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El espejismo narrativo,
o la ambigüedad entre el narrador testigo y el narrador protagonista

El espejismo narrativo en Los adioses y Los detectives salvajes consiste en hacer ver a los personajes ausentes como los protagonistas, cuando el verdadero centro de ambas novelas está en sus narradores testigos.

Antonio José Hernández Montoya

Espejismo narrativo
Tomada de Peter H en Pixabay 

Dante lo dijo: «En todo acto la primera intención de quien lo realiza es revelar su propia imagen». 

Milán Kundera.

El axioma es simple: el narrador es fundamental en la literatura porque todo lo contado nos llega gracias a su existencia. Mario Vargas Llosa lo llama «el personaje más importante de todas las novelas (sin ninguna excepción) y del que, en cierta forma, dependen todos los demás» (1997, p. 50). Los adioses, de Juan Carlos Onetti (1909-1994), y Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño (1953-2003), son dos obras contemporáneas que le otorgan especial importancia al narrador. En ambas, las instancias narrativas enuncian la acción al tiempo que se exponen casi por completo a sí mismas. 

Existen dos tipos de narradores desde su participación: homodiegético y heterodiegético. El primero pertenece al interior del mundo construido y es partícipe o testigo de los hechos; el segundo, por otra parte, se sitúa fuera del mundo de la narración y tiene conocimiento total de lo sucedido. 

El narrador homodiegético puede ser testigo de los hechos o partícipe. Los adioses y Los detectives salvajes presentan instancias narrativas en las que se difumina la diferencia entre voz-testigo (paradiegético) y voz-protagonista (autodiegético). En ambas obras los protagonistas tratan de contar las vidas de otros personajes, pero terminan exponiendo las propias. En otras palabras, los «sujetos» que permiten el desarrollo de la acción se convierten en «objetos» de la narración, en pretextos de los protagonistas para mostrar sus cosmovisiones y desplegar su sistema axiológico. De esa forma asistimos al imperio de la subjetividad, resaltando que la novela (como género) se fundamenta en la relatividad y en la ambigüedad para rechazar totalitarismos (Kundera, 1987). 

Los «sujetos» que permiten el desarrollo de la acción se convierte en «objetos» de la narración, en pretextos de los protagonistas para mostrar sus cosmovisiones y desplegar su sistema axiológico.

En Los adioses, el narrador-protagonista es anónimo, atiende el bar y se complace en contar los últimos días de un basquetbolista enfermo. El hombre moribundo se convierte en una invención de esa instancia narrativa que desconoce prácticamente todos los elementos de la vida de su personaje, por ejemplo, los diálogos del basquetbolista con la mujer que lo acompaña, pues no estuvo presente cuando se desarrollaron; pese a ello, los narra mediante los rumores que escucha en el pueblo. El siguiente apartado lo ejemplifica:

Me bastaba anteponer mi reciente descubrimiento al principio de la historia, para que todo se hiciera sencillo y previsible. Me sentía lleno de poder, como si el hombre y la muchacha, y también la mujer grande y el niño, hubieran nacido de mi voluntad para vivir lo que yo había determinado (Onetti, 1992, p. 79). 

El narrador nunca cede la voz al basquetbolista. Eso lo menciona Hugo Verani en su ensayo La ambigüedad como factor estético: «Los adioses». El autor afirma que así «el narrador se transforma en un recurso artístico que produce efectos de enigmática incertidumbre» (Verani, 1992, p. 78). La misma construcción de la obra propone una negación de la verdad absoluta: no sabemos si creer o no en las palabras del narrador. Lo único que queda claro es su cosmovisión: la soledad, la derrota y la banalidad inundan la vida. 

En Los detectives salvajes las cuestiones narrativas se complejizan. Basta aproximarse al índice para descubrir la variedad de voces que conforman la obra: Juan García Madero, Amadeo Salvatierra, Perla Avilés, Laura Jáuregui, Alberto Moore, Carlos Monsiváis, Fabio Ernesto Logiacomo, Luis Sebastián Rosado, Piel Divina, Angélica Font, Bárbara Patterson, Jacinto Requena, Joaquín Font, entre otros. Cada uno cuenta su vida en función de un encuentro, la mayoría de las veces casual, con Arturo Belano y Ulises Lima. En similitud con Los adioses, a Belano y Lima tampoco se les cede la voz; son ausencias, fantasmas. Dos poetas cuyo estado natural es estar ocultos: «Una noche Piel Divina admitió que tal vez era posible que Belano y Lima se la inventaran [a Cesárea Tinajero]. Ahora los dos están desaparecidos, dijo, y ya nadie puede preguntarles nada» (Bolaño, 1998, p. 353).

Belano y Lima son el pretexto de los demás personajes para narrar sus puntos de vista, los cuales abarcan relaciones amorosas y sexuales, la poesía, el presente mexicano, el paso del tiempo, la búsqueda fracasada de una revolución, la bebida y el tráfico de drogas, etc. El mundo parece el lugar donde fracasan los sueños rebeldes; y todos los viajes culminan en desapariciones. Esas múltiples voces reciben el regalo de un espacio para poder expresarse, y juntas producen el efecto de fragmentación característico de la novela contemporánea. Así, el lector se ve obligado a unir los retazos si realmente desea comprender la obra.

Esas múltiples voces reciben el regalo de un espacio para poder expresarse, y juntas producen el efecto de fragmentación característico de la novela contemporánea.

El espejismo narrativo en Los adioses y Los detectives salvajes consiste en hacer ver a los personajes ausentes como los protagonistas, cuando el verdadero centro de ambas novelas está en sus narradores testigos. Arturo Belano, Ulises Lima y el basquetbolista fueron castigados, o premiados, con el silencio, con permitir a otros inventar sus existencias y al mismo tiempo desahogarse. Kundera afirma, respecto a la novela, que su espíritu «es el espíritu de la complejidad. Cada novela dice al lector: “Las cosas son más complicadas de lo que tú crees”. Esa es la verdad eterna de la novela» (1987, p. 29). La fragmentación en Los detectives salvajes y la duda en Los adioses son dos huellas de esa complejidad, alcanzada mediante la construcción de narradores capaces de eludir la delgada línea entre ser testigo de las acciones de otros y ser los protagonistas del propio devenir. 


Documentos citados

Bolaño, R. (1998). Los detectives salvajes. Anagrama.  

Kundera, M. (1987). El arte de la novela. Tusquets. 

Onetti, J. C. (1992). Los adioses. Grupo editorial Norma. 

Vargas Llosa, M. (1997). Carta a un joven novelista. Alfaguara. 

Verani, H. (1992). La ambigüedad como factor estético: Los adioses. En «Los adioses», a propósito de Juan Carlos Onetti y su obra (pp. 57-87). Grupo editorial Norma.