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La muerte
de un zancudo

Creo que una vía natural para sacarnos el impulso sádico que llevamos dentro es matar zancudos. El hombre no puede huir del asesinato (simbólico o real), entonces algunos insectos nos sirven para el desfogue de aquella pulsión destructiva.

Juan José Mondragón

Zancudo
Zancudo atravesando la piel. Imagen de Franco Patrizia en Pixabay 

Para Jonny

Creo que una vía natural para sacarnos el impulso sádico que llevamos dentro es matar zancudos. El hombre no puede huir del asesinato (simbólico o real), entonces algunos insectos nos sirven para el desfogue de aquella pulsión destructiva. Yo lo comprobé después de vivir con Jonny, zancudo de la familia Aedes. 

Desde hace unos días se había metido en la sala. Solía rondar el bombillo que está arriba del comedor o posarse en la pared que está sobre el escritorio, mostrándome las alas y un par de patas bañadas con matices de blanco y gris negruzco. Cuando lo vi por primera vez me acordé de las palabras de mi tío: la vida hay que respetarla, por más pequeña que sea. Entonces decidí perdonarle la pena de muerte.

Durante mi existencia he perdido la cuenta de todos los zancudos que he aplastado y de todas las hormigas que ahogado con el agua del trapeador. A las cucarachas les cogí miedo, pero antes solía rociarlas con Raid hasta sepultarlas en veneno. Para hacer las paces con el filo Arthropoda me determiné solo espantar a Jonny y no matarlo, para así tratar de convivir en paz durante todo el resto del fin de semana. Encerrado desde el viernes hasta el lunes, él fue mi única compañía. Puedo decir que nos supimos aguantar hasta cierto punto, pero todas las convivencias se acaban y algunas de manera mortal. 

Puedo decir que nos supimos aguantar hasta cierto punto, pero todas las convivencias se acaban y algunas de manera mortal.

Hubo rutinas de cada cual que nos molestaban entre sí. Estoy seguro de que mi constante tecleo no tenía muy tranquilo a Jonny. A su vez, cuando él pasaba volando sobre mí yo trataba de ignorar su constante zumbido. Aquel demoniaco siseo lo producían las alas de Jonny, batiendo cerca de 500 veces por segundo. A veces me paraba del asiento y dejaba que él se fuera a otro lugar, tratando de no juzgarlo por lo que hacían los de su especie. Un año atrás la picadura de otro zancudo Aedes —a lo mejor un pariente lejano, vaya uno a saber— me tiró a la cama por un dengue. 39 grados de fiebre y una hemorragia por la nariz bastaron para desarrollar inmunidad por anticuerpos y fobia por zancudos. La diferencia es que la primera me va a durar de por vida; la segunda tuvo un pequeño hiato desde que Jonny nació en los charcos que están afuera de mi casa. 

El caso es que traté de ponerme en las alas de Jonny. Él seguro no eligió nacer zancudo; yo no pedí ser humano. Ambos somos un producto caprichoso de un dios tiránico. Pero el destino nos había juntado a los dos: mordiéndome, él solo buscaba sobrevivir, y yo hubiera hecho lo mismo si midiera su tamaño y me alimentara de sangre. No puedo decir que fue fácil no medirlo con el mismo rasero que a sus parientes: según la OMS cada año mueren más de 400 000 personas por la malaria y en Colombia el año pasado hubo cerca de 40 000 contagios de dengue. Sin embargo, si Jonny hablara mi idioma me hubiera hecho una réplica interesante: hay 3500 especies de mosquitos en todo el mundo y nosotros (una única especie) somos su mayor exterminador, a pesar de que un par de cientas de especies suelen picar a las personas. 

