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Coronavirus, o el retorno de la distopía y la tragedia

El panorama de Armagedón de los últimos meses evoca muchas cosas, entre ellas viejas imágenes literarias. Y es que la literatura es una de los bálsamos de la cultura que más socorre la ansiedad del confinamiento.

Ricardo A. Bolaños

Literatura y pandemia

Las pandemias son periodos de crisis sanitaria, económica, espiritual. Tensan los ánimos, convocan la imaginación y, sobre todo, concientizan (a quienes tienen la fortuna de sobrevivirlas) de lo que hasta entonces era mudo, inconsciente o anecdótico.

La del covid-19, por supuesto, no es la excepción. El terrible paso del pequeño gigante ha incentivado a los Gobiernos del mundo a asumir un mayor protagonismo del habitual para contenerlo; circunstancia que es recibida con aprobación (hasta con alivio), pero también motiva enormes recelos y rechazos.

El panorama de Armagedón de los últimos meses evoca muchas cosas, entre ellas viejas imágenes literarias. Y es que la literatura es una de los bálsamos de la cultura que más socorre la ansiedad del confinamiento, pero son las distopías (esos relatos sobre hipotéticas e indeseables sociedades que se leen con morbo) y la literatura de catástrofes biológicas las que despiertan un particular y renovado interés, puesto que sus visiones de sociedad en cierta medida han ganado actualidad en esta pandemia.

En este texto no me propongo alimentar fantasiosas teorías conspirativas (ni más faltaba), ni sentar posición ante las estrategias institucionales contra el bichito de las puntas. No.

Mis motivos son mucho más triviales; a lo mejor son parte del intento de reinventar, desde la escritura, el ocio de la pandemia: explorar las hebras de sentido entre la pandemia del coronavirus y aquellos escenarios sociales que nos han legado algunas obras distópicas. Esta revisión no será la típica de un ensayo académico, puesto que no pretendo hacer un recorrido exhaustivo, sino escarbar, con la pala de la divagación, en mi propio y aún limitado corpus de lecturas.

Como aquellos jóvenes del Decamerón, saltemos de la peste a las letras, así sea para encontrarnos con ella adentro.

Pestes apocalípticas: La danza de la muerte

Porque ciertamente, hay un título que sale a flote incluso antes de siquiera zambullirnos en la búsqueda, y es La danza de la muerte (The Stand, 1978), una de las obras maestras del escritor estadounidense Stephen King, la cual ha sido reeditada en español con el nombre Apocalipsis (1990).

La primera parte de esta novela, de más de 1500 frenéticas páginas, relata la propagación incontrolable de la «supergripe», también apodada «Capitán Trotamundos», un virus con tasa de mortalidad superior al 99 %, que en menos de un mes mata a la mayor parte de la población de Estados Unidos y del mundo, y se originó en los matraces de un laboratorio militar del Gobierno como desarrollo de un arma biológica para un cruzada geopolítica, pero que evidentemente les ha estallado en la cara.

Página tras página, asistimos al desmoronamiento de la civilización humana. Tan recio como invisible, avanza el «Capitán Trotamundos». Su voracidad no respeta edad, condición, estatus social ni lazos afectivos, salvo a un puñado de individuos que gozan de una misteriosa inmunidad. Sobre estos, no digo más, y más bien le invito, lector/a, a indagar más en ellos leyendo la novela.

Con nombre propio, King enfoca algunas de las millares de víctimas de este virus para mirar de cerca el reguero de tragedias que deja a su paso. No tarda mucho para que se abra un paisaje desolador de ciudades tapizadas de cadáveres, romerías buscando refugio, incendios, saqueos y reyezuelos usurpando las desaparecidas instituciones. La civilización ha probado su fragilidad. La locura agazapada en rutinas y convenciones sale a flote.

El panorama de nuestro mundo, con sus notables diferencias, evidentemente no está del todo desconectado del de La danza de la muerte.

Aunque no podríamos afirmar que a estas alturas el coronavirus haya demolido la civilización humana (en medio del baile de cifras, su tasa de mortalidad se registra en 12 %, y podemos presumir, además, de haber visto a gente cantar desde balcones), vaya que sí la ha hecho tambalear, desencadenando fenómenos como las compras nerviosas, saqueos y conatos de rebelión en el sur de Italia, colapsos hospitalarios y cadáveres amontonados en las calles

Ciertamente, ha danzado la muerte en estos meses, con floreo y zapateo.

Otra cuestión es el manejo político que en la novela se da al virus.

La respuesta del Gobierno en La danza de la muerte a la eclosión del virus es militarizar todo el país, decretando cuarentenas y aislando poblaciones enteras con impenetrables cercos policiales, además de otras medidas que tienen menos que ver con la contención del virus, o el caos social, que con el encubrimiento de su propia responsabilidad.

