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CARTA PRIVADA Y CUIDADO DE SÍ:
LA AUTORREVELACIÓN Y EL AUTOCONSUELO

Carta privada y cuidado de sí son dos términos fuertemente ligados. En esta oportunidad observaremos la manera en la que la autorrevelación y el autoconsuelo se manifiestan como formas del cuidado de sí en la escritura epistolar. Este es el tercero de cuatro artículos sobre esta exploración del cuidado personal en las cartas de Julio Cortázar en Cartas a los Jonquières.

Jorge Medina

Carta privada y cuidado de sí
Pintura de Eduardo. Acrílico sobre tela. 80 cm x 80 cm. Macla.

En el anterior artículo expliqué la manera en la que la escritura constituye una de las formas del cuidado de sí en el género epistolar. Escribir implica un retiro, y en este surge la atención del destinador sobre sí mismo: quien escribe para otro también escribe sobre sí; además, es el primero en leer la carta. En esa enunciación ocurren valiosos efectos sobre la subjetividad.

En esta oportunidad, abordaré otras dos de las cuatro maneras en las que el cuidado de sí se manifiesta en la escritura de cartas, continuando con el análisis de Cartas a los Jonquières (2010). Empezaré por la autorrevelación.

La autorrevelación como forma del cuidado de sí en la carta privada

Cuando el destinador escribe, se acerca a sí mismo. En esa escritura se abre una puerta al autoconocimiento: qué siento, qué es lo que quiero decir, quién soy, cómo puedo ser. Todos estos interrogantes se relacionan con el concepto de identidad.

Leonor Arfuch explica que no hay identidad «por fuera de la representación, es decir, de la narrativización —necesariamente ficcional— del sí mismo, individual o colectivo» (2005, p. 24). Esta «narrativización» es el fundamento de la identidad: responder a los anteriores interrogantes implicar forjar un sentido, que, en este caso, surge de la reflexión sobre sí mismo.

Por su parte, Stuart Hall explica que la identidad:

No es solamente una historia, una narrativa que nos narramos a nosotros mismos acerca de nosotros mismos, sino que se trata más bien de historias que cambian de acuerdo a circunstancias históricas. Y la identidad cambia de acuerdo a la forma en que la pensamos, escuchamos y experimentamos. Lejos de venir solamente del pequeño punto de verdad que está adentro nuestro, las identidades en realidad vienen de afuera; son la manera en que somos reconocidos y luego llegan a tomar el lugar de los reconocimientos que otros nos dan. Sin los demás no hay un yo, no existe el auto-reconocimiento (2014, p. 451).

No solamente soy quien digo ser, sino también quien dicen que soy; en el medio de este cruce de relaciones estoy como sujeto que acepta, rechaza, discute ese tránsito de significados. En este punto es importante comprender la dimensión ficcional de la identidad. Aquí no se refiere a la ficción como sinónimo de mentira o engaño, sino como construcción a partir de la realidad. Ficción porque la identidad no es nunca completa ni absoluta ni definitiva.

Si te pregunto quién eres, ¿de dónde obtienes las respuestas?, ¿podrías dar una descripción total de tu identidad? Necesariamente, para responder a la pregunta sobre la identidad, tomamos elementos que consideramos decisivos y ocultamos o no mencionamos otros que nos parecen poco significativos o inadecuados para esa idea integral de lo que somos, parcialmente integral.

Cuando se dice que la identidad es ficcional, se alude al carácter constructivo de toda narración; de ahí la importancia del concepto de «narrativización»: nos narramos, nos hacemos, somos seres poderosamente narrativos. ¿Te imaginaste alguna vez cómo podría terminar una situación?, ¿te preguntaste qué pasaría si en vez de haber tomado cierta decisión hubieras tomado otra? Estamos contándonos historias de manera permanente, y sin saberlo actuamos en una narración constante de nuestro mundo.

Estamos contándonos historias de manera permanente, y sin saberlo actuamos en una narración constante de nuestro mundo.

