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Música
ruidosa

Jorge Medina

Ilustración de María Isabel Arango Calderón. Técnica: lápices de colores.

—¿Recuerdas también esta? —tomó la boca del saxofón con los labios pequeños, apretando con violencia, como siempre lo hizo, inflando el tórax; pero soltó, repentinamente, la presión de los labios y dejó escapar una melódica carcajada.

—¿Qué sucede?

—Acabo de recordarlo.

La mujer sonríe, luego acompaña al hombre con una carcajada estruendosa, apretándose el abdomen con el brazo izquierdo mientras se dobla hacia adelante; el cabello lacio le cae por el frente, cubriéndole la mueca injusta del rostro.

—Ya sé, ya lo sé —alcanza a decir la mujer, con dificultad. Se incorpora y toma aire, luego dice: —ya lo sé. Acabas de recordar el chiste de mi hermano.

—Sí, ¡cómo era! ¡Cómo era! Recuérdame bien, quiero oírlo tal y como lo decía tu hermano.

La mujer se lleva el índice a los labios, piensa con la mirada clavada en el bombillo tuerto de la pieza.

—Es algo así como que tú tienes los labios tan pequeños que no pones la boca en la boquilla, sino que el saxo pone la boca en tu boquilla.

De nuevo se ríen. Una alegría desbordada invade la pieza, rebotando en las paredes como pelotas de goma.

—Sí, así es. Será la última vez que lo escuche.

—¡No puede ser que a nadie más se le haya ocurrido!

—A ninguno, mujer; ese era el odio de tu hermano. Ahora nos reímos, pero ese era el odio de tu hermano. 

Un silencio, tan inquieto como la alegría, rebota entre el suelo y el techo. Ella saca un paquete de cigarrillos, le ofrece uno al hombre.

—Me iré de este mundo sin fumar esa mierda.

—No puedo creerlo, es vicio de familia.

—Todo esto es increíble, si se le piensa un poco; sin embargo, sucederá.

La mujer se lleva el cigarrillo a la boca, lo aprieta con los labios pálidos y gruesos como si la sangre no le alcanzara para pintar esa carne voluptuosa. Toma el encendedor de la mesita que tiene a su derecha y, raspándolo, lo lleva a la punta del tabaco. Inhala profundo, el tabaco enciende.

La mujer se lleva el cigarrillo a la boca, lo aprieta con los labios pálidos y gruesos como si la sangre no le alcanzara para pintar esa carne voluptuosa.

El hombre empieza a tocar. Cierra los ojos y envía su aliento por la tubería dorada, los dedos pulsan agresivos; no hay melodía, sólo un ritmo desordenado y emocionante. 

La mujer suelta una bocanada antes de responder a la pregunta metálica del hombre:

—La recuerdo. Recuerdo muy bien esa mañana.

El hombre deja de ejecutar el tema y dice:

—Yo, incluso, recuerdo la fecha y el color de tu blusa.

—Siempre me sorprendió tu memoria.

—Y sin embargo no recordé el chiste de tu hermano.

—También por el odio.

—Es un problema de los músicos: nos odiamos y tocamos melodías felices y amorosas; debe ser por eso que se le llama ejecución, ejecutar un tema no es otra cosa que matar el sentido original con la hipocresía del músico. 

—No somos solo nosotros.

—No digo que seamos solo nosotros.

—No puedo creer que jamás cambiaras ese saxo. Allí está la abolladura, ¿cómo lo soportas?

—No había razón para cambiarlo, este me gusta. ¿Quieres saber si siento culpa? Dejé de sentirla muy pronto, al saber que me encontrarías.

La mujer deja el cigarrillo sobre el cenicero. Sonríe.

—¿Sabes?

—Dime.

—Después de todo, me alegra encontrarte. No tanto por aquello. Es difícil: la sangre llama con fuerza, pero a mí me exige el amor por mi hermano. 

—De allí te saldría una buena melodía.

—Un poco trágica.

—Ya verás cómo se hinchan los clubes con tu tragedia. No te olvidarán.

El hombre se descuelga el saxofón. Lo guarda en el cofre que espera como un ataúd a sus pies. Se echa hacia atrás, recostándose, estira un poco las piernas y extiende los brazos sobre los brazos del mueble. Mira detenidamente los ojos brillantes de la mujer.

El hombre se descuelga el saxofón. Lo guarda en el cofre que espera como un ataúd a sus pies.

—Ya no esperemos más. 

La mujer abre el cofre que ha permanecido junto a sus talones. Levanta, con alegría, el instrumento negro y largo, con los destellos plateados de la tubería. Se lleva la punta negra, destellante, a la boca; sopla y una nota trémula y potente rebota en el interior de la habitación. Trémula y potente, como un grito, como la garganta rota de un niño.

Del cigarrillo se elevan las últimas figuras como las últimas frases del solista.

—¿Algo más que quieras decir? Pregunta la mujer.

—Nada que valga la pena. Esta es una vieja historia, ¿no te parece?

—Repetitiva.

—Imparable.

—Arrolladora.

—Como Coltrane.

—Como Ayler.

—Pero no es lo mismo.

—No, no es esa la música que ahora estamos sonando.

—Lo que suena son los hilos de la trama del mundo, como los hilos de una lira, como las cuerdas de un arpa; el mundo es eso, un arpa o una lira en las manos de un ángel o un demonio. El ser humano es un músico y la vida el gran fraseo de sus solistas. 

La mujer aprieta el clarinete con fuerza.

—Decir algo tan bello en este momento.

El hombre cierra los ojos.

—Alguien o algo nos conduce, todo esto es una fachada —afirma ella.

—Desde luego.

— ¿Algo más?

—No puedo creer que hayas elegido el clarinete.

La mujer levanta el brazo y el hombre ofrece el parietal. Sonríe. El clarinete se estrella contra su frente.