La respuesta del Gobierno en «La danza de la muerte» a la eclosión del virus es militarizar todo el país, decretando cuarentenas y aislando poblaciones enteras con impenetrables cercos policiales.

En lo que a nuestro propio «trotamundos» se refiere, sin duda desde el principio ha sido un asunto geopolítico por el protagonismo de las superpotencias en la búsqueda de la ansiada vacuna, como por las mutuas acusaciones entre los Gobiernos de China y Estados Unidos por el manejo de la pandemia, que van desde la negligencia, hasta alegados intentos de cubrir sus huellas en la represión de tempranas alertas sobre el virus, por no profundizar en la infinidad de teorías que fabulan el coronavirus como un arma biológica escapada de (o accionada desde) un laboratorio. Sobra decir que en este punto comparamos una ficción con otra. 

Pandemia, distopías y la centralidad del poder: Nosotros

Llegamos a uno de los puntos más sobresalientes de la narrativa distópica y de los periodos de pandemia, que es el poder; su inusitada centralidad.

En el libro Vigilar y Castigar (1975), y en el marco de su estudio de la biopolítica o biopoder, Michel Foucault analiza un escenario de peste como propicio para la introducción del panoptismo.

El panóptico, ese modelo arquitectónico ideado por Jeremy Bentham, describe en principio una construcción carcelaria de forma circular en cuyo centro se erige una torre de vigilancia, desde la cual un solo guardián puede observar a todos los reclusos alojados en las celdas, pero estos no tienen forma de comprobar si son vigilados, como tampoco pueden comunicarse entre sí. La efectividad del panóptico no solo reside en individualizar, fijar, observar de forma constante el reo, sino transmitirle la sensación de ser constantemente observado.

Aunque aplicado a prisiones, hospitales o escuelas, el panoptismo pasó de modelo arquitectónico a metáfora de la sociedad «perfecta», entendiendo por tal la mejor controlada. Peste y poder embonan como argamasa y ladrillo, y Foucault se sirve del contexto de la peste para analizar esta dinámica, ya que:

[…] La ciudad apestada, toda ella atravesada de jerarquía, de vigilancia, de inspección, de escritura, la ciudad inmovilizada en el funcionamiento de un poder extensivo que se ejerce de manera distinta sobre todos los cuerpos individuales, es la utopía de la ciudad perfectamente gobernada. La peste (al menos la que se mantiene en estado de previsión), es la prueba en el curso de la cual se puede definir idealmente el ejercicio del poder disciplinario. […] para ver funcionar las disciplinas perfectas, los gobernantes soñaban con el estado de peste.

Este «ideal» del «perfecto escrutinio» se ha impuesto en la pandemia actual, y Evgueni Zamiatin lo plasma en la novela Nosotros (1924) con la transparencia de los muros del «Estado único». La novela del autor soviético dibuja una sociedad futurista que recibe ese nombre, «Estado único»; y aunque lo anterior suene a confusión conceptual digna del regaño de un teórico social, no lo es en absoluto, pues, en efecto, aquí el Estado es la sociedad y la sociedad es el Estado.

Además de reemplazar la fantasía por la racionalidad matemática, de usurpar la identidad personal con un número, el «Bienhechor», líder supremo y único depositario de lealtad, dispensa seguridad y bienestar sacrificando la privacidad y la libertad.

La gran ciudad del Estado único brilla con la limpidez del cristal y el acero, y no hay pared o techo que no sean transparentes. Las calles reticulares y las paredes de cristal dejan expuesta la vida de los «Números» que habitan el Estado único, por lo que hasta aspectos como la sexualidad también están rigurosamente regulados. Por tanto, nada queda sustraído a la inspección del «Bienhechor» y de sus gendarmes, que reciben aquí el cuestionable nombre de «Protectores».

Quizá nuestros «protectores» no sean tan diligentes como los del Estado único, pero se acercan. Sin duda, el covid-19 es una amenaza real. En 8 meses que lleva de ser declarado pandemia, el virus ha causado inmensa zozobra, con cifras de contagio que pierden vigencia a un ritmo demencial (41,1 millones, según el último registro), más de 1 millón de muertos en todo el mundo hasta la fecha, con casos asintomáticos que pueden llegar a 45 %, y el mayor riesgo que entraña para personas con enfermedades de base.

Quizá nuestros «protectores» no sean tan diligentes como los del Estado único, pero se acercan. Sin duda, el covid-19 es una amenaza real.

Las anteriores son razones de peso para que la mayoría de Gobiernos del mundo optasen por intervenir la vida social y económica, suspendiendo toda actividad social masiva mediante la declaratoria de cuarentenas, toques de queda y otros regímenes de excepción, obligando así a las personas a permanecer en sus casas a la espera de una vacuna o una cura. La vivienda, entonces, pasa a hacer las veces de celda de reclusión.

