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El mimo del semáforo:
el espectáculo de la luz roja

Yenfri es un artista callejero que se gana la vida siendo un mimo en los semáforos. Esta crónica lo observa por un día en medio del oficio y del escenario: la cebra peatonal.

Juan José Mondragón

Tomada por el autor

La luz está en rojo. Una hilera de carros se sostiene en el freno. Hay un solazo tremendo de 35 grados y sobre la cebra peatonal hay un mimo. Se llama Yenfri, nació en Venezuela, y todos los días baja de su casa en Alto Meléndez para trabajar en la calle. Yo lo observo desde una esquina, a unos metros del semáforo. Estamos en la intersección de la avenida Pasoancho con carrera 100. 

El número de Yenfri consiste en una fusión de actos canónicos y pedagogía vial. Uno de ellos: usar el acto de la soga invisible para indicarle a un conductor que está parado sobre la cebra y que, por lo tanto, debe moverse más atrás, pues no deja pasar a los peatones y, para rematar, le pisa el escenario. Cabe anotar que el teatro de Yenfri es de asfalto hirviente, que su obra dura 40 segundos y que nunca es la misma. No recibe aplausos, sino pitidos; a veces, monedas o billetes.

Otro número consiste en imitar a los conductores, aquellos seres ocultos detrás de una coraza de metal. Hace una caricatura del que maneja: exagera la postura o calca las acciones detrás del volante. La impresión del cuadro es mayúscula: por un lado, está la pantomima, todo un hombre con cierto halo de patetismo y resiliencia; por otro, un ser de acero con vidrios polarizados que ni se inmuta, solo vibra mientras tiene pisado el freno. En el fondo, Yenfri parece que está hablando con el alma de ese animal con llantas: el hombre o la mujer que domina la máquina que lo transporta, pero que también lo aísla y lo protege del mundo. En ocasiones los conductores bajan la ventanilla y le dan una moneda, como una especie de caparazón al que le sale una mano. El mimo devuelve el favor abrazando la bestia  y luego camina hacia el costado: el semáforo ya está en verde. 

Cuando vivió en Venezuela, Yenfri trabajó como constructor. Al llegar a Colombia se vio forzado a limpiar vidrios en los semáforos. Así conoció a tres actores que hacían pantomima. Se interesó por el oficio y les pidió que le enseñaran a ser un mimo en la calle. «Ellos ya han viajado a todo lado, se han ido hasta Chile siendo mimos en las carreteras», me cuenta. Al principio era difícil, pero con el tiempo pudo ganar habilidad. «A veces me sigue dando pánico escénico», confiesa. Lo cierto es que, si tiene miedo, no se nota. Cada vez que el semáforo cambia, Yenfri endurece su postura y parece que se metiera en otra piel, en una piel neutra que logra balancear todos los pesos de su cuerpo. Al hacer el acto del muro, de la marcha en cámara lenta, o de las escaleras, uno puede notar que se toma cada cambio de luz como si fuese el último espectáculo del mundo, como si esos 30 segundos le devolvieran su estatuto de artista o se lo quitaran de golpe.  

Su jornada arranca a las 8 a. m. Tarda dos horas en maquillarse. Utiliza una  pintura blanca que le calienta mucho la piel del rostro; y sus zapatos, cerrados y con tacón duro, le maltratan los talones después de 10 horas de trabajo. Hace unos meses, cuando lo estaba buscando para escribir esta crónica, siempre me ignoraba. Yo esperaba a que terminara su acto para acercarme de manera cuidadosa, pero cuando le hablaba no me respondía, solo hacía muecas. A veces contestaba con señas. Empecé a sospechar que de verdad era mudo. Un día, quizás cansado de que yo le insistiera tanto, me dijo: «Es que nosotros los mimos no podemos hablar si tenemos los guantes puestos». Entonces procedió a quitárselos y hablamos un rato sobre su vida. 

Tomada por el autor

Como los semáforos en esta ciudad son un territorio, Yenfri conoce a la mayoría de los vendedores en la Pasoancho. Mientras caminamos por la calle saluda al vendedor de la piña, al de las flores y al de los almanaques. Ellos devuelven el saludo efusivamente. «Yo conozco a casi todos aquí. Nos llevamos bien». Al verlos parece que son una familia lejana que aprendieron a entenderse entre sí, una familia que se gana la vida minuto a minuto, entre una luz verde y una roja. 

Hace 3 años que este mimo pudo traer de Venezuela a su esposa y su hijo, que es apenas un niño. Su esposa apoya lo que hace, aunque Yenfri me cuenta que a veces es duro salir a trabajar. La paga es muy inestable y depende de la suerte. «Hay días en los que no gano mucho. Pero hay otros en los que un conductor te da un billete de 50 mil pesos, de la nada». 

A pesar de que hable sobre lo difícil que se torna el trabajo, nunca deja de sonreír. Y es que Yenfri habla de una manera tan despreocupada que a veces no parece un mimo en un semáforo, sino un oficinista con horario de 8 a 5 y un sueldo de 3 millones de pesos. «A mí lo que me gusta de este trabajo es encontrarme con la sonrisa de la gente», me cuenta.

«Mirá, está buscando que lo atropellen», dice un peatón que espera el semáforo. Estoy a su lado, viendo a Yenfri imitar a un conductor de una Toyota 4×4. Estoy de acuerdo con el desconocido: pararse en un semáforo a hacer cualquier cosa es un acto peligroso si consideramos que en este país la gente no respeta las normas de tránsito. Sin embargo, la misma idea de un hombre parado en la calle, amenizando el tráfico con una pantomima, provoca un magnetismo del que no se puede escapar fácilmente. Por eso algunos conductores se sienten confrontados por el mimo: miran a cualquier otro lado que no sea su propia caricatura. Él sigue en lo suyo, hasta que el acto se acabe. 

Algunos motociclistas se ríen copiosamente. Los peatones cruzamos la calle sin pisar la cebra donde actúa el mimo, como respetando el círculo invisible de su proscenio. Por momentos Yenfri se me antoja un maestro de la improvisación, porque va acomodando su número de acuerdo con el público detenido por el semáforo. Y lo hace alrededor de cincuenta veces en la jornada, siempre con espectadores y actos distintos. Después de observarlo por varias horas, estoy convencido de que cualquier actor debería estudiar en la universidad una materia de «teoría y técnica del mimo en la calle». A pesar de todo, Yenfri no es un actor entrenado de manera convencional. «Aprendí gracias a mis compañeros y a videos en Internet». Definitivamente, la calle enseña mucho. 

Ya es casi de noche. Yenfri tiene alrededor de 30 mil pesos en el bolsillo, lo que se gana cualquier persona con el salario mínimo al día. Está sentado debajo de un árbol, y su rostro refleja agotamiento. El maquillaje blanco y negro le resalta las facciones con dureza, y me parece que con esta luz de las 5 de la tarde no puede haber nada más triste que un mimo cansado. De pronto se para, ya más compuesto, y me desea buena suerte con la crónica que voy a escribir. Luego me dice, fulminante: «Yo a veces me pongo muy triste por mi familia que está en Venezuela. Imagínate, yo, triste, queriendo sacarle una sonrisa a la gente. Pero la depresión la dejo en mi casa». 


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Magalico

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