no completamente, pero existen sus importantes efectos. 

Se puede hallar alivio en la dolorosa escritura que se dirige a otro, aunque la carta demore una semana en ser leída. Así, mientras Julio se duele o se lamenta del amargo tono de Eduardo, este ya pinta contento. A pesar de esto, después de leerlo sabe que no ha bastado esa supuración. Lo sabe porque conoce al destinador, a su amigo, y se lamenta de no poder ofrecer más que sus palabras, enhebrarlas hasta tejer una carta que le envuelva la herida. Entonces, emprenderá el tejido de esa textura que identifico como una expresión del cuidado de ti. Es decir: Eduardo pudo aliviarse en ese exutorio epistolar; sin embargo, Cortázar, el destinatario, quiere corresponderle a Eduardo en esa búsqueda curativa. Este efecto voluntario es parte del cuidado de ti, que no trataré en estas cartas.

En este proceso subjetivante puede aparecer una instancia curativa que Demetrio Duccio llama convivencias. Es una de las cinco «condiciones para sentirse bien con la propia historia» que el autor expone en el capítulo tres «El relato que cura. El placer de la soledad» de su libro titulado Escribirse. La autobiografía como curación de uno mismo (1999). Las otras cuatro condiciones son: evanescencias, recomposiciones, invenciones y despersonalización. De todas, la que más se ajusta al escenario más o menos espontáneo de la escritura epistolar es la mencionada.

Las convivencias son relatos sobre nuestro pasado. Su importancia radica en la necesidad de ser escuchado, de ser atendido por otro para contar un poco sobre nosotros. Ante el afán de la cotidianidad, ante el «rito del tránsito veloz y distraído», «la amistad se convierte en un lugar donde es posible la memoria, mientras se teje otra vida conjuntamente» (p. 48). Esa amistad que se profesa con el destinatario es la que permite generar el espacio para estos relatos del pasado, para acudir al «placer de relatar». 

¿En qué consiste esta instancia sanadora del espíritu? En que las convivencias permiten darse significado en una trama de acontecimientos, posicionarse como ser, existente, actor, fuerza transformadora del medio y de sí mismo. En la literatura las fuerzas modifican los estados del actor protagonista. En las escrituras del yo ocurre un salto significativo: el actor es dueño de esa fuerza transformadora, se sabe capaz y se expone capaz; es materia viva, visible, señalable, identificable, valorable, loable. No es posible dar con esta significación sin un relato, y la manera de llevar a cabo los efectos personales de este relato es frente a un interlocutor. Ese destinatario de la carta es quien permite la expresión de estas convivencias. 

El 18 de enero de 1952, Cortázar escribe a Eduardo desde París, manifestándole: «Me alegro de que mis cartas-río les guste. No sé de otra manera mejor para reemplazar el diálogo, que a ratos me hace tanta falta» (p.25). A Julio le urge la conversación, y se ve en la necesidad de reemplazarla mediante la escritura epistolar. En este reemplazo suple esa oportunidad que se tiene de hablar de sí con los demás, de con-vivir con el otro. El prefijo «con» proviene del latín «cum», el cual expresa la unión, la combinación. Contarse a otro es vivir con y en el otro. 

Con Bajtín tenemos clara la condición dialógica del lenguaje y, por ende, del ser humano; ser-se implica ser un punto de circulación del lenguaje, una entrada y una salida, una pregunta y una respuesta: ser fluyendo donde otros se fluyen. Una existencia aislada es imposible, indeterminable. En Estética de la creación verbal (1999), al referirse a la situación del autor que construye un personaje que refiere al autor, es decir, una autobiografía, expresa:

De acuerdo con la actitud directa, el autor debe ubicarse fuera de su propia personalidad, vivirse a sí mismo en un plan diferente de aquel en que realmente vivimos nuestra vida; sólo con esta condición puede completar su imagen para que sea una totalidad de valores extrapuestos con respecto a su propia vida; el autor debe convertirse en otro con respecto a sí mismo como persona, debe lograse ver con ojos de otro […] (p.22).

