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El cuidado de sí y la escritura
en la carta privada

Escribir una carta implica retirarse de las labores cotidianas. El destinador necesita depositar su atención en la escritura, y en ese retiro se atiende a sí mismo, no solo al destinatario. Por esta razón, en la escritura ocurre la primera expresión del cuidado de sí.

Jorge Medina

En el artículo anterior definí qué es el cuidado de sí y qué son las tecnologías del yo. Expliqué que el cuidado de sí en la carta privada se presenta en tres niveles: el cuidado de sí, el cuidado de ti y el cuidado de nosotros. Como lo manifesté en ese momento, abordaré una de las formas en las que el cuidado de sí se presenta en la escritura epistolar: la escritura. Para esto emplearé las cartas de Cortázar en Cartas a los Jonquiéres.

Empecemos.

La escritura y el cuidado de sí

La primera forma en la que se expresa el cuidado de sí en la escritura epistolar es la escritura misma. En el proceso de escritura es clave la noción del retiro. Sobre esta, Foucault nos explica que era una práctica común de la filosofía helénica, en los siglos I y II d. C.:

Este tema del cuidado de sí no era un consejo abstracto, sino una actividad extensa, una red de obligaciones y servicios para el alma. Siguiendo al propio Epicuro, los epicúreos creían que nunca es demasiado tarde para ocuparse de sí mismo. Los estoicos dicen que se debe atender a uno mismo: «Retírate en ti mismo y permanece allí» (1995, p. 61).

La escritura es una de las tantas formas de retirarse para sí, y la carta es un tipo de texto que lo permite de manera particular. Al respecto, escribe Cortázar desde París el 16 de marzo de 1953:

Tengo dos cartas tuyas sin contestar. Mil perdones. He querido hacerlo cada día, y no a máquina sino a mi gusto, con el papel en las rodillas, y de preferencia en algún café desde donde, por una ventana más bien sucia, se vean las torres de Nuestra Señora de París, que en estos días que preludian la primavera —al fin, al fin, qué invierno inacabable— está rosada y contenta, con su aire de gallina clueca sentada sobre el tiempo en una incubación misteriosa (p. 143).

Cortázar manifiesta su necesidad de ocupar un lugar específico para escribir la carta, pero le urge responderle a Eduardo, así que no espera más, debe asumir su compromiso y escribir en condiciones no deseadas.

La importancia del momento preciso para escribir una carta se revela al final de la escrita el 12 de noviembre, Montevideo, año 1954: «Te escribo parado en el correo. Eso te explicará esta triste carta!!» (p. 275). Es una carta rápida en la que cuenta su dificultad para comprar los tiquetes de viaje a Buenos Aires, razón por la que deberá «gastar pilas de pesos y aburrirme en este Montevideo archiprovinciano». Escribe para solicitar ayuda con el trámite desde Argentina, y debe hacerlo allí parado en la oficina del correo, de urgencia, sin un ambiente adecuado. Por eso la «triste carta».

Escribir una carta implica retirarse de las labores cotidianas. El destinador necesita depositar su atención en la escritura, y en ese retiro se atiende a sí mismo, no solo al destinatario. Por esta razón, en la escritura ocurre la primera expresión del cuidado de sí.

En la escritura de la carta el destinador debe elegir las palabras adecuadas, se hace consciente de su lenguaje, de sus emociones, se pregunta por lo que debe decir o la manera en la que lo dice. Es decir, trabaja sobre sí mismo para escribirle a otro.

Escribe desde París el 30 de julio de 1952:

Te cuento todo esto un poco porque necesito explayarme a mí mismo la situación presente, y escribirte reemplaza (muy mal, por desgracia) un diálogo que me hubiera servido de mucho. Es terrible cómo los amigos forman parte de los espejos de casa. El espejo que habla en Blancanieves, o en La Belle et la Bête, mira qué síntesis extraordinarias: mirarse en lo-que-no-es-uno-y-por-tanto-pueda-mostrar-lo-que-de-veras-es-uno (p. 88).

