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La carta privada y el cuidado de sí. Tercera carta: la autorrevelación y el autoconsuelo

El destinador escribe para otro escribiéndose. Al escribirse en ese retiro que lo aproxima, representativamente, al destinatario, se acerca a sí y se descubre. Referirse en esa situación interior abre el camino donde podrá toparse con las puertas y las ventanas del ser: lo que soy, quien he sido, para mí y para otros.

Jorge Medina

Pintura de Eduardo Jonquieres

Santiago de Cali, 23 de noviembre de 2020

Bienvenido, nuevamente:

En nuestra segunda carta referí una de las formas del cuidado de sí en la carta privada: el cuidado ejercido mediante la escritura del destinador al destinatario, ejercicio que requiere de un retiro, de un momento, en el que se desencadenan los efectos del pensar sobre sí para comunicar al otro lo que deseamos expresar. En esta ocasión abordaré la segunda y la tercera forma de ese cuidado en la correspondencia privada: la autorrevelación y el autoconsuelo. 

La autorrevelación

El destinador escribe para otro escribiéndose. Al escribirse en ese retiro que lo aproxima, representativamente, al destinatario, se acerca a sí y se descubre. Referirse en esa situación interior abre el camino donde podrá toparse con las puertas y las ventanas del ser: lo que soy, quien he sido, para mí y para otros. Bien sabemos que este «ser» es atravesado por la retórica del lenguaje y la capacidad psíquica de darse, más o menos, una unidad que permite y determina la relación del yo con los demás. 

Leonor Arfuch explica que no hay identidad «por fuera de la representación, es decir, de la narrativización —necesariamente ficcional— del sí mismo, individual o colectivo» (2005, p. 24). Esta «narrativización» es el fundamento de la identidad: quien responde a la pregunta ¿quién soy? es un ser capaz de narrarse, de dotarse de sentido, capaz de significar su ser significante. 

Cuando usted se pregunta quién es y se responde activa un mecanismo por el que surge su identidad narrada; por supuesto, no es tan simple como decir cualquier historia sobre sí, puesto que el ser es un encuentro de relaciones endógenas y exógenas. Stuart Hall se refiere a la identidad explicando que:

No es solamente una historia, una narrativa que nos narramos a nosotros mismos acerca de nosotros mismos, sino que se trata más bien de historias que cambian de acuerdo a circunstancias históricas. Y la identidad cambia de acuerdo a la forma en que la pensamos, escuchamos y experimentamos. Lejos de venir solamente del pequeño punto de verdad que está adentro nuestro, las identidades en realidad vienen de afuera; son la manera en que somos reconocidos y luego llegan a tomar el lugar de los reconocimientos que otros nos dan. Sin los demás no hay un yo, no existe el auto-reconocimiento (2014, p. 451).

No solamente soy quien digo ser, sino también quien dicen que soy; en el medio de este cruce de relaciones estoy como sujeto que acepta, rechaza, discute ese tránsito de significados. Lo destacable en este proceso es el carácter ficcional de la identidad. Ficción no es sinónimo de mentira, no; ficción es sinónimo de construcción, de elaboración que parte de la realidad, pero que deja de ser la realidad exterior para convertirse en una representación de aquella. 

No solamente soy quien digo ser, sino también quien dicen que soy; en el medio de este cruce de relaciones estoy como sujeto que acepta, rechaza, discute ese tránsito de significados.

Cuando se dice que la identidad es ficcional se está aludiendo al fundamento constructivo que impregna toda narración; en otras palabras, cuando decimos lo que somos, estamos contando lo que somos, tejiendo una historia en la que ligamos elementos como el origen familiar, las costumbres, las creencias heredadas o elaboradas por una ética personal, en fin: armamos un ser más o menos coherente con nuestro pasado, entendiendo nuestra posición en el presente y configurando una proyección de nuestro futuro. Intente definir su identidad en este momento. Hágalo. Se dará cuenta por sí mismo de cuáles son los elementos a los que debe recurrir para conformarla. 

A esto que llamo autorrevelación como una expresión del cuidado personal es al descubrimiento de uno o varios elementos que aportan en la construcción de nuestra identidad. Si al escribir una carta recuerda un evento traumático de su niñez, y junto a ese recuerdo logra alguna comprensión sobre su conducta, se está revelando un aspecto de su vida. Tras esta autorrevelación hay un conocimiento más amplio, una apropiación más profunda de lo que somos. 