Cuando decimos lo que somos, contamos lo que somos, narramos, tejemos una historia. En esta ligamos diversos elementos personales y sociales, como el origen familiar, las costumbres, la ética personal, etc. Podríamos hallar, incluso, anécdotas que nos parecen pertinentes para ilustrar algún rasgo de nuestro carácter. En este proceso nos convertimos en espectadores de nuestra historia. Así es como puede presentarse la autorrevelación: el descubrimiento de los elementos que permiten construir nuestra identidad, entender nuestro presente en función del pasado y, por supuesto, conjeturar sobre nuestro futuro.

Las huellas de la autorrevelación en la escritura podrían manifestarse de las siguientes maneras: «ahora descubro que…», «me doy cuenta de…», «me entero de …», entre otras expresiones que indican el nacimiento reciente de una idea. Hay otras formas más ambiguas: «creo que…», «ahora sé…», las cuales pueden señalar el nacimiento de una idea en el instante de la enunciación o pueden referirse a ideas preexistentes.

En Cartas a los Jonquières no aparecen las expresiones más explícitas sobre una revelación en el instante, lo cual dificulta identificar cuándo realmente ocurre una autorrevelación en la escritura. Hay varias formulaciones con el «creo», y algunas son claramente una creencia previa, pero otras resultan ambiguas. Una de las manifestaciones de esa ambigüedad es la que sigue.

El 14 de junio de 1952, desde París, escribe Cortázar:

[…] no creo —pero hablo por mí— que en la madurez todo quite. Tal vez porque mi vida ha sido un poco a contrapelo en tantas cosas, pero ahora que he renunciado por mí mismo a imaginarme lo que no era, y que me he quedado solo en un cuarto vacío, me siento mucho más pleno y más rico. Ahora las cosas bellas llegan realmente a mí, y el dolor no me empobrece. No creo haber perdido aptitudes, el árbol guarda todavía sus hojas. Me falta, claro, el arrebato, el «claro fragor de los días», las nociones juveniles llenas de petulancia y absolutismo (9. 75).

Y más adelante:

Creo que los únicos riesgos de la madurez son morales: el encanallarse poco a poco, tolerar el trato y el comercio de gentes que nos hubiéramos negado a saludar a los veinte años. En eso hemos perdido. Por equis pesos mensuales, yo he dado mi tiempo en la Cámara del Libro a una cáfila de gallegos brutos que naturalmente me manoseaban como todo patán a un hombre fino (p. 76).

El destinador establece una comparación entre la juventud fulgurante y la madurez condescendiente. No plantea una malignidad o bondad absoluta para cada uno de los estados, sino más bien unos elementos particulares para cada uno, los cuales presentan ventajas y desventajas. La juventud es agitada y llena de fortaleza, pero empobrecida por el dolor: frágil; la madurez, en cambio, es más silenciosa, pasiva, pero soporta el dolor porque es más estable.

Con estas definiciones da forma a algunos aspectos de su identidad: en el presente, el hombre maduro, con sus riesgos; en el pasado, el joven, un estado anterior. Sin embargo, no es posible afirmar si esta comparación nace allí mientras escribe. No podemos saber si al decir «creo que los únicos riesgos de la madurez son morales» asiste a una idea que surge en la enunciación. Esta es la ambigüedad del «creo»: una posible revelación espontánea o una creencia preexistente.

Otro tanto ocurre en la carta escrita en Montevideo el sábado 27 de noviembre de 1954, en la que se expresa sobre su escritura cuando estaba entre los 30 y 40 años: «Creo que todo lo que escribía entonces era variación sobre la nostalgia, sobre el paraíso perdido» (p. 282). ¿Ocurre esta creencia ese sábado 27 de noviembre de 1954 o solo menciona lo que cree desde hace tiempo? No podemos saberlo, no en una oración como aquella. Sin embargo, aunque existe la dificultad de identificar cuándo un «creo» señala una idea que surge en el momento de la enunciación, no debemos descartar esta huella textual como una posible indicación del fenómeno. ¿Mientras se escribe una carta, no se emplea el «creo» para decir algo que apenas nace, que apenas despunta?