Tal es el requerimiento que cumple el autobiógrafo en el momento de su escritura. Hay que destacar que este proceso es inmediato al acto de escribirse, la condición se cumple sin que el autor acuda a este requisito; esto, debido a que la condición radica, ontológicamente, en la escritura sobre sí. Al nombrarse y referirse va tejiéndose en un plano alterno al de sus días cotidianos: «vivirse a sí mismo en un plan diferente de aquel en que realmente vivimos nuestra vida». Dicha condición, por supuesto, se manifiesta en la escritura de la carta privada, con la particularidad de expresarse en una escritura dirigida, también, a otro, mediante el cual el destinador consigue verse a sí mismo como ese otro mencionado por Bajtín. Cuando el destinador relata sus convivencias, se escribe como otro en la escritura para ese otro que es el destinador; Cortázar escribe sobre «Cortázar» al escribir a Eduardo.

Un poco más adelante, en la misma carta del 18 de enero de 1952, aclara Cortázar:

La verdad es que quisiera contar muchas otras cosas, y que cierro cada carta con una pequeña sensación de estafa. Hay tanto aquí, cada día trae tal variedad de experiencias, que sólo un Swift sería capaz de registrarlas todas en una correspondencia. Y luego que el derroche de mi tiempo entraña el del tiempo ajeno, y no debo olvidarlo (p. 25).

Es la consciencia frente al límite de la representación. Quisiera contar mucho más, pero reconoce la dificultad de narrar la «variedad de experiencias» que transcurren con los días. Su vida es trazada sobre las calles de París y pretender el retrato total de esos trazos sobre la página es una operación destinada al fracaso. No queda más que contar algunas veredas, algunos tránsitos más o menos fulgurantes. ¿De dónde la inquietud de contarlo todo, ese deseo de absoluto del ser humano? Parece una batalla declarada contra el tiempo, un miedo tácito a la muerte. A pesar de esta «pequeña sensación de estafa», gracias a la escritura de sus cartas puede contar sus experiencias y continuar con-viviendo con su amigo Eduardo. Desde Venecia, el 24 de mayo de 1954 escribe sobre el mismo asunto: 

¡Cuánto, cuánto para escribirte, y qué sensación previa de fracaso, de que no alcanzaré a decirte nada de todo lo que me baila delante de los ojos y en el recuerdo! Lo mejor es dejarse ir, como siempre, y que los demonios de la poesía lo decidan (p. 225).

Y el 8 o 9 de julio del mismo año, desde París: «¡Te contaría tantas cosas! Vamos a soltar algunas como pájaros que se escapan de la mano, al azar de la memoria» (p. 233). En ambas pervive el placer y la queja. La queja puede permanecer, puede ser sustentada arduamente por un Paul de Man, tal y como lo hace en La autobiografía como desfiguración (1991): 

En la medida en que el lenguaje es figura (o metáfora, o prosopopeya), es realmente no la cosa misma, sino su representación, la imagen de la cosa, y, como tal, es silencioso, mudo como las imágenes lo son. El lenguaje, como tropo, produce siempre privación, es siempre despojador (p. 118).

Silencioso, mudo, privador, despojador. ¿Tanta impotencia en el lenguaje? Cuando le escribo que Paul dice que el lenguaje es silencioso, mudo, privador y despojador, ¿no estoy, precisamente, empleando la potencia del lenguaje? Representativo sí, pero habitamos esa representación; creativo, por supuesto, de allí el arte de la literatura como respuesta e interrogante al plano más o menos contingente, más o menos eterno de la vida. 

Carta de Julio Cortázar con un soneto y el dibujo de una matera

Contar la propia experiencia no es condenarse al silencio, sino saltar por encima del silencio que se nos impone en medio de la agitada vida, de la soledad. La vida no será completamente calma ni la soledad necesariamente dañina o aniquilable, pero está la palabra para habitar en el medio, en el borde, después de los límites. Cortázar dice sentirse defraudado, pero al decirlo llena de sentido ese fraude, al comunicarlo está ya trabajando sobre el fraude mismo; su carta sigue, existe, no puede ser silencio y privación, sino voz y presencia.