Las marcas en las que podría presentarse el fenómeno de la autorrevelación en la escritura serían del tipo: «ahora descubro que…», «me doy cuenta de…», «me entero que…», entre otras expresiones que indican la presencia recién nacida de una idea. Hay otras formas más ambiguas: «creo que…», «ahora sé…», las cuales pueden señalar el nacimiento de una idea en el instante de la enunciación o pueden referirse a una idea preexistente. Estas últimas son expresiones que señalan un descubrimiento o una idea (que se enfatiza como propia) sobre un aspecto de la vida, pero no podemos saber si surgen durante la escritura.

En Cartas a Los Jonquières no aparecen las expresiones directas sobre una revelación espontánea, lo cual dificulta identificarlas. Hay varias formulaciones con el «creo», y algunas son claramente una creencia previa, pero otras resultan ambiguas como para tener la certeza de que se trata de una idea que apenas se formula. Una de las manifestaciones de esa ambigüedad es la que sigue.

El 14 de junio de 1952, desde París, redacta Cortázar:

[…] no creo —pero hablo por mí— que en la madurez todo quite. Tal vez porque mi vida ha sido un poco a contrapelo en tantas cosas, pero ahora que he renunciado por mí mismo a imaginarme lo que no era, y que me he quedado solo en un cuarto vacío, me siento mucho más pleno y más rico. Ahora las cosas bellas llegan realmente a mí, y el dolor no me empobrece. No creo haber perdido aptitudes, el árbol guarda todavía sus hojas. Me falta, claro, el arrebato, el «claro fragor de los días», las nociones juveniles llenas de petulancia y absolutismo (9. 75).

Y más adelante:

Creo que los únicos riesgos de la madurez son morales: el encanallarse poco a poco, tolerar el trato y el comercio de gentes que nos hubiéramos negado a saludar a los veinte años. En eso hemos perdido. Por equis pesos mensuales, yo he dado mi tiempo en la Cámara del Libro a una cáfila de gallegos brutos que naturalmente me manoseaban como todo patán a un hombre fino (p. 76).

El destinador establece una comparación entre la juventud fulgurante y la madurez condescendiente. No plantea una malignidad o bondad absoluta para cada uno de los estados, sino más bien unos elementos particulares para cada uno, los cuales presentan ventajas y desventajas. La juventud es agitada y llena de fortaleza, pero empobrecida por el dolor: frágil; la madurez, en cambio, es más silenciosa, pasiva, pero soporta el dolor porque es más estable. 

Con estas definiciones da forma a algunos aspectos de su identidad: en el presente, el hombre maduro, con sus riesgos; en el pasado, el joven, un estado anterior. Sin embargo, no es posible afirmar si esta comparación nace allí mientras escribe, si al decir «creo que los únicos riesgos de la madurez son morales» asiste a una idea que surge en la enunciación. Esta es la ambigüedad del «creo»: una posible revelación espontánea o una creencia preexistente.

Otro tanto ocurre en la carta escrita en Montevideo el sábado 27 de noviembre de 1954, en la que se expresa sobre su vida de los años 30 y 40, diciendo sobre su escritura: «Creo que todo lo que escribía entonces era variación sobre la nostalgia, sobre el paraíso perdido» (p. 282). ¿Ocurre esta creencia ese sábado 27 de noviembre de 1954 o solo menciona lo que cree desde hace tiempo? No podemos saberlo, no en una oración como aquella. Sin embargo, aunque existe la dificultad de identificar cuándo un «creo» señala una idea que surge en el momento de la enunciación, no debemos descartar esta huella textual como una posible indicación del fenómeno. ¿Mientras habla para otro, mientras escribe una carta, no emplea el «creo» para decir algo que apenas nace, que apenas despunta? 

Pintura de Eduardo. Acrílico sobre tela. 80 cm x 80 cm. Macla.

