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La lectura durante la pandemia

Antonio José Hernández Montoya

Lectura y pandemia

Las posibilidades de leer, tanto libros físicos como digitales, han aumentado en los últimos meses. Quizá uno de los aspectos más valiosos que esta pandemia nos deja sea el tener más tiempo libre. Exceptuando los casos en los que resulta indispensable trabajar fuera de casa, que son muchos (porque tampoco se puede negar la realidad del país y las necesidades diarias), la población ha ganado al menos unas horas para el cuidado de sí misma. Al menos una hora adicional de sueño (el desplazamiento hacia las instituciones y las empresas ha desaparecido); al menos una hora más para reposar al final de las jornadas, para ejercitarse, dedicarse al mundo audiovisual o a la lectura.

En el caso de la población estudiantil de colegios y universidades, que se debate entre la lectura académica por compromiso y la lectura libre, placentera y personal, la virtualidad ha conducido a un mayor número de textos. Independiente de si se consideran literarios o no (asunto complejo y quizá interminable), todo el tiempo se descifran códigos, se accede a mensajes y se descubren bellas historias. 

En lo referente a soportes digitales, los e-books, las narraciones gráficas y los clubes de lectura (desde finales de agosto en el Instagram de Me gusta leer Colombia se leyó en voz alta la novela Cómo perderlo todo, de Ricardo Silva Romero, por ejemplo) se posicionaron como nuevos y vitales espacios de cultura.

Además, desde hace años, periódicos como El Espectador, El Tiempo y El País desplegaron páginas web donde se puede consultar sus noticias, entrevistas y columnas de opinión. En la coyuntura actual, es probable que gran parte de la población haya accedido al menos una vez a sus informes y a sus artículos sobre la pandemia

Las personas románticas y apegadas al papel, por otra parte, tampoco hemos tenido muchas dificultades a la hora de adquirir libros. Al principio fue complicado, es verdad, pero rápido se encontraron soluciones. En lo personal, en medio de esta situación descubrí Buscalibre, una organización internacional donde se venden libros (tanto nuevos como usados) y otros objetos. Es una librería inmensa. 

El primer libro que adquirí por este medio fue Beloved, de la escritora Toni Morrison (con 20 % de descuento y envío gratis). La historia es interesante y sus críticas a la esclavitud y al racismo son actuales, pese a que los acontecimientos ocurren entre finales del siglo XIX y principios del XX. Tiempo después gasté mis ahorros en El nombre de la rosa, de Umberto Eco (esta vez con 40 % de descuento y envío gratis). A la fecha aún lo estoy leyendo y me parece fascinante, una obra maestra.

Imperios como Buscalibre o la Librería Nacional han tenido muchas más facilidades para sostenerse durante esta pandemia. Las librerías pequeñas, que además compran y venden libros de segunda, sin duda experimentaron tiempos agrestes. La venta a domicilio fue una de las estrategias que les ayudó a sobrevivir (lamentablemente, algunas o quizá varias debieron cerrar). Por eso aprovecho para invitar a adquirir libros en estos lugares (también en las editoriales independientes) y así apoyar al mismo tiempo a la cultura, a la lectura en formato físico y a los pequeños negocios (adquirir cuando sea posible, por supuesto, ya que los libros no son una necesidad básica).

De regreso a la lectura, en términos generales, considero que aumentó durante la cuarentena. Tal vez una encuesta pueda confirmarlo, pero es cierto que no sería prudente realizarla en estas circunstancias. En 2018 el promedio de libros leídos al año fue de 5,1. Ahora que más personas regresan a las calles y la esclavitud laboral vuelve a imponerse (si es que alguna vez dejó de hacerlo), me temo que el tiempo dedicado a la lectura disminuya. La invitación para quien haya llegado hasta este punto es a mantener vivo el sueño de la lectura (ideal que tal vez comparta conmigo), a proponerse metas (una página diaria está bien, o dos) y a sumergirse en las historias y discursos para terminar de superar estos tiempos amargos.  


Imagen de cabecera: tomada de Pixabay.