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Literatura y pandemia: una reflexión sobre la peste del insomnio en «Cien Años de Soledad»

Jorge Medina

La peste del insomnio

Escribí en Google las siguientes palabras clave: literatura y pandemia. No esperaba encontrar un artículo, sino generar un hipervínculo entre los variados resultados del buscador y alguna memoria propia sobre cualquier lectura relacionada con esa búsqueda; generar un acceso al hipotexto de la memoria, como bien lo refiere Laura Scarano

Con un clic más allá del hipocampo, sobre la corteza prefrontal, accedí a una de las carpetas de mis recuerdos y encontré una lectura que ha pasado ante los ojos de una enorme cantidad de lectores, generación tras generación, en diversos países del mundo. 

Fue así como recordé la peste del insomnio en Cien Años de Soledad. Aparece en el capítulo 3.

La peste llegó a Macondo persiguiendo a dos hermanos guajiros, a dos hermanos wayuu, quienes llegaron al pueblo «huyendo de una peste de insomnio que flagelaba a su tribu desde hacía varios años». Sus nombres: Visitación y Cataure

Ambos estaban a cargo de diversos servicios domésticos en la casa de los Buendía. Visitación, por ejemplo, era la encargada de cuidar de los niños, y fue precisamente ella quien encontró la primera evidencia de la peste del insomnio en Macondo.

¿Recuerdas cómo apareció la peste del insomnio?

La primera señal de la peste apareció de la siguiente manera:

Una noche, por la época en que Rebeca se curó del vicio de comer tierra y fue llevada a dormir en el cuarto de los otros niños, la india que dormía con ellos despertó por casualidad y oyó un extraño ruido intermitente en el rincón. Se incorporó alarmada, creyendo que había entrado un animal en el cuarto, y entonces vio a Rebeca en el mecedor, chupándose el dedo y con los ojos alumbrados como los de un gato en la oscuridad. Pasmada de terror, atribulada por la fatalidad de su destino, Visitación reconoció en esos ojos los síntomas de la enfermedad cuya amenaza los había obligado, a ella y a su hermano, a desterrarse para siempre de un reino milenario en el cual eran príncipes. Era la peste del insomnio

De esa manera se descubrió que la trágica enfermedad del insomnio había llegado a Macondo.

Hay dos elementos clave para destacar en esta cita:

  • 1. Visitación reconoció la señal de la peste, porque le era familiar. Justamente, llegó a Macondo con su hermano huyendo de ese mal.
  • 2. Visitación y su hermano huyeron de «un reino milenario» en el que ostentaban un poder, el de «príncipes»; un poder de gobierno.

¿Por qué son importantes estos dos elementos?

Son importantes porque indican que la peste tiene un origen exterior a Macondo, proviene de afuera, puesto que es reconocida, justamente, por esa india que tuvo que huir de su «reino milenario» para escapar de esa peste. 

El otro aspecto que se nos indica es que esa peste ocasionó el quiebre de un poder dentro de aquel «reino milenario». Hasta el momento digo «reino milenario», entre comillas, remitiéndome a la textualidad, pero ahora hay que decirlo dando un salto importante desde la ficción al mundo exterior a la obra: la peste del insomnio resquebrajó el poder al interior de ese reino milenario.

¿Cuál reino? El de un pueblo indígena.

Y ya que dimos el paso de la ficción a la realidad, continuemos en este andar reflexivo. Reflexivo porque es el acto de reflexionar, y también porque es reflejo del intercambio de partículas entre la física de la realidad y la de la ficción.

No un reflejo como en el espejo de Stendhal, uno diferente. Si no recuerdas qué es el espejo de Stendhal, lo sintetizo: este autor francés, en el siglo XIX, creía que una función de la novela era reflejar lo que ocurría en la vida: «La novela es un espejo que ponemos en el camino».

Esa es la estética del realismo, y Stendhal es uno de sus máximos exponentes. Pero no vamos a profundizar. Era una síntesis, una píldora pequeña de la memoria. 

Contraria a la idea del reflejo en el espejo de Stendhal, donde se atrapa al máximo la realidad (o sus efectos) en la literatura, la idea del reflejo que invoco en esta lectura de la peste del insomnio es la del intercambio semántico (de sentido, de significado) entre lo dicho en la ficción y lo ocurrido por fuera de ella; un intercambio de partículas, de elementos, un reflejo de algunos nudos de ambas tramas. 