El autoconsuelo

Ayúdeme con una suposición. Olvidémonos de las aplicaciones de mensajería instantánea y del correo electrónico: no existe Facebook, no existe WhatsApp. Le está escribiendo una carta a su amigo más cercano, quien, paradójicamente, se encuentra lejano, digamos, al otro lado del Atlántico. Mientras le escribe para contarle uno de esos clásicos episodios familiares que se le cruzaron por la consciencia, una de esas escenas fugaces que pasan agitando, lentamente, su cola de fuego, descubre un asunto; digamos, por ejemplo: recuerda el día en el que vio llorar a su padre. Usted era un niño de diez años, y creía, fervientemente, en la rudeza emocional del padre. Empieza a narrarle el episodio, y en esa narración descubre un vínculo entre ese hecho y su melancolía característica. Ahora, supongamos que esa melancolía le afecta en las decisiones que toma para su vida

Todo esto lo cuenta en su carta. Lo cuenta porque su amigo es el indicado para saberlo, porque la confianza en él le permite expresarse en ese diálogo diferido. Ya se ha revelado algo de sí. Cuando continúa escribiendo su reflexión sobre ese episodio, hallando su sentido, entra el terreno del autoconsuelo.

El diccionario de la Real Academia Española define el consuelo como «descanso y alivio de la pena, molestia o fatiga que aflige y oprime el ánimo». Tratar ese episodio traumático mediante la reflexión propiciada por la escritura es abrir un camino para ese descanso, para ese alivio de la pena. Quizá no deje, inmediatamente, de ser un melancólico, pero habrá comprendido el origen, y podría continuar por ese camino hasta encontrar una comprensión de sí, y en ella una calma. En esto consiste el autoconsuelo, en un remedio o en la apertura de un camino para la curación de un dolor personal. En la carta privada, este consuelo ocurre como un diálogo consigo mismo en un intercambio con otro. Y la escritura permite establecer una relación nominal con la aflicción, convirtiendo el dolor en lenguaje consciente y gobernable. 

Tratar ese episodio traumático mediante la reflexión propiciada por la escritura es abrir un camino para ese descanso, para ese alivio de la pena.

El filósofo romano Anicio Manlio Torcuato Severino Boecio, nacido en el año 480 y muerto en el 524 o 525, escribió durante sus últimos años de vida una reconocida obra titulada La consolación de la Filosofía (s. f.). Fue preso político decapitado en la prisión de Pavía, la antigua Ticinum, en el norte de Italia. En prisión escribió su obra: un diálogo entre sí y la filosofía. Dialoga con ella representada en la figura de una mujer, como alegoría. En la «Prosa cuarta», ella le inquiere:

«¿Has oído estas palabras?» —me dijo la Filosofía—. «¿Han penetrado en tu espíritu, o bien te has quedado tan insensible como el asno ante la lira? ¿Por qué lloras? ¿Por qué fluyen de tus ojos esos arroyos de lágrimas? Si buscas remedio a tu mal, preciso es que descubras la herida» (s. f., p. 38).

Preciso es descubrir el origen del mal, indagar la causa de la herida. Preciso es también escuchar lo que dice la filosofía y acudir a sus efectos. La filosofía debe entenderse como la práctica reflexiva del ser humano sobre el ser humano, sobre sus manifestaciones. ¿Qué es lo que tenemos en La consolación de la Filosofía? La escritura de una persona angustiada en la prisión, cavilando sobre sí, escribiéndose en un diálogo con la filosofía que es una reflexión sobre la vida y sobre sí. ¿Para qué? Está claro, para darse consuelo. 

A su vez, Boecio deja para la posteridad un consuelo que vale para cualquier otro, puesto que su diálogo con la Filosofía está cargado de interrogantes sobre la existencia y el propósito de vivir. Hay en este libro una conexión maravillosa (perdóneme la falta de rigor en el adjetivo, podría reemplazarlo por “justa” o “precisa”, más objetivos y menos emocionantes) entre las escrituras del yo, el carácter curativo de estas escrituras y la curación mediante la consolación filosófica. La filosofía debe entenderse no solo como un tránsito de un saber disciplinario, sino como una movilización de conocimientos sobre el ser y el vivir. Pierre Hadot, en Exercices Spirituels et Philosophie Antique (1995), lo explica así:

La filosofía es concebida, no como la enseñanza de una teoría abstracta, y aún menos como la exégesis de textos, sino como el arte de aprender a vivir (y a morir), una actitud concreta, en un estilo de vida determinado, que compromete toda la existencia. El acto filosófico no se sitúa solamente en el orden del conocimiento, sino en el orden del «sí mismo» y del ser (Citado en Sampson, 1997, p, 5).

El arte de aprender a vivir, como todo arte, se desarrolla en la reflexión del hacer y en el desarrollo de la experiencia. Vivir reflexivamente sobre esa experiencia es hacer filosofía. 

