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Astillas 2: «El Pelusa»

Juan Sebastián Mina

Maradona Magazín Literario

Llegó a casa con la pelota debajo del sobaco. Se quitó los guayos antes de entrar, como se lo había enseñado su madre, quien, seguramente, estaría trabajando. Pensó que algún día pagaría las cuentas para que ella descansara en el sofá. El piso estaba frío. Fue a la cocina, encendió la luz y se quitó la camiseta celeste con franjas que un día fueron blancas. Estaba enlodada y como de costumbre limpió con un trapito los números plastificados: primero el uno con su líneas inflexibles, luego siguió la redondez del cero. Terminó. Buscó algo en la nevera pero estaba vacía. Bebió agua. Fue a la sala y tomó el control remoto. Era miércoles de Liga de Campeones. Encendió el televisor anhelando la previa de algún partido, el que fuera, y se encontró con el titular: Murió Maradona. Quedó frío. No se enteró del momento en el que su madre abrió la puerta y se tumbó en el sofá. Le habían dado el día libre porque, según su jefe, no había cerveza para tanto duelo. Vieron la ampliación de la noticia. En pantalla apareció un muchachito con una pelota que les recordó aquella remendada que aún rodaba por la casa. Segundos después un joven declaró que tenía dos sueños: jugar en un mundial y salir campeón. Luego apareció «El Pelusa» celebrando dos goles, uno por sueño, y alzando la copa del mundo. Afuera, alguien lloró. Adentro se abrazaron e hicieron una mueca como de risa. La esperanza en medio de la pérdida del ídolo. La madre recordó una frase del Diego y la dijo casi sin pensarlo: «Crecí en un barrio privado de Buenos Aires… privado de agua, de teléfono». En ese momento, sobre el respaldo de una silla del comedor, se secaban los números de una camiseta al calor de un bombillo encendido. 


Imagen de cabecera: tomada de elPeriódico.