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El día que amenazaron
a Borges

En 1972 alguien amenazó a Jorge Luis Borges. Lo sabemos por su confesión en el Oro de los tigres. Borges contaba ya con 74 años de vívidas ficciones; ya lo había visto todo, incluso a sí mismo a través del Aleph.

Jorge Medina

Borges, el amenazado
Jorge Luis Borges. Fotografía tomada de Actualidad Literaria

En 1972 alguien amenazó a Jorge Luis Borges. Lo sabemos por su confesión en el Oro de los tigres. Borges contaba ya con 74 años de vívidas ficciones; ya lo había visto todo, incluso a sí mismo a través del Aleph. 

¿Qué ocurrió, Borges? ¿Cuál es la amenaza?

Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.

Por qué tendrás que huir

Crecen los muros de su cárcel.

¿Una cárcel?

Como en un sueño atroz.

Borges sintió la amenaza del amor. Cómo no sentir su amenaza si en la septuagenaria cabeza de Borges el amor hacía crecer los muros de su cárcel. Es la idea del amor como cárcel, aprisionamiento y, además, se le compara a un sueño atroz. Ante una bestia que aprisiona de esa manera uno quiere huir. ¡No me cabe duda!

La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única.

Honestamente, Borges, no sé qué quieres decir. Descriptivamente, señalas una máscara, una hermosa, que cambia. A pesar del cambio, sigue siendo la única, como siempre. 

¿De qué hermosa máscara hablas, Borges? ¿Acaso se trata de que el amor impuso su transformación sobre algún rostro que físicamente sigue siendo el mismo, el de siempre, igual de hermoso, pero ahora bajo la sombra atroz de los muros de la prisión?

¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras, […]

Borges, ¡te hice una pregunta!

[…] la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad, las galerías de la biblioteca, las cosas comunes, los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?

No sé de qué te servirán, para responderme no es…

Interesante elección de palabra: «talismanes». Un talismán es un objeto material capaz de causar transformaciones en el mundo a través de sus poderes. Al talismán se le emplea con propósitos espirituales, ligado más o menos a las prácticas religiosas, para invocar la protección de alguien o la autoprotección. 

Desde luego, Borges, como el buen Borges entre los múltiples Borges, no eligió esta palabra al azar. Me causa particular interés que entre sus talismanes mencione «el ejercicio de las letras».

Yo también tuve una amenaza, Borges.

Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.

No no no, Borges, estar conmigo nada. Espera te cuento mi amenaza.

Hace algunos años mi talismán de la escritura reventó. Lo tuve desde la adolescencia, me permitía protegerme emocionalmente porque de él brotaban las palabras que literariamente eran inútiles, pero que aliviaban la enfermedad del silencio. Cuando me enamoré, dejé de escribir casi de inmediato. No había necesidad de decir con la mano lo que ahora decía con la boca y el cuerpo. El ejercicio de las letras es talismán que nos protege de una importante variedad de amenazas. Yo…

Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.

¡Adelante!

Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.

Se convierte en la medida del tiempo, es verdad. Empiezo a entender esa amenaza. El primer efecto del amor es la relevancia del tiempo, y los relojes ya no alcanzan. ¡Cómo te esfuerzas en escribir el paso del día!

Es, ya lo sé, el amor; la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.

Comprendo; nunca se viven tanto las distancias y las proximidades como en el amor. Se viven también en la muerte, pero la distancia es definitiva. En el amor, el regreso, la momentánea permanencia y la partida oscilan y plantean la alegría del saludo y el temor de los despidos. Definitivamente el tiempo se vive diferente.

Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.

Borges, ¿te das cuenta de que tu idea del amor es solo una de sus mitologías? No es necesariamente una amenaza para todos.

Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.

Por supuesto, la esquina en la que te encuentras con mis preguntas.

Ya los ejércitos me cercan, las hordas.

¡Ya es demasiado! ¿Ejércitos? ¿Hordas? 

Referir ejércitos y hordas dan fuerza a la amenaza; es enorme, poderosa, incluso violenta, pues de los ejércitos no esperamos la paz, aunque se pregone lo contrario para justificar una multitud de disparos «tranquilizantes». 

Inquieta más la idea de las hordas. Los ejércitos se caracterizan (se supone, conceptualmente) por el orden y la disciplina; las hordas carecen de orden y disciplina, son una masa violenta sin más propósito que exterminar.

La diferencia ya no es tan clara, ¿cierto? 

Borges, entre tú y yo mejor no toquemos este delicado tema. Me parece que brotarían otras amenazas.

(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto)

Soy incapaz de entenderte ese verso. ¿Cuál habitación, joven septuagenario?

El nombre de una mujer me delata.

El nombre de una mujer te delata, como quien cree que el amor es un secreto cuya revelación sería una falta, una fragilidad. Delatar es decir lo que aparentemente no debió decirse. Por supuesto, lo sabes.

Me duele una mujer en todo el cuerpo.

Hermosa metonimia. En esta figura eres el genio.

En este punto, no es correcto afirmar que «alguien» amenazó a Borges en 1972, pues esa mujer (imaginaria o real) no es quien lo amenaza. La amenaza es el vínculo, el vínculo es el amor. El amor que le amenaza tiene rasgos de prisión, de sueño atroz, de ejército y de horda. 

La idea del amor que expresa en este poema, «El amenazado», tiene una poderosa relación con la idea del tiempo. Esos muros que se levantan son los barrotes de las horas. La ansiedad, el alivio de oír la voz de la amada, la espera y la memoria, ese «horror de vivir en lo sucesivo» son todos elementos ligados al sentir del tiempo cuando se está enamorado. 

Esta particular percepción del tiempo es la que constituye la cárcel de Borges, pues, como claramente lo expresa, «estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo». El amor lo amenaza con aprisionarlo en esta temporalidad en la que la proximidad y la distancia son minutero y segundero.

«El amenazado» de Jorge Luis Borges

Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz.
La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única.
¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras,
la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas,
la serena amistad, las galerías de la biblioteca, las cosas comunes,
los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos me cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)
El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.

Nota bibliográfica

La versión de este poema se tomó de El Estante Literario.