Por otra parte, Julio es responsable del tiempo de Eduardo, de esa otra parte de su con-vivencia: «el derroche de mi tiempo entraña el del tiempo ajeno». Por supuesto, ante la necesidad de dialogar existe la indispensable figura del oyente, quien también habita sus necesidades. Lévinas explica, en la entrevista realizada por Philippe Nemo en 1961 y publicada bajo el título de Ética e infinito (2000), que el rostro del otro nos incita a decir, a responder por él:

Siempre, efectivamente, he distinguido en el discurso entre el decir y lo dicho. Que el decir deba comportar un dicho es una necesidad del mismo orden que la que impone una sociedad, con unas leyes, unas instituciones y unas relaciones. Pero el decir es el hecho de que ante el rostro yo no me quedo ahí a contemplarlo sin más: le respondo. El decir es una manera de saludar al otro, pero saludar al otro es ya responder de él. Es difícil callarse en presencia de alguien; esta dificultad tiene su fundamento último en esa significación propia del decir, sea lo que sea lo dicho. Es preciso hablar de algo, de la lluvia y del buen tiempo, poco importa, pero hablar, responderle a él y ya responder de él (p. 74).

El rostro del otro nos estremece, nos acusa de interventores, nos grita: estás allí, frente a mí, respóndeme. ¿No ha sentido la tensión, la inquietud, cuando está junto a un desconocido en una mesa de un restaurante, en una banca del parque o esperando a alguien en un pasillo? Ese es el llamado del decir que menciona Lévinas. Y esto es así puesto que:

El rostro es significación, y significación sin contexto. Quiero decir que el otro, en la rectitud de su rostro, no es un personaje en un contexto. Por lo general, somos un “personaje”: se es profesor en la Sorbona, vicepresidente del Consejo de Estado, hijo de Fulano de Tal, todo lo que está en el pasaporte, la manera de vestirse, de presentarse. Y toda significación, en el sentido habitual del término, es relativa a un contexto tal: el sentido de algo depende, en su relación, de otra cosa. Aquí, por el contrario, el rostro es, en él solo, sentido. Tú eres tú (2000, p. 72).

Tú eres tú, es lo que dice nuestro rostro frente al otro quien, a su vez, dice: tú eres tú. Es el Otro lo que impera en esta relación; asistir al encuentro de un rostro es sentir la dimensión de alteridad del ser humano, saber que se trata del Otro que no soy yo, de alguien del que no sé más de lo que puedo suponer con la mirada y la cabeza cargada de representaciones sociales. Ese es el significado primero del rostro, la otredad y, por ende, la pregunta del qué hacer frente a él, qué puedo hacer; la cuestión ética. El acto de verlo es anterior a la relación social, no es todavía la relación social, es una penumbra, una posibilidad. Explica Lévinas:

Rostro y discurso están ligados. El rostro habla. Habla en la medida en que es él el que hace posible y comienza todo discurso. Hace poco he rechazado la noción de visión para describir la relación auténtica con el otro; el discurso y, más exactamente, la respuesta o la responsabilidad es esa relación auténtica (p. 73).

Ahora bien, si el rostro es significación sin contexto y llamado del decir, ¿no es más fuerte el llamado del rostro en contexto? El rostro del amigo nos invoca para decir y hacer, para responder con el compromiso del vínculo; se trata de un rostro más, sí, pero uno conocido y por el que se profesan los afectos. El rostro general del Otro se combina con el rostro particular del otro y en la carta se responde por los dos: se atiende al llamado del decir en el compromiso del decir; llamado ontológico y llamado en la amistad. «El derroche de mi tiempo entraña el del tiempo ajeno», se acusa Cortázar, reconociendo su responsabilidad en el tránsito de la otredad, puesto que no somos, exclusivamente, narradores de nuestras vidas, sino también los narratarios que solicitan los demás para con-vivir. 

Esta rememoración de las experiencias nos lleva a la siguiente expresión del cuidado: la autorrevelación, que trataré en la siguiente carta, además de la cuarta forma del cuidado de sí: el autoconsuelo.

Nuevamente, dejo la puerta abierta.


Documentos citados

Bajtín, M. (1999). Estética de la creación verbal. Siglo XXI Editores.

Bernárdez, A, y Álvarez Garriga, C. (Eds.). (2010). Julio Cortázar. Cartas a los Jonquières. Alfaguara.

De Man, P. (1991). La autobiografía como desfiguración. Revista Anthropos, suplementos 29, 113-118.

Demetrio, D. (1999). Escribirse. La autobiografía como curación de uno mismo. Ediciones Paidós Ibérica.

Foucault, M. (1995). Tecnologías del yo y otros textos afines. Ediciones Paidós Ibérica.

Lévinas, E. (2000). Ética e infinito. A. Machado Libros.