Escribirle a Eduardo le reemplaza el diálogo que espera tener con él. Ese diálogo ocurre primero consigo mismo. Momentáneamente, Eduardo es el intermediario del diálogo entre Cortázar y Cortázar. En palabras de Pedro Salinas:

Hombre que acaba una carta sabe de sí un poco más de lo que sabía antes; sabe lo que quiere comunicar al otro ser. Como el niño recién nacido, toda carta da la primer alegría o el primer dolor al que la crea. Podría, pues, precisarse lo que se dijo arriba [aquello de la “conciencia de nosotros”]. Nosotros dirigimos una misiva a una persona determinada, sí; pero ella, la carta, se dirige primero a nosotros. Cuántas veces se han dejado caer pensamientos en un papel, como lágrimas por las mejillas, por puro desahogo del ánimo, enderezados más que al destinatario, al consuelo del autor mismo. Es ésta la forma esencialmente privada de la carta, la privadísima (2002, p. 36).

«Los amigos forman parte de los espejos de casa», dice Cortázar, y es cierto; no solo ellos, todo aquel con quien nos topemos, pero el amigo es el espejo de casa, sí, el doméstico, aquel en el que podemos contemplarnos sin afán.

En este caso, ese amigo, aunque bien es un espejo, no es independiente de ese trozo resplandeciente de la escritura: amigo y escritura se vinculan para potenciar el reflejo. Esta cualidad de reflejar y de dialogar consigo también es expresada en la carta del 3 de agosto de 1966, desde Saignon en Francia:

A veces me he quejado de tu tristeza epistolar, pero no en esta ocasión que la siento muy de veras y desde muy adentro. En otras ocasiones me ha parecido un exutorio epistolar, y me da rabia imaginarme que mientras yo me apenaba con tu carta, vos ya estabas encantado de la vida y curado por un rato a costa mía. Pero esta vez sé que no es así, y te agradezco la confianza, y quisiera poder hacer algo más que enhebrar palabras (p. 467).

¿Sabe lo que es un exutorio? El diccionario de la Real Academia Española lo define como una «úlcera que se deja abierta para que supure con un fin curativo». Entonces, mientras Julio lee la quejumbrosa carta de su amigo, mientras se embarga de esa tristeza, sabe muy bien que aquel ya se ha recuperado en el acto de escribirle, pues ha supurado esa herida sobre la página.

Cuidado de sí y la escritura, pintura Eduardo Jonquieres
Pintura de Eduardo. Acrílico sobre tela. 100 cm x 100 cm. Arte de la Argentina.

La carta tiene como rasgo fundamental el ser una comunicación diferida: el tiempo de escritura y el de lectura no coinciden; las palabras permanecen almacenadas y los efectos que producen esas palabras sobre el destinador no dependen, necesariamente, de la recepción del destinatario. Es decir, la carta que escribió Cortázar para explayarse cumplió ese propósito aun antes de que su amigo Eduardo la leyera: el encuentro interior ocurre en la situación de enunciación, no cuando lee la carta el destinatario.

La carta tiene como rasgo fundamental el ser una comunicación diferida: el tiempo de escritura y el de lectura no coinciden.

Convivencias, una instancia curativa según Demetrio Duccio

En este proceso subjetivante puede aparecer una instancia curativa que Demetrio Duccio llama convivencias. Es una de las cinco «condiciones para sentirse bien con la propia historia» que el autor expone en el capítulo tres «El relato que cura. El placer de la soledad» de su libro Escribirse. La autobiografía como curación de uno mismo (1999). Las otras cuatro condiciones son: evanescencias, recomposiciones, invenciones y despersonalización. Entre estas, la que más se ajusta al escenario más o menos espontáneo de la escritura epistolar es la mencionada.