Desde hace años se están diseñando planes de extinción masiva frente a varias especies de zancudos, pues algunos sectores ecologistas consideran que estos son simplemente una molestia y solo cargan enfermedades costosas. Su erradicación no aportaría efectos ecológicos drásticos en tanto no son polinizadores masivos y aquellas especies que se alimentan de ellos fácilmente podrían reemplazarlos. Por supuesto, hay otro sector de la biología y de la ciencia que se opone drásticamente a la extinción de los mosquitos, considerando que no hay evidencia suficiente para borrarlos de la historia sin sufrir consecuencias graves. Por mi parte, tengo que aceptar que en varios momentos de mi vida le deseé a la especie una muerte fulminante y definitiva, pero estoy seguro de que Jonny también lo habría pensado para mí y el Homo sapiens entero. Los mosquitos pueden atravesar la piel de varios animales menos peligrosos que un humano. No obstante, el amoniaco y varios componentes propios de nuestra sangre son muy apetecidos por ellos. En esto nos parecemos: a pesar de expandirnos instintivamente, solemos dañar cosas de la naturaleza por pura codicia. Lo peor es que en este punto seguimos siendo peores nosotros: en unos años es seguro que no habrá hectárea en el mundo invadida por humanos, mientras que los zancudos no pueden soportar la temperatura de Islandia o de la Antártida.

En un momento llegué a pensar que nos estábamos acostumbrando a tenernos cerca, bajo el mismo techo. Jonny solía meterse debajo de la mesa o irse a las penumbras de la cocina, queriendo su espacio. A veces me metía en un cuarto y cuando encendía la luz Jonny aparecía por el techo. Nuestros horarios de sueño incluso llegaron a sincronizarse: pasábamos la madrugada juntos, despiertos, y al amanecer nos íbamos a dormir para volver a estar activos desde el ocaso. Dada su corta esperanza de vida (quince días), puedo decir que le propiné poco sufrimiento.

El último día los conflictos llegaron y la verdad no los supe manejar. Pude entender que Jonny tenía hambre, entonces me permití una picadura pequeña en el reverso del brazo. Puedo imaginármelo con sus antenas sintiendo mi dióxido de carbono desde lejos: los zancudos detectan los residuos de nuestra respiración (e incluso el tipo de sangre) desde una distancia considerable. Puedo pensar, también, que Jonny se acercó al olor corporal que despedía la piscina bioquímica de mi piel, y ya posado sobre mi brazo puso su cuerpo sobre los poros abiertos. Diminutos pelos puestos en sus patas, especializados en la detección de la sangre a nivel microscópico, le dieron una señal precisa: el Rh A negativo tenía todos los nutrientes necesarios: hierro, proteína y aminoácidos. 

Pude entender que Jonny tenía hambre, entonces me permití una picadura pequeña en el reverso del brazo.

Minutos después, el Probóscide —un pequeño puñal compuesto de seis agujas muy apretadas entre sí— me rasgó la piel. Aquel órgano es una especie de boca que succiona sangre de manera muy habilidosa: dos agujas ubicadas en los extremos rasgan la dermis y las otras cuatro entran buscando la sangre. Se guían gracias a los químicos que liberan los diminutos vasos sanguíneos y cuando encuentran una fuente se dedican a extraer el jugoso alimento por medio minuto o más. A lo largo del proceso Jonny liberó saliva de color blanco casi transparente, dejándola debajo de mi piel y en la superficie. La piel es naturalmente alérgica a ese fluido. Minutos después, sentía ya la tortuosa picazón. 

Después de utilizarme para su supervivencia, Jonny se posó en la pared. Estaba más gordo. Traté de adaptarme a la cicatriz molesta que había dejado su paso por mi cuerpo: una roncha grande y roja, insoportable por momentos. Creo que si él no hubiera tratado de usarme más yo le habría perdonado la vida, pero hay unos límites que no se pueden cruzar.

Jonny volvió a buscarme y yo había tenido suficiente. Esta vez me atacó la pierna y sentí la herida. Volvió a ponerse sobre la pared blanca, como tomando distancia de sus actos. Me paré y sin ser dueño de mí mismo lo observé unos segundos antes de matarlo. Las patas blancas, el abdomen inflado… Otro ser vivo. Nada me detuvo. 

Jonny murió aplastado por la palma de mi mano. Su sangre —¿o la mía?— quedó desparramada sobre la pintura. Su cuerpo estaba desmembrado, fijado entre una mancha roja que parecía que aún respiraba. Al otro día compré un insecticida y decidí no volver a confiar en insectos, ya he decidido no luchar contra mi instinto exterminador.