Entonces, por un lado, la urgencia de contener la expansión del virus; por otro, la vida social que pulsa obstinada. Una ecuación que las autoridades estatales han resuelto aumentando el volumen del Estado en dos direcciones: el Estado providencia, que se asume responsable de suplir las necesidades vitales del ciudadano durante su confinamiento; y el Estado vigilante, que lo monitorea, disciplina y castiga por no respetarlo.

La pandemia ha redefinido los ritmos de la vida, de la higiene, del afecto, la estética del vestir, y sobre todo las formas de conducirse en el espacio público.

Pero bien sabemos que la sociedad nunca ha sido la página en blanco deseada por el Estado. Y es que otro aspecto relevante de Nosotros es la oposición entre el Estado único (epítome de orden y fría racionalidad instrumental) y la selva más allá del «Muro Verde», en la que aún palpita la libertad «salvaje», el caos, la fantasía (equiparada a una peste a erradicar por el Estado único), y por esto mismo es foco de la resistencia a la tiranía del «Bienhechor».

Pan noticioso de cada día: agentes de policía haciendo de «aguafiestas» en rumbas, cumpleaños, incluso encuentros sociales con fines sexuales; actividades todas desplazadas a la clandestinidad. Como si de la materialización de una «Doctrina de Seguridad Nacional Sanitaria» se tratase, los organismos de seguridad del Estado han sido reorientados a sancionar las transgresiones a la «nueva normalidad», y medidas como el pico y cédula, pico y género o hasta un ─llamémosle─ «pico y talla» hacen de la puerta de tu casa la línea entre una persona y una cifra.

Ahora bien, es cierto que la clausura del mundo exterior nos ha empujado a la virtualidad. Sin embargo, y no bastándose con lo anterior, las alcaldías se han servido de apps móviles o formularios virtuales para respaldar los cercos epidemiológicos, y cuya efectividad no escatima permear la esfera privada. Proteger y husmear; fisgonear y cuidar. ¿Qué es eso que brilla? Es el lente del panóptico, y los destellos del cristal del Estado único.

Némesis o el virus como tragedia

No quisiera dejar por fuera ─entre las muchas obras literarias con un plaga como marco narrativo─ a Némesis (2010) de Philip Roth, aun cuando no es una distopía en pleno sentido, y su telón de fondo es histórico, no futurista ni contrafactual.

Antes de seguir, debo advertir al lector que este apartado contiene spoilers, por cuanto me veo en la necesidad de entrar en puntos cruciales de la narración para desarrollar esta reflexión. Así que, advertidos.

Tomo esta novela por su magnífica reflexión sobre el desafío que representa una pandemia (o en este caso, una epidemia) a la espiritualidad del ser humano. Si está visto que pone al Estado a pasearse por las calles a la vez con bata blanca y porra, esta crisis sanitaria también es tablado de la angustia humana, de la incertidumbre y la desesperanza.

Estamos en Newark, por los años 40 del siglo XX. ¿Qué hubo en Newark antes de la poliomielitis? La piedad y la determinación de Eugene «Bucky» Cantor, un joven judío que debió sobreponerse desde muy temprano a la adversidad, al antisemitismo y los vacíos dejados por la muerte de su madre y la ausencia de su padre.

Con Bucky logramos empatizar de inmediato; por su pasado, y por su férreo sentido de la disciplina y del deber, valores que lo instalan en el mundo del significado, ese que nosotros, lectores, habitamos. Retengamos esto.

Tal vocación con el deber la realiza como profesor de educación física en un centro de verano del barrio judío de Weequahic, Newark (al no poder enlistarse para la guerra por su deficiencia visual). Un trabajo que para Bucky significa mucho más que entrenamiento atlético con los niños de la comunidad: es responsabilidad, liderazgo y protección, más cuando la polio empieza a aterrorizar la ciudad.

La polio altera la vida social de Weequahic, pero sobre todo marca una encrucijada en la de Bucky, quien no solo es maestro y líder comunitario, sino novio, amante y prometido de Marcia Steinberg, una joven acomodada. Esto le llena de esperanzas, y de miedo.

De manera que justo en el momento que más convoca el liderazgo y la templanza de Bucky, este termina cediendo a los sentimientos personales y decide retirarse a vivir su idilio amoroso con Marcia en el campamento de Indian Hill, un remanso donde no se respira la menor partícula de virus y de guerra.