Las convivencias son relatos sobre nuestro pasado. Se trata de la necesidad de ser escuchado, de que otro atienda al relato de nuestra vida. Ante el afán de la cotidianidad, ante el «rito del tránsito veloz y distraído», «la amistad se convierte en un lugar donde es posible la memoria, mientras se teje otra vida conjuntamente» (p. 48). Esa amistad que se profesa con el destinatario es la que permite generar el espacio para estos relatos del pasado, para acudir al «placer de relatar».

Las convivencias son relatos sobre nuestro pasado. Se trata de la necesidad de ser escuchado, de que otro atienda al relato de nuestra vida.

¿En qué consiste esta instancia sanadora del espíritu? En que las convivencias permiten darse significado en una trama de acontecimientos, posicionarse como ser, existente, actor, fuerza transformadora del medio y de sí mismo.

En la literatura las fuerzas modifican los estados del actor protagonista. En las escrituras del yo ocurre un salto significativo: el actor es dueño de esa fuerza transformadora, se sabe capaz y se expone capaz; es materia viva, visible, señalable, identificable, valorable, loable. No es posible dar con esta significación sin un relato, y la manera de llevar a cabo los efectos personales de este relato es frente a un interlocutor. Ese destinatario de la carta es quien permite la expresión de estas convivencias.

El 18 de enero de 1952 Cortázar escribe a Eduardo desde París, manifestándole: «Me alegro de que mis cartas-río les guste. No sé de otra manera mejor para reemplazar el diálogo, que a ratos me hace tanta falta» (p.25). A Julio le urge la conversación, y se ve en la necesidad de reemplazarla mediante la escritura epistolar. En este reemplazo suple la necesidad de hablar de sí con los demás, de con-vivir con el otro. El prefijo «con» proviene del latín «cum», el cual expresa la unión, la combinación. Contarse a otro es vivir con y en el otro.

Esto nos lleva a la condición dialógica del lenguaje, que bien expresa Bajtín. Ser-se implica ser un punto de circulación del lenguaje, una entrada y una salida, una pregunta y una respuesta: ser fluyendo donde otros se fluyen. Una existencia aislada es imposible, indeterminable. En Estética de la creación verbal (1999), al referirse a la autobiografía, expresa:

De acuerdo con la actitud directa, el autor debe ubicarse fuera de su propia personalidad, vivirse a sí mismo en un plan diferente de aquel en que realmente vivimos nuestra vida; sólo con esta condición puede completar su imagen para que sea una totalidad de valores extrapuestos con respecto a su propia vida; el autor debe convertirse en otro con respecto a sí mismo como persona, debe lograse ver con ojos de otro […] (p.22).

Tal es el requerimiento que cumple el autobiógrafo en el momento de escribir: verse como otro. Al nombrarse y referirse va tejiéndose en un plano alterno al de sus días cotidianos: «vivirse a sí mismo en un plan diferente de aquel en que realmente vivimos nuestra vida».

Dicha condición se manifiesta en la escritura de la carta privada, con la particularidad de expresarse en una escritura dirigida a otro, mediante el cual el destinador consigue verse a sí mismo como ese otro mencionado por Bajtín. Cuando el destinador relata sus convivencias, se escribe como otro en la escritura para ese otro que es el destinador: Cortázar escribe sobre Cortázar al escribirle a Eduardo. Un poco más adelante, en la misma carta del 18 de enero de 1952, aclara Cortázar:

La verdad es que quisiera contar muchas otras cosas, y que cierro cada carta con una pequeña sensación de estafa. Hay tanto aquí, cada día trae tal variedad de experiencias, que sólo un Swift sería capaz de registrarlas todas en una correspondencia. Y luego que el derroche de mi tiempo entraña el del tiempo ajeno, y no debo olvidarlo (p. 25).

