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Andrés Caicedo, una carta para vos con una de tus cartas

Jorge Medina

Andrés Caicedo. Archivo de Eduardo Carvajal. Tomada de El País.

Hace 44 años te mataste. Hoy tendrías 69 años y un tapabocas, y un sinnúmero de historias sobre angelitos empantanados en la amargura festiva de este confinamiento con cara de cura y amenaza. En 2020 llegó a su término una más de las ideas de tus amigos: la publicación de tus cartas, a cargo de Luis Ospina y Sandro Romero Rey.

Sospecho que esta invasión de tu privacidad no te aqueja, porque tus amigos confiesan que muchas de tus cartas las escribiste a «máquina [con] copias en papel carbón, guardándolas en dos gruesos fólders: “De mí para el cine” y “De mí para mis amigos”». Acaso ese aprecio por la escritura epistolar y ese recelo por guardarlas era la nostalgia de tu propia muerte. Todos sabemos que, si bien querías irte, no deseabas privarnos de tu huella artística y personal. Aquí estamos conociéndote todavía.

Hoy recordé, especialmente, una de tus cartas. Te cuento, porque sospecho que no todo puedes conocerlo en tu materialidad de angelito enfantasmado, que Luis Ospina, tu amigo, murió el 27 de septiembre de 2019 y no vio publicada tu correspondencia. El libro se titula Andrés Caicedo: correspondencia (nada del otro mundo), y está dividido en dos tomos. El primero abarca tus cartas fechadas en los años 1970-1973, y el segundo, las fechadas en 1974-1977.

La carta que recordé es la que escribiste para tu padre, Carlos Alberto Caicedo, el 18 de enero de 1971, desde Cúcuta, cuando andabas de volado. Esta carta es una suerte de manifiesto en la que confiesas tu afinidad política y que huyes de la casa; además, dejas abierta la puerta para un diálogo con tu padre.   

En esa carta dices:

1971 ha sido para mí un año diferente. Si yo un 30 de diciembre decidí partir hacia un viaje largo, difícil, era porque mi situación emocional en Cali no estaba estabilizada en lo más mínimo, lo cual producía un estado de angustia permanente, la angustia del burgués, ese sentimiento, ese cucarrón que se le mete a uno entre el esternón y que no puede sacárselo en todo el día por más que trate.

Ese año para vos fue diferente, no sé si más o menos de lo que ha sido para nosotros el año pasado y este que empieza, y como quiero entrar en censurables comparaciones, quizá tu año y el nuestro guardan la misma potencia transformadora en nuestros mundos interiores. Por lo menos pudiste irte de viaje sin retenes termométricos o asintomáticas angustias para dar paso, también, a tu viaje interior. Nuestros viajes han sido, forzosamente, interiores, sin cambios de aires; en ocasiones, paseos digitales sin más vitalidad que el parpadeo incesante. En ese viaje dices haber «decidido cosas». Sentiste hambre, perdiste la vergüenza de «tener que pedir para comer». Comiste sobrados, con alegría, «y he aprendido que las personas que más ayudan, y las que obtienen alegría al hacerlo, son aquellas que alguna vez estuvieron pidiendo ayuda».

Todo ese proceso lo he tenido que afrontar yo. Y de ese proceso me han quedado complejos, frustraciones, temores, señales que no se borran del todo. El burgués tiene que afrontar entonces una lucha por la existencia, mientras que el proletario, el obrero, se ocupa únicamente de sobrevivir. Es por eso que el proletario no sufre de esas limitaciones. Para él el problema es más sencillo, aunque más agudo. Para él no existe la «soledad», la «angustia», el «tedio». A él solo le importa comer, sobrevivir. El joven burgués, que ya tiene asegurado el pan, tiene que hacerse a otra serie de problemas no gratuitos ni inútiles, pero decadentes […]

Eran los setenta. Hablar del proletariado y la burguesía ahora implica sus correspondientes claridades históricas, pero no nos pongamos densos, que aquí hablamos, en síntesis, de quienes poseen y de los desposeídos. Andrés, ha sido bastante dolorosa la lucha por sobrevivir de los desposeídos en este último año. Esas banderas rojas que viste en las ventanas no eran las del América. Habrás aventado portazos celestiales y putazos infernales creyendo que tu Deportivo Cali estaba perdiendo algún campeonato. La verdad, era mucho más lo que se perdía: eran las banderas del hambre, de la injusticia, de la profunda desigualdad. ¡Eso, lanzá putazos!