El 24 de febrero de 1952, Julio Cortázar escribe desde París:

Ya llevo aquí cuatro meses, y anoche, al hacer un balance mental de este tiempo, me daba cuenta de la asombrosa familiaridad con que me muevo en este mundo. Ahí está, ahora, el peligro. Es ahora que debo vigilar mi visión, mi manera de situarme frente a cosas que cada vez conozco mejor; es ahora que debo impedir que los conceptos me escamoteen las vivencias (p. 36).

El problema: «la asombrosa familiaridad con que me muevo en este mundo». ¿Es decir? La costumbre, la aniquiladora costumbre. ¿Su preocupación? No gozar más de París, plantarse no ya como turista, sino como habitante sumergido en la cotidianidad de una ciudad que ya ha perdido su renombre. ¿La solución? Vigilarse, escribe, ser consciente de su perspectiva, porque «Quiero que la maravilla de la primera vez sea siempre la recompensa de mi mirada», puesto que «te aseguro que yo quiero ser hasta el final un turista en París». 

Es destacable la idea de «impedir que los conceptos me escamoteen las vivencias», que conlleva a la clásica división entre el pensar y el hacer, uno de los pilares filosóficos de Rayuela, novela (o antinovela) en la que el protagonista Oliveira se lamenta de no habitar el mundo como quisiera. No lo habita porque vive en la idea de ese mundo, imposibilitándole vivirlo, asistir a él de manera integral, sin la distancia de la razón y el pensamiento. A Cortázar esa inquietud se le revela en su balance nocturno, y la solución aparece como lenguaje gobernable en esta carta, en la que identifica la manera en la que deberá actuar. De esto se trata el autoconsuelo, no solo de acudir a sí mismo cuando se encuentra profundamente herido, sino también de encontrar respuestas a sus problemas ya planteados; incluso el solo planteamiento del problema es parte de este consuelo, puesto que es el primer paso para acabar en la resolución, tal y como lo expresa la Filosofía a Boecio. 

Cartas de Julio Cortázar-Postal de Nairobi

El 20 de septiembre de 1952, desde París:

Está demás que agregue todo lo que siento no ver a mis amigos. Tu casa, los chicos, María, tu pintura, toda esa amistad que ya no necesita de palabras para ser irrevocable. Pienso en Castagnino, en Baudi, en gentes tan fieles y tan buenas. Pero (así soy, qué quieres) no se me ocurre en absoluto lamentar el camino que tomo. Son las consecuencias, las rebabas, que me duelen. Sé que lo que hago es lo único que me cabía hacer (p. 108).

Es el dolor de tener lejos a los amigos. Este dolor está presente en toda su correspondencia, pero sabe que «es lo único que me cabía hacer». Marcharse era su propósito, vivir en París, instalarse; continuar a pesar de la distancia física de los seres queridos. Escribe «(así soy, qué quieres)», y parece dicho a Eduardo, pero es para sí; escrito a otro, pero destinado a sí mismo. Se trata de la aceptación de un rasgo de su carácter y de la reafirmación de un propósito que acarrea «las consecuencias, las rebabas» que le duelen. Mediante esta carta se anima, se fortalece, se deja claro una vez más el valor de su decisión. Notamos, entonces, que este consuelo entronca con la reivindicación de lo que somos, para uno mismo. Consiste en la aceptación de decisiones e ideas y la responsabilidad de mantenerlas vivas, de cargar con sus efectos; se trata, en últimas, de conservar el sentido de algunas experiencias que consideramos fundamentales. 

Con esto hemos llegado al final de la tercera carta. 

Me queda una última puerta para dejar abierta: la manutención de saberes.


Documentos citados

Arfuch, L. (2005). Problemáticas de la identidad. En Arfuch, L. (Comp.), Identidades, sujetos y subjetividades (pp. 21-43). Prometeo.

Bernárdez, A, y Álvarez Garriga, C. (Eds.). (2010). Julio Cortázar. Cartas a los Jonquières. Alfaguara.

Boecio, A. (s.f.). La consolación de la filosofía. Ediciones Perdidas.

Hall, S. (2014). Negociando identidades caribeñas. En Restrepo, E., Vich, V., y Walsh, C. (Eds.), Sin garantías. Trayectorias y problemáticas en estudios culturales (pp. 445-458). Universidad del Cauca y Editorial Envión.

Sampson, A. (1997). Lectura y cuidado de sí. Revista de la Universidad del Valle, (16), 4-16.