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Ángeles

Se dio cuenta de que este era un mundo de machos cobardes y que con la única persona que podría contar siempre en su vida sería ella, nadie más.  

Alexandra Becerra

Cuento de violencia contra la mujer
Tomada de Pixabay

Ángeles ya no lo soportaba más. Salió de su casa un sábado pasadas las nueve de la mañana después de una golpiza que le propinó su padre borracho. La nariz le sangraba aún y también la boca, aunque en menor medida. Recorrió tres cuadras largas desde su casa hasta la estación de policía, habló con tres agentes y esperó por más de dos horas que alguno de ellos la tomará en serio al igual que a su denuncia, pero no sucedió. 

Pasadas las doce del mediodía, se marchó enojada de la estación, con hambre, sin un peso, la nariz y boca rotas, el vestido deshilachado y la mayor frustración del mundo al ver que ninguno de los malditos duendes de verde hizo nada para ayudarla a consolar su dolor. Se dio cuenta de que este era un mundo de machos cobardes y que con la única persona que podría contar siempre en su vida sería ella, nadie más.  

Regresó sobre las mismas tres calles, se sentó en el andén de su casa y esperó que la noche cayera. Allí durmió con sueño liviano hasta pasadas las seis. Cuando despertó, las tripas le rugían, la sangre se había secado en su cara y los niños del barrio la miraban con estupor. Se levantó difícilmente y se metió a casa por una ventana que permanecía cerrada, pero sin seguro, se dirigió a la cocina, tomó el cuchillo más afilado, aquel que su madre usaba para tajar la carne que preparaba en las reuniones familiares y se fue al cuarto de su padre; este roncaba con displicencia.

Ángeles alzó el cuchillo, oró en silencio y cortó el cuello de su padre de la misma forma que cortaba el de las gallinas en el patio cada vez que preparaba el sancocho. El cuerpo degollado  reaccionó de inmediato, el de Ángeles también, clavando por segunda vez el cuchillo en la entrepierna. El hombre cayó al lado de la cama lanzando un grito mudo. 

Ángeles alzó el cuchillo, oró en silencio y cortó el cuello de su padre de la misma forma que cortaba el de las gallinas en el patio cada vez que preparaba el sancocho.

Ángeles se dirigió al baño cuchillo en mano y tomó una ducha. Lloró en silencio bajo el agua del grifo y en voz baja le dijo a su madre, donde sea que estuviese: «Ya se acabó la pesadilla». 

No se preocupó por esconder el cadáver ni limpiar la sangre; nadie lo encontraría hasta el siguiente día. Guardó el cuchillo en una bolsa plástica y lo metió en la  maleta que dejó hecha encima de la mesa, preparó sopa de pasta y se fue a dormir, no sin antes orarle al cristo crucificado que colgaba en la sala. Esa noche soñó que su madre le daba las gracias y la bendecía por aquella hazaña. 

A la mañana siguiente desayunó cereal sin leche. Entró al cuarto del muerto y lo vio desangrado, se dirigió al baño y vomitó el desayuno, regresó al cuarto y en voz alta le dijo al cadáver: «Hasta aquí te llegó lo macho». Desempacó la maleta que había hecho la noche anterior, dejó el cuchillo bajo el colchón y entre gritos desesperados, lágrimas, ropa deshilachada, moretones y desconsuelo corrió las mismas tres cuadras que el día anterior y le dijo al policía de turno: «Han matado a su teniente».

Procesando…
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Magalico

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