A pesar de la dificultad para encontrar estas marcas textuales de la autorrevelación en este epistolario de Cortázar, no puedo descartar la potencia de este fenómeno en la escritura epistolar. La he vivido. Sé que esta constatación no es argumento suficiente para demostrar su existencia. Entonces, te pregunto: ¿has descubierto algo sobre ti mientras escribes una carta?

El autoconsuelo y el cuidado de sí en la escritura epistolar

El diccionario de la Real Academia Española define el consuelo como «descanso y alivio de la pena, molestia o fatiga que aflige y oprime el ánimo». El autoconsuelo es darse ese descanso y alivio de la pena. En la escritura de cartas ocurre que contamos episodios traumáticos, molestias, aflicciones. Al contarlas participamos ya de su alivio, pues se sufre más cuando no se dicen y se ocultan. Allí ocurre la primera expresión del autoconsuelo.

En la carta privada, este consuelo ocurre como un diálogo consigo mismo en un intercambio con otro. La escritura permite establecer una relación nominal con la aflicción, convirtiendo el dolor en lenguaje consciente y gobernable.

La escritura permite establecer una relación nominal con la aflicción, convirtiendo el dolor en lenguaje consciente y gobernable.

El filósofo romano Anicio Manlio Torcuato Severino Boecio, nacido en el año 480 y muerto en el 524 o 525, escribió durante sus últimos años de vida una reconocida obra titulada La consolación de la Filosofía (s. f.). Fue preso político decapitado en la prisión de Pavía, la antigua Ticinum, en el norte de Italia. En prisión escribió su obra: un diálogo entre sí y la filosofía. Dialoga con ella representada en la figura de una mujer, como alegoría. En la «Prosa cuarta», ella le inquiere:

«¿Has oído estas palabras?» —me dijo la Filosofía—. «¿Han penetrado en tu espíritu, o bien te has quedado tan insensible como el asno ante la lira? ¿Por qué lloras? ¿Por qué fluyen de tus ojos esos arroyos de lágrimas? Si buscas remedio a tu mal, preciso es que descubras la herida» (s. f., p. 38)..

Preciso es descubrir el origen del mal, indagar la causa de la herida. Preciso es también escuchar lo que dice la filosofía y acudir a sus efectos. La filosofía debe entenderse como la reflexión del ser sobre el ser. ¿Qué es lo que tenemos en La consolación de la Filosofía? La escritura de una persona angustiada en la prisión, que cabila sobre sí mediante la escritura de un diálogo con la filosofía, que es una reflexión sobre la vida y sobre sí. Todo esto para consolarse.

De esta manera, Boecio deja para la posteridad un consuelo que vale para cualquier otro, pues su diálogo con la Filosofía está cargado de interrogantes existenciales, esto es, bastante universales. Hay en este libro una conexión maravillosa entre las escrituras del yo, el carácter curativo de estas escrituras y la curación mediante la consolación filosófica. La filosofía debe entenderse no solo como un tránsito de un saber disciplinario, sino como una movilización de conocimientos sobre el ser y el vivir. Pierre Hadot, en Exercices Spirituels et Philosophie Antique (1995), lo explica así:

La filosofía es concebida, no como la enseñanza de una teoría abstracta, y aún menos como la exégesis de textos, sino como el arte de aprender a vivir (y a morir), una actitud concreta, en un estilo de vida determinado, que compromete toda la existencia. El acto filosófico no se sitúa solamente en el orden del conocimiento, sino en el orden del «sí mismo» y del ser (citado en Sampson, 1997, p, 5).

(El texto de Anthony Sampson en el que cita a Pierre Hadot se aborda en el siguiente artículo: «»Lectura y cuidado de sí», una mirada al texto de Anthony Sampson»)

El arte de aprender a vivir, como todo arte, se desarrolla en la reflexión del hacer y en el desarrollo de la experiencia. Vivir reflexivamente sobre esa experiencia es hacer filosofía.

El 24 de febrero de 1952 Julio Cortázar escribe desde París:

Ya llevo aquí cuatro meses, y anoche, al hacer un balance mental de este tiempo, me daba cuenta de la asombrosa familiaridad con que me muevo en este mundo. Ahí está, ahora, el peligro. Es ahora que debo vigilar mi visión, mi manera de situarme frente a cosas que cada vez conozco mejor; es ahora que debo impedir que los conceptos me escamoteen las vivencias (p. 36).