Es una reflexión doble, doble porque refleja y porque medita. Meditando unimos los pedazos del espejo en el caleidoscopio de Cien Años de Soledad.

Una vez en el camino de esta doble reflexión, puedo decir: el reino milenario es una metonimia (una parte que señala a un todo) de los reinos milenarios habidos en el Abya Yala (América).

Abya Yala es el nombre de nuestro continente, en la lengua del pueblo Kuna. ¡OJO! No es una traducción de América, es un sustantivo nuevo, que traduce: «tierra madura», «tierra viva» o «tierra en florecimiento». 

Si el reino milenario es metonimia de los pueblos indígenas habidos en el Abya Yala, ¿qué es la peste del insomnio? Te dejo esta línea para que respondas. Concluye, no adivines: 

Una pista: los sueños son trascendentales para los pueblos indígenas. 

Es sumamente significativo el hecho de que la peste del insomnio persiga a los indios guajiros. El sueño para los wayuu es fundamental. El sueño permite una comunicación con ese mundo que nosotros, los no indígenas, llamamos el mundo de los muertos, el mundo paranormal, el mundo mágico. 

Para los wayuu, el mundo de los sueños es una continuidad, determinada, del mundo de la vigilia. En los sueños hay encuentros con los antepasados, hay profecías, hay visiones; todo esto está conectado intrínsecamente con la vigilia. 

Aquí no es válido decir que esos sueños están conectados con la realidad, puesto que esos sueños, ese mundo onírico, es parte de la realidad: una parte crucial. 

Una peste que impida dormir a Visitación y a Cataure es una terrible enfermedad, pues es un corte abrupto en esa comunicación fundamental con sus antepasados, con las visiones; en definitiva, es una pérdida de una herramienta para la vida. 

Aun así, todo esto lo estoy explicando someramente, pues estas palabras no dan justicia al sentido interior del sueño en la comunidad wayuu.

Si quieres una aproximación más precisa, puedes consultar este interesante artículo que revela la suma importancia del sueño en la vida práctica de los wayuu: Los sueños y su importancia en el pronóstico y tratamiento de la vivienda de los wayuu en Venezuela.

En todo caso, una vez entendida la importancia del sueño y del acto del soñar para los pueblos indígenas (donde el pueblo wayuu es apenas un ejemplo de tantos), pregunto de nuevo:

¿Qué podría ser la peste del insomnio?

Sin duda, un corte violento, una irrupción grave en la vida del indígena. Una intromisión tan fuerte que produjo la pérdida del poder interno. 

Sí, la llegada del conquistador. 

En este punto no hay que desconocer otra dimensión del sueño, su dimensión más física: el acto de reposo, de descanso, de recuperación corporal, que, a la larga, tiene su continuidad en lo metafísico: el descanso de la mente y del espíritu. 

Es decir: la peste del insomnio es una incapacidad para dormir, lo que se traduce en una imposibilidad no solo de una comunicación cultural y del desarrollo de la vida práctica del indígena, sino también en una dificultad para la tranquilidad del cuerpo, para su existencia física. 

La llegada del conquistador provocó ambas situaciones: el agotamiento del cuerpo y la debilidad de la mente; la muerte corporal y cultural de los pueblos indígenas. 

Llegados a este punto, revisemos un poco los efectos de la peste del insomnio en la ficción de Gabriel García Márquez.

Los efectos de la peste del insomnio

“Si no volvemos a dormir, mejor”, decía José Arcadio Buendía, de buen humor. “Así nos rendirá más la vida”. Pero la india les explicó que lo más temible de la enfermedad del insomnio no era la imposibilidad de dormir, pues el cuerpo no sentía cansancio alguno, sino su inexorable evolución hacia una manifestación más crítica: el olvido. Quería decir que cuando el enfermo se acostumbraba a su estado de vigilia, empezaban a borrarse de su memoria los recuerdos de la infancia, luego el nombre y la noción de las cosas, y por último la identidad de las personas y aun la conciencia del propio ser, hasta hundirse en una especie de idiotez sin pasado

Así, Visitación refiere que el efecto más grave de aquella peste es la pérdida de la memoria. 