No quiero molestarte tanto porque nada bueno resulta de hacer llorar a un muerto. Hoy recordé esa carta y la busqué para hablarte de ella y un poco de nosotros. Me dirán que no tiene sentido hablarle a una persona de las cartas que ha escrito, pero quien ha escrito una carta sabrá que olvidamos lo que en ellas decimos, aunque hayamos prometido no hacerlo. El tiempo a todos ya nos tiene muertos; simplemente, algunos disfrutamos de esta muerte ya anunciada, otros no tanto. Allí estás vos a los 19 años diciéndole a tu padre que te declarás marxista, redactando la primera carta que escribes para tu padre «cuando ya me siento un hombre».

En esa carta finalizas diciendo que todo hombre «debe fijar muy bien no tanto sus amigos, sino sus enemigos» y que conservas la aspiración de que tu obra «pueda ayudar en algo» para lograr ese cambio que anhelabas, ese ajuste de la dignidad ante las injusticias y las desigualdades. Bastante hemos tenido con tus cuentos, por ejemplo, manoseados púdica, púbica y públicamente, y de ese manoseo han surgido reflexiones y camisetas. Aquí todo tiene su calibre. Ahora, gracias a la nostalgia de tus amigos y a la tuya (en esa forma de la nostalgia por los finales del futuro), tenemos tus ideas a la manera en la que la carta sabe darlas: abriéndonos las ventanas para asomarnos en los cuartos que compartiste con otra gente.

Santiago de Cali, 4 de marzo de 2021.

Posdata: ahora me doy cuenta de que sí pudiste enterarte de la muerte de tu amigo Luis Ospina; todo depende de cómo se distribuyen las almas en esos espacios que desconocemos los vivos.

Quiero decirte, además, que algunos de mis amigos y compañeros de aventuras editoriales tienen mensajes para vos. ¡Aquí te van!

«Andrés, te fuiste sin decir dónde quedaron tus cosas. No sé quién se llevó tus gafas ni los tenis. Sé que tus libros fueron a dar a una biblioteca en Bogotá, pero los separadores alguien se los llevó. Las botellas de cerveza que te tomaste hoy serán otras, recicladas; lo mismo los papeles arrugados que no decidiste publicar. La cámara, un amigo me dijo que la tenía, yo no le creo; lo mismo pasa con el profesor de la universidad que habla de Dante y jura que te conoció en una traba: sé que vos no fumaste bareta ni cruzaste palabra con él, pero ellos dicen que te conocieron. El plástico que contenía las pastillas seguro lo recogió la empleada del edificio, y los libros –tus obras– que dejé en la tumba seguro la lluvia ya los pudrió. Pero en esta ciudad todos dicen que te conocen, que te vieron pasar por el norte, derechito hacia el sur, que compartieron una fumada o unos pepazos con vos: a nadie le creo. Ya, para bien o para mal, la única forma de encontrarte es en esas historias que nos legaste a los pocos buenos amigos, los que aún te leemos como si nos contaras las cosas a los oídos estallados de tanto ruido, tanta rumba».

«No creo que sean muchos los que te reconocemos por ese nombre, querido Andrés Caicedo. Me dicen que ya van 44 años desde que nos dejaste en este plano terrenal, y no imaginás la envidia tan enorme que me despiertas, siento que ardiste durante mucho tiempo tratando de encontrar en las letras un camino que develara tu vida, pero se hizo imposible andarlo, igual que ahora que todos quieren encontrarte y recorrer una Cali pintoresca que dejó de existir casi al mismo tiempo que tú. Estoy en la edad en la que el suicidio es una tentativa, pero busco cada vez más en tus letras la valentía que tuviste y encuentro una obra manoseada, llena de memorias de todos aquellos que presumen entenderte, dudo de tu corta y sola existencia, pero después recuerdo que la muerte nos hace amigos hasta de quienes no conocemos. Me hubiese gustado encontrarte con vida para la época en que empecé a leerte, aunque, siendo franca, lo que me ha llevado a buscarte siempre ha sido esa idea tuya de que vivir más de los 25 años es una insensatez, y así mismo el único reproche considerable que tengo sobre ti y tu obra es que jamás nos dejaste un manual sobre cómo morir y no fallar en el intento».

«Andrés, te han malinterpretado y prostituido todo lo que han querido».

«Andrés, no pudimos aguzarnos, y nos siguen velando».