El problema: «la asombrosa familiaridad con que me muevo en este mundo». ¿Es decir? La costumbre, la aniquiladora costumbre. ¿Su preocupación? No gozar más de París, plantarse no ya como turista, sino como habitante sumergido en la cotidianidad de una ciudad que ya ha perdido su renombre. ¿La solución? Vigilarse, escribe, ser consciente de su perspectiva, porque «quiero que la maravilla de la primera vez sea siempre la recompensa de mi mirada», pues «te aseguro que yo quiero ser hasta el final un turista en París».

Carta privada y cuidado de sí

Es destacable la idea de «impedir que los conceptos me escamoteen las vivencias», que conlleva la clásica división entre pensar y hacer, uno de los pilares filosóficos de Rayuela, novela (o antinovela) en la que el protagonista Oliveira se lamenta de no habitar el mundo como quisiera. No lo habita porque vive en la idea de ese mundo, y así se imposibilita vivirlo, no puede asistir a ese mundo de manera integral, sin la distancia de la razón y el pensamiento. A Cortázar esa inquietud se le revela en su «balance nocturno», y la solución aparece como lenguaje gobernable en esta carta, en la que identifica la manera en la que deberá actuar. De esto se trata el autoconsuelo, no solo de acudir a sí mismo cuando se encuentra profundamente herido, sino también de encontrar respuestas a los problemas ya planteados; incluso el solo planteamiento del problema es parte de este consuelo, ya que es el primer paso para acabar en la resolución, tal y como lo expresa la Filosofía a Boecio. Escribe Cortázar, el 20 de septiembre de 1952, desde París:

Está demás que agregue todo lo que siento no ver a mis amigos. Tu casa, los chicos, María, tu pintura, toda esa amistad que ya no necesita de palabras para ser irrevocable. Pienso en Castagnino, en Baudi, en gentes tan fieles y tan buenas. Pero (así soy, qué quieres) no se me ocurre en absoluto lamentar el camino que tomo. Son las consecuencias, las rebabas, que me duelen. Sé que lo que hago es lo único que me cabía hacer (p. 108).

Es el dolor de tener lejos a los amigos. Este dolor está presente en toda su correspondencia, pero sabe que «es lo único que me cabía hacer». Marcharse era su propósito, vivir en París, instalarse; continuar a pesar de la distancia física de los seres queridos. Escribe «(así soy, qué quieres)» y parece dicho a Eduardo, pero es para sí; escrito a otro, pero destinado a sí mismo. Se trata de la aceptación de un rasgo de su carácter y de la reafirmación de un propósito que acarrea «las consecuencias, las rebabas» que le duelen. Mediante esta carta se anima, se fortalece, se deja claro una vez más el valor de su decisión.

Notamos, entonces, que este consuelo entronca con la reivindicación de lo que somos. Consiste en la aceptación de decisiones e ideas y la responsabilidad de mantenerlas vivas; se trata, en últimas, de conservar el sentido de algunas experiencias que consideramos fundamentales.

Con esto hemos llegado al final de este tercer momento.

Queda un momento más, el final: la manutención de saberes. ¡Nos encontraremos allá!

Procesando…
¡Lo lograste! Ya estás en la lista.

Documentos citados

Arfuch, L. (2005). Problemáticas de la identidad. En Arfuch, L. (Comp.), Identidades, sujetos y subjetividades (pp. 21-43). Prometeo.

Bernárdez, A. y Álvarez Garriga, C. (Eds.). (2010). Julio Cortázar. Cartas a los Jonquières. Alfaguara.

Boecio, A. (s.f.). La consolación de la filosofía. Ediciones Perdidas.

Hall, S. (2014). Negociando identidades caribeñas. En Restrepo, E., Vich, V. y Walsh, C. (Eds.), Sin garantías. Trayectorias y problemáticas en estudios culturales (pp. 445-458). Universidad del Cauca y Editorial Envión.

Sampson, A. (1997). Lectura y cuidado de sí. Revista de la Universidad del Valle, (16), 4-16.


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