Pero la burbuja no tarda en reventarse. La realidad no puede ser más desoladora. No lleva mucho tiempo en el campamento cuando empiezan los brotes de polio, y de inmediato se descubre culpable: es portador asintomático del virus. Quien más ayudó a los suyos a resistir la peste es, a su pesar, su principal aliado, y en Weequahic la polio ha dado buena cuenta de los niños, dejando a su paso una gran estela de muertos, paralíticos o deformes de por vida. También Bucky sucumbe, a la enfermedad y a la culpa, y tras un largo tratamiento, toda su vitalidad muscular queda reducida a una triste renquera.

Antes de seguir midiendo la caída de Bucky Cantor, atrevámonos a mirar de cerca nuestro mundo, nuestra época, nuestra pandemia y nuestro espíritu bajo esta aciaga luz.

¿Cuántas veces, en lo que va de la pandemia, ha visto usted, lector/a, zozobrar proyectos de vida en el miedo y la desesperanza? ¿Cuántas vidas llenas de sueños e ilusiones conoce que se hayan hundido en un estertor convulsivo? ¿Cuántas veces la actual pandemia le puso en perspectiva su vida, su futuro, sus convicciones y valores? ¿Y cuántas veces la presencia invisible del virus le hizo sentirse, de alguna manera, responsable de su prójimo? Puede que tantas o más que yo. «Covid-19» no es nombre reductible a un colapso económico o a un caos político y sanitario. Ha sido en gran medida el nombre para una calamidad social y espiritual, imprevista, traicionera, en muchos casos fatal.

«Covid-19» no es nombre reductible a un colapso económico o a un caos político y sanitario. Ha sido en gran medida el nombre para una calamidad social y espiritual, imprevista, traicionera, en muchos casos fatal.

Con frecuencia se ha afirmado que, pese a todos los problemas que ocasiona, la pandemia también rescata nuestra solidaridad y humanidad. Sin desconocer esa posibilidad (que más que posibilidad es un hecho constatable en las donaciones de mercados e insumos para atender la emergencia), lo cierto es que el virus tiende a desintegrar el cuerpo social; es lo primero que infecta

Asambleas cívicas, actividades culturales, muestras físicas de afecto, etc., proyectos compartidos que, como el centro de verano de Weequahic, fueron  desde los primeros meses cercenados por el virus, o más exactamente por el miedo al virus, centrando la atención en lo inmediato, en la supervivencia.

Por otra parte, si esto hace afuera, otro tanto hace la pandemia adentro, en nuestra visión del mundo. La irrupción en nuestras vidas de un patógeno como el coronavirus a menudo llega a leerse como el asalto del azar a la esfera del orden, o bien una manifestación nueva y terrible de este orden. Así lo viven quienes encajan el covid-19 a sus visiones escatológicas del cosmos (de la deidad castigadora, del «diluvio purificador»), y así lo vive Bucky Cantor ─hombre piadoso, recordemos─, quien se debate entre la autoinculpación y el reproche a la «crueldad de Dios»:

—Mira, tu Dios no es de mi agrado, así que no lo saques a relucir. Es demasiado miserable para mi gusto. Pasa demasiado tiempo matando niños.
(…) —Dios mató a mi madre cuando estaba dando a luz. Dios me dio un ladrón por padre. Cuando era veinteañero, Dios me dio la polio, que contagié a mi vez a una docena de niños, probablemente más, incluida la hermana de Marcia, incluido usted, con toda seguridad.

Esas son las palabras que Bucky Cantor le espeta a Arnold Mesnikoff, su antiguo alumno y narrador de la novela.

El carácter central de la polio en el desengaño de Bucky es notorio. Lo que más sacude el virus de la polio, entonces, es el conjunto de símbolos que dan estabilidad a lo humano. Desde la perspectiva de quien vive en el mundo del significado, la pandemia es una herida que penetra en los pulmones, pero sangra en el espíritu.

La angustia de Bucky Cantor no nos deja indiferentes en esta pandemia. Quizá como él, muchos nos hemos hundido abrumados por la incertidumbre, bajo el peso del silencio de Dios, que tiene la singular paradoja de acentuarse más en el bullicio del mundo, la guerra y la enfermedad. Este silencio no es otra cosa que la urgencia de integrar el virus al entramado de nuestros significados.

¿Profecías cumplidas? ¿Escatologías en curso? ¿O acaso un conjunto de espejos, como el de Stendhal, ubicados al pie de un camino circular?

Lo cierto es que la pandemia ha arrojado un baño de actualidad sobre la literatura distópica y, por extensión, a la literatura sobre plagas. Obras que, como hemos visto, desde sus lejanías temporales nos vuelven a hablar en serio, recordándonos que la literatura es menos anécdota que testimonio. ¿Testimonio de qué? De un drama eterno, de esa pugna que no nos abandona, entre humanidad y naturaleza, libertad y poder, orden y caos, significado y absurdo.


Imagen de cabecera: tomada de Elliot Alderson en Pixabay.