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El rostro en la pantalla

Antonio José Hernández Montoya

Magazín Literario

Nos veríamos el sábado, pero resultó imposible. Todos sabemos la razón. El mundo de hoy es diferente al de hace apenas tres meses. Lo de ahora es extrañar y enfrentarse a la soledad. Nosotros vivimos en ciudades distintas, por eso el anhelado reencuentro parece más lejano. Lo sabemos y hacemos lo posible para mantenernos acompañados. Uno de los dos tuvo la idea de leer juntos; pudo haber sido ella, pude haber sido yo. Lo importante es que nos llamamos y luego buscamos un libro en internet. La voz de ella, que me llegaba a través de los audífonos, se convirtió en un susurro necesario para estar bien. Lo sé porque todo fue una pesadilla cuando desapareció.

En el primer libro que leímos, unos animales rebeldes toman el control de una granja. Entre sorprendidos e indignados seguimos a Snowball y Napoleón hasta el desconcertante final que nos hizo reflexionar sobre nuestro país. Teníamos la misma versión digital. Ella leía una página mientras yo la escuchaba atento, siguiendo las palabras en mi computador; cuando la cuartilla terminaba, era mi turno de leer. A veces ella se entusiasmaba, absorta en la historia, y seguía leyendo pese al cambio de hoja. Al darse cuenta, soltaba una carcajada y me regañaba con ternura por no detenerla. Le respondía que es un crimen interrumpir a alguien que está feliz leyendo.

El segundo libro contaba la coquetería de Holly Golightly y su particular estilo de vida. La adoramos y nos prometimos ver la adaptación con la bellísima Audrey Hepburn. Durante nuestra hora de lectura siempre había risas. El tercer libro, que aún no hemos terminado, contiene la historia del casi cincuentón Martín Santomé y de la joven Laura Avellaneda. Tiene forma de diario. Detesto los diarios. Ya sabíamos que el final de la novela es triste, pero eso no impidió que la escogiéramos. En ocasiones hicimos videollamadas. Es hermoso mirarla mientras lee.

Una mañana, sin embargo, ella dejó de contestar mis mensajes. Imaginé que estaba ocupada y volví a escribirle por la tarde, sin tener respuesta. En la noche, los textos enviados desde mi celular ni siquiera le llegaban. No leímos y me sentí vacío, profundamente solo. Me acosté a la madrugada, con el teléfono al lado; cada medio minuto lo desbloqueaba para volver a comprobar que no había respuesta. La mañana siguiente estuve de mal humor. Intenté trabajar en los documentos que debía corregir, pero me era imposible concentrarme. Le escribí a su hermana y el mensaje tampoco llegó. La preocupación cada vez era mayor. Imaginé que una falla en la conexión a internet tendría la culpa. 

Le hice una recarga de celular. Nadie llamó de vuelta. En menos de dos horas ya me había carcomido las uñas de todos los dedos. Un único pensamiento me dominaba y no quise pronunciarlo en voz alta porque era aterrador. Esa noche tampoco leímos y me trasnoché buscando las noticias más importantes ocurridas en su ciudad. Miré el computador durante horas, lo único que deseaba era ver su rostro en la pantalla. Al día siguiente hablé con mi mamá y mi papá, quienes me tranquilizaron y me sugirieron esperar algo más de tiempo y luego sí contactar a los conocidos de ella en esa ciudad o a la policía. No logré hablar con sus amigos, por más que intenté. A esa altura era una masa de nervios.

Tuve que salir a comprar comida por la tarde. Las calles estaban tan vacías que daba miedo transitarlas. En las ventanas de las casas, muchas personas eran espectadores de ese vacío. Los pocos afuera llevábamos tapabocas de distintos colores, como si fuéramos el reparto de una película de ciencia ficción. Reflexioné que los seres humanos somos mortales, pero la humanidad es inmortal; sentí lástima por nuestro planeta. Hice la fila en el supermercado lleno de tristeza. El guardia que me pidió la cédula en la entrada era la primera persona con la que conversaba cara a cara en dos semanas. Regresé a casa completamente afligido, sin saber cuánto más podría resistir la situación.

Mi celular sonó justo cuando terminé de desinfectar lo que había comprado. No era ella. Eran malas noticias, las peores. Un amigo había muerto. El padre de él me escuchó llorar y creo que se apiadó de mí, por eso me habló de las circunstancias de su muerte. Me dijo que no quería que nadie más supiera. Tenía la enfermedad y antes de ser hospitalizado estuvo solo en el apartamento en el que vivía. Le dije cuánto lo sentía. Me dio las gracias y colgó. Me senté en el suelo y seguí llorando. La muerte es terrible, estar encerrado también, y la tristeza es un sentimiento tan fuerte que parece irreal, tal vez porque uno quiere creer que es falsa. No tenía hambre. Me dormí en el suelo, sin comer.

Al despertar, preferí recordar los momentos vividos junto a mi amigo en vez de buscarlos en mi celular. Llevaba una semana sin hablar con él. Tengo buena memoria, por eso volví a llorar. Pensé en ella, en lo mucho que la extrañaba y en la incertidumbre que sentía respecto a su ausencia. Me dije que la vida no era tan injusta como para quitármelos a los dos, pero me estaba engañando sin consuelo, porque si hay una característica innata en la vida es la injusticia. Extrañaba leer con ella, ver su rostro en la pantalla y conversar. Entré a internet y encontré comentarios de muchas personas que tampoco habían podido comunicarse con sus familiares en esa ciudad. 

Me pregunté si la ciudad entera había desaparecido, o si todos habían muerto. El terror me invadió. No era justo lo que sucedía. El mundo es tan diferente al de antes. Me retumbaba la cabeza, como si fuera a estallar. Fui por mi celular, que estaba descargado, y un mensaje me dio fuerza. No había energía. Me precipité hacia el computador y al poco tiempo tuve de nuevo su rostro en la pantalla, con una gran sonrisa. Reviví. Hablamos de la muerte de mi amigo, sin mencionar los detalles que su padre me pidió omitir. Le conté cómo fue que nos conocimos y cuánto lamentaba esa pérdida. Lloré. Después de desahogar mi dolor, por fin hubo algo de tranquilidad. Mañana ya terminaremos el tercer libro. 


Imagen de cabecera: tomada de Pixabay.