Sigamos reflexionando, en su doble acepción: reflejar y meditar. La desconexión causada entre el indígena y el sueño, esa ruptura en la crucial continuidad del mundo de la vigilia y el mundo onírico, provoca el olvido. Se borran los recuerdos de la infancia, los nombres, las nociones de las cosas, hasta que se pierde la identidad. 

La llegada del conquistador provocó un trastorno en los sistemas sociales al interior de cada uno de los pueblos indígenas, trastornos vividos con sus respectivas especificidades, desde luego. Sin embargo, el quiebre generalizado es el siguiente: un corte de tajo en las prácticas culturales, en el uso de las lenguas, en las identidades

Y nosotros, hoy, ahora, usted, yo, los demás, estamos inmersos en un olvido provocado por esa peste del insomnio. Los pueblos indígenas aún resisten a los estragos de esa enfermedad. Los que no somos indígenas no siempre contamos con la posibilidad de recordar a nuestros antepasados, a aquellos que dejaron de ocupar un espacio en nuestros sueños. 

Es importante recordar que la peste inició en Rebeca. ¿Recuerdas la manía de esta niña que repentinamente llegó a casa de los Buendía? ¡Comer tierra! La figura de Rebeca está ligada al vínculo con la tierra: consumirla directamente como metáfora de una conexión con lo natural. 

La aparición de la peste fue «por la época en que Rebeca se curó del vicio de comer tierra». ¿Acaso esa «cura», esa pérdida de conexión con lo natural, con la Madre Tierra, fue lo que la convirtió en la paciente cero de esta epidemia macondiana, colombiana, latinoamericana?

Hay un aspecto interesante que no puedo dejar de lado en este ejercicio reflexivo: el papel de la escritura

¿Recuerdas la manera en la que se intentó combatir el estrago del olvido en Macondo?

Primero, recordemos cómo esa peste descubierta por Visitación se convirtió en la epidemia de Macondo. 

La peste se esparció en Macondo porque: 

(…) por un descuido que José Arcadio Buendía no se perdonó jamás, los animalitos de caramelo fabricados en la casa seguían siendo vendidos en el pueblo. Niños y adultos chupaban encantados los deliciosos gallitos verdes del insomnio, los exquisitos peces rosados del insomnio y los tiernos caballitos amarillos del insomnio, de modo que el alba del lunes sorprendió despierto a todo el pueblo

Y la medida tomada inmediatamente para contrarrestar al olvido, al que ya estaba sometido el pueblo, fue la escritura:

Cuando su padre le comunicó su alarma por haber olvidado hasta los hechos más impresionantes de su niñez, Aureliano le explicó su método, y José Arcadio Buendía lo puso en práctica en toda la casa y más tarde lo impuso a todo el pueblo. Con un hisopo entintado marcó cada cosa con su nombre: mesa, silla, reloj, puerta, pared, cama, cacerola. Fue al corral y marcó los animales y las plantas: vaca, chivo, puerco, gallina, yuca, malanga, guineo

¿Por qué es importante este elemento de la escritura?

La escritura fue en su momento una manera de ejercer dominio sobre los pueblos indígenas. Fue una herramienta sumamente efectiva, puesto que es propia del terreno de lo legal y lo jurídico del dominante, empleándose para legislar sobre el dominado, para imponerse. 

Basta con un ejemplo preciso y trascendental: lo pactado entre Cristóbal Colón y los reyes de España: Las capitulaciones de Santa Fe

Las capitulaciones de Santa Fe son el documento donde se deja constancia del pacto previo entre los reyes de España y el navegante. En dicho documento se pacta que Colón se quedaría con el 10 % de los beneficios económicos encontrados en su expedición, y la Corona se quedaría con el 90 % restante

Está claro que no sabían que llegarían al Abya Yala, pero también está claro que ese pacto previo, esa escritura, esa herramienta poderosa en la cultura del recién llegado tuvo fuertes efectos en las vidas de los reinos milenarios: la peste del insomnio estaba pactada por escrito. 

Y bien, ¿qué pasó con el tratamiento medicinal de los hisopos entintados?