Es la consciencia del límite de la representación. Quisiera contar mucho más, pero reconoce la dificultad de narrar la «variedad de experiencias» que transcurren con los días. Su vida se traza sobre las calles de París, y pretender el retrato total de esos trazos sobre la página es una operación destinada al fracaso. No queda más que contar algunas veredas, algunos tránsitos más o menos fulgurantes.

¿De dónde la inquietud de contarlo todo, ese deseo de absoluto del ser humano? Parece una batalla declarada contra el tiempo, un miedo tácito a la muerte. A pesar de esta «pequeña sensación de estafa», gracias a la escritura de sus cartas puede contar sus experiencias y continuar con-viviendo con su amigo Eduardo. Desde Venecia, el 24 de mayo de 1954 escribe sobre el mismo asunto:

¡Cuánto, cuánto para escribirte, y qué sensación previa de fracaso, de que no alcanzaré a decirte nada de todo lo que me baila delante de los ojos y en el recuerdo! Lo mejor es dejarse ir, como siempre, y que los demonios de la poesía lo decidan (p. 225).

Y el 8 o 9 de julio del mismo año, desde París: «¡Te contaría tantas cosas! Vamos a soltar algunas como pájaros que se escapan de la mano, al azar de la memoria» (p. 233). En ambas pervive el placer y la queja. La queja puede permanecer, puede ser sustentada arduamente por un Paul de Man, tal y como lo hace en La autobiografía como desfiguración (1991):

En la medida en que el lenguaje es figura (o metáfora, o prosopopeya), es realmente no la cosa misma, sino su representación, la imagen de la cosa, y, como tal, es silencioso, mudo como las imágenes lo son. El lenguaje, como tropo, produce siempre privación, es siempre despojador (p. 118).

Silencioso, mudo, privador, despojador. ¿Tanta impotencia en el lenguaje? Representativo, sí, pero habitamos esa representación; creativo, por supuesto, de allí el arte de la literatura como respuesta e interrogante al plano más o menos contingente de la vida.

Cartas de Cortázar

Contar la propia experiencia no es condenarse al silencio, sino saltar por encima del silencio que se nos impone en medio de la agitada vida, de la soledad. La vida no será completamente calma ni la soledad necesariamente dañina o aniquilable, pero está la palabra para habitar en el medio, en el borde, para corromper los límites. Cortázar dice sentirse defraudado, pero al decirlo llena de sentido ese fraude, al comunicarlo construye sobre el fraude mismo: su carta prosigue, existe, no puede ser silencio y privación, sino voz y presencia.

Contar la propia experiencia no es condenarse al silencio, sino saltar por encima del silencio que se nos impone en medio de la agitada vida, de la soledad.

La otredad

Por otra parte, Julio es responsable del tiempo de Eduardo, de esa otra parte de su con-vivencia: «el derroche de mi tiempo entraña el del tiempo ajeno». Por supuesto, ante la necesidad de dialogar existe la indispensable figura del oyente, quien también habita sus necesidades. Lévinas explica, en la entrevista realizada por Philippe Nemo en 1961 y publicada bajo el título de Ética e infinito (2000), que el rostro del otro nos incita a decir, a responder por él:

Siempre, efectivamente, he distinguido en el discurso entre el decir y lo dicho. Que el decir deba comportar un dicho es una necesidad del mismo orden que la que impone una sociedad, con unas leyes, unas instituciones y unas relaciones. Pero el decir es el hecho de que ante el rostro yo no me quedo ahí a contemplarlo sin más: le respondo. El decir es una manera de saludar al otro, pero saludar al otro es ya responder de él. Es difícil callarse en presencia de alguien; esta dificultad tiene su fundamento último en esa significación propia del decir, sea lo que sea lo dicho. Es preciso hablar de algo, de la lluvia y del buen tiempo, poco importa, pero hablar, responderle a él y ya responder de él (p. 74).