José Arcadio Buendía descubrió que el problema no tendría solución de esta manera:

Poco a poco, estudiando las infinitas posibilidades del olvido, se dio cuenta de que podía llegar un día en que se reconocieran las cosas por sus inscripciones, pero no se recordara su utilidad

La escritura no era suficiente. ¿De qué puede servir anotar los sustantivos, si se olvidan todos los verbos?

Entonces fue más explícito. El letrero que colgó en la cerviz de la vaca era una muestra ejemplar de la forma en que los habitantes de Macondo estaban dispuestos a luchar contra el olvido: Esta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche. Así continuaron viviendo en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita

Aun así, no es suficiente. ¿De qué sirve anotar los sustantivos y los verbos, si se olvidan los significados de la escritura?

Para los habitantes de Macondo, olvidar los significados de su escritura, sus sentidos, implicaría condenarse al olvido y a la inutilidad, puesto que lo que olvidaban son las cosas cotidianas, prácticas, la vida misma. 

De esto nos queda concluir que solo los alfabetizados podían contar con dichos paliativos. Las personas analfabetas seguramente ya lo habían olvidado todo en Macondo, porque el único remedio que se menciona es el de la escritura alfabética.  

Aquí es importante trazar una distinción: la escritura es una práctica para dejar huella en un lugar, para generar un significado legible que queda ubicado en un pedazo del mundo. Por ende, la escritura alfabética es apenas una de tantas posibilidades de la escritura

Cuando vemos la escritura como un registro, una huella ubicada en un pedazo del mundo, comprendemos que, por ejemplo, los tejidos son también escritura. Al interior de las comunidades indígenas se realizan lecturas sobre los tejidos, sus colores y sus tramas. Eso es escritura; eso es lectura. 

Lo importante aquí es que esta distinción cultural permite entender la práctica de escribir y leer al interior de los pueblos indígenas como una práctica en constante continuidad con la cotidianidad: se escribe haciendo. La mochila dice, también carga; lleva un mensaje en su exterior, además de lo que porta en el interior. 

Visto así, ya resulta comprensible por qué para los macondianos olvidar el significado de la escritura era una condena a la inutilidad, a la parálisis, a la muerte. Por otra parte, la escritura de los pueblos indígenas que estaba en el riesgo del olvido era la inscrita en sus prácticas culturales, en sus territorios, en sus vidas. 

La escritura alfabética tiene consecuencias prácticas, por supuesto. De no ser así, no se habría logrado el compromiso fáctico de la repartición de bienes entre la Corona y Cristóbal Colón. Sin embargo, la escritura alfabética tiende a generar una desconexión con la practicidad. 

Miles de textos se han escrito sobre la peste del insomnio. Miles de textos se han escrito sobre el genocidio ocurrido en esta tierra que ahora vivimos. Miles de textos se han escrito sobre lo que podríamos recordar y valorar de los pueblos indígenas para lograr, por ejemplo, la conservación de nuestra especie y de nuestro hogar natural. Miles de huellas hay en las bibliotecas, en las memorias de los eruditos. La pregunta es:

¿Se están transformando esos sustantivos y esos verbos en sujetos que realizan acciones sobre nuestros cuerpos, nuestras mentes, nuestros espíritus y nuestro hogar natural?

¿Practico yo, quien escribe este texto, el ejercicio de recordar a nuestros antepasados en el ejercicio de mis prácticas cotidianas?

La peste del insomnio nos ha sumergido, paradójicamente, en el largo y profundo sueño del despojo y del abandono, del que necesitamos despertar para soñar, una vez más, el sueño de nuestros muertos y entender sus profecías. 

No es insignificante que el remedio para la peste en la ficción garciamarquiana provenga de la resurrección voluntaria de un muerto, de una autorresurrección, de un revivir propio y auténtico. 

La cura llega de la mano de Melquíades, quien «había estado en la muerte, en efecto, pero había regresado porque no pudo soportar la soledad». 

Abrió la maleta atiborrada de objetos indescifrables, y de entre ellos sacó un maletín con muchos frascos. Le dio a beber a José Arcadio Buendía una sustancia de color apacible, y la luz se hizo en su memoria


Imagen de cabecera: de Dema Biofani en Pixabay.