El rostro del otro nos estremece, nos acusa de interventores, nos grita: «estás allí, frente a mí, respóndeme». ¿Recuerdas la tensión, la inquietud, cuando estás junto a un desconocido? Ese es el llamado del decir que menciona Lévinas. Y esto es así puesto que:

El rostro es significación, y significación sin contexto. Quiero decir que el otro, en la rectitud de su rostro, no es un personaje en un contexto. Por lo general, somos un «personaje»: se es profesor en la Sorbona, vicepresidente del Consejo de Estado, hijo de Fulano de Tal, todo lo que está en el pasaporte, la manera de vestirse, de presentarse. Y toda significación, en el sentido habitual del término, es relativa a un contexto tal: el sentido de algo depende, en su relación, de otra cosa. Aquí, por el contrario, el rostro es, en él solo, sentido. Tú eres tú (2000, p. 72).

«Tú eres tú», es lo que dice nuestro rostro frente al otro, quien, a su vez, dice «tú eres tú». Es el Otro lo que impera en esta relación; asistir al encuentro de un rostro es sentir la alteridad, saber que se trata del Otro, que no soy yo, de alguien del que no sé más de lo que puedo suponer con la mirada y la cabeza cargada de representaciones sociales.

Ese es el significado primero del rostro, la otredad; por ende, es también la pregunta de qué hacer frente a él, qué puedo hacer por él: la cuestión ética. Ver al otro es estar en penumbra; todo es posible. Explica Lévinas:

Rostro y discurso están ligados. El rostro habla. Habla en la medida en que es él el que hace posible y comienza todo discurso. Hace poco he rechazado la noción de visión para describir la relación auténtica con el otro; el discurso y, más exactamente, la respuesta o la responsabilidad es esa relación auténtica (p. 73).

Ahora bien, si el rostro es significación sin contexto y llamado del decir, ¿no es más fuerte el llamado del rostro en contexto? El rostro del amigo nos invoca para decir y hacer, para responder con el compromiso del vínculo; se trata de un rostro más, sí, pero uno conocido y por el que se profesan los afectos. El rostro general del Otro se combina con el rostro particular del otro y en la carta se responde por los dos: se atiende al llamado del decir en el compromiso del decir; llamado ontológico y llamado en la amistad.

«El derroche de mi tiempo entraña el del tiempo ajeno», se acusa Cortázar, y así reconoce su responsabilidad en el tránsito de la otredad, puesto que no somos, exclusivamente, narradores de nuestras vidas, sino también los narratarios de los demás para con-vivir.

Esta rememoración de las experiencias nos lleva a la siguiente expresión del cuidado: la autorrevelación, que trataré en el siguiente artículo. También abordaré la cuarta forma del cuidado de sí: el autoconsuelo.

¡Nos vemos allá!


Documentos citados

Bajtín, M. (1999). Estética de la creación verbal. Siglo XXI Editores.

Bernárdez, A, y Álvarez Garriga, C. (Eds.). (2010). Julio Cortázar. Cartas a los Jonquières. Alfaguara.

De Man, P. (1991). La autobiografía como desfiguración. Revista Anthropos, suplementos 29, 113-118.

Demetrio, D. (1999). Escribirse. La autobiografía como curación de uno mismo. Ediciones Paidós Ibérica.

Foucault, M. (1995). Tecnologías del yo y otros textos afines. Ediciones Paidós Ibérica.

Lévinas, E. (2000). Ética e infinito. A. Machado Libros.

Salinas, P. (2002). El defensor. Alianza Editorial.


Jorge Medina

Licenciado en Literatura egresado de la Universidad del Valle. Finalista del IX Concurso de Poesía Inédita de Cali en el XIV Festival Internacional de Poesía de Cali de 2014 y ponente de la Feria Internacional del Libro de Cali de 2018, en la mesa «Hablemos del cuento: jóvenes narradores». Escribe poemas, ensayos, artículos de opinión y minicuentos.