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¡Hay que juzgar, aunque se ofendan!

Jorge Medina

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Un razonamiento bastante peculiar me llamó la atención. Ocurre en el «Acunamiento», un cuento de Felisberto Hernández. La historia se desenvuelve a partir de una revelación: «Todos los sabios estaban de acuerdo en que el fin del mundo se aproximaba». Su inevitable consecuencia: «Todos los países se llenaron de espanto», y el espanto provocó lo que tan bien sabe provocar: «Todos los hombres con el espíritu impreciso, no podían pensar en otra cosa que en hacerse los gustos. Y se precipitaban. Y no se preocupaban de que los póstumos placeres fueran a expensas del dolor de los demás». Hubo un país con iniciativa, dispuesto a encontrar la solución: «Construyeron seis planetitas de cemento armado incluyendo las leyes físicas que los sostuvieran en el espacio». La maravilla de Felisberto Hernández consiste en amalgamar lo posible con lo imposible, de manera que lo imposible parece revelar su posibilidad. Sin embargo, no es esta capacidad del cuentista lo que llamó mi atención, sino lo que se dice más adelante. 

Una vez construidos los seis planetitas de cemento armado, se debió resolver un problema: los habitantes de ese país no cabían en ellos. «Entonces decidieron algo atroz: debían salvarse los hombres perfectos». ¿Quiénes podían ser los jueces? ¡Vaya interrogante! A diario nos preguntamos quién es capaz de juzgar y en qué condiciones. «Todos se manifestaron capaces de esta tarea», excepto un hombre «extrañamente loco», quien, además, propuso lo siguiente: los que se propusieran para juzgar a los demás debían aceptar la condición de ser fusilados. La idea fue aceptada y se disolvieron los voluntarios. Sin embargo, no faltaron los valientes que entregaron su vida después de señalar a los que ocuparían los seis planetitas. «Gracias a los sacrificados por la justicia a ellos mismos, se juzgaron a los hombres y los perfectos ocuparon sus respectivos puestos en los planetitas de cemento armado».

Tal razonamiento me atrajo poderosamente. La respuesta al gran interrogante sobre quiénes pueden ser los jueces se resolvió así: quien acepte dar su vida podrá decidir sobre la vida de los demás. Parece un ajuste de equivalencias en los términos de la alquimia: no se puede ganar algo sin perder algo de igual proporción. Y esa fue la única condición. No importó si el juicio era correcto. No importó si verdaderamente los elegidos eran «hombres perfectos», pues no se puso en juicio la capacidad decisoria de los jueces, sino su capacidad para entregar lo que ellos quitarían: la vida. No hubo premio por juzgar, sino un castigo, pues, a la vez que resolvían un dilema, se imputaban un crimen. 

En sociedad no falta quién juzgue. A lo largo de mi vida aprendí que el juicio es una responsabilidad enorme. No se puede vivir juzgándolo todo, y tampoco se puede vivir sin juzgar. Se equivocan quienes creen que «juzgar está mal»; también se equivocan quienes se creen capaces de juzgarlo todo; aún más se equivocan quienes emiten todos sus juicios. Hay un equilibrio necesario. El equilibrio parece ser el objetivo de la vida, según podemos deducir de la vida natural. Es evidente que yo aquí estoy emitiendo juicios, y ninguno está a salvo de ser refutado. 

Juzgar es indispensable para sobrevivir. No se puede ir por allí sin ser juez de lo que hacemos, decimos y decidimos. No solo los grandes acontecimientos necesitan jueces, también los aparentemente pequeños: qué calle tomar, a quién consultar, ante quién evitar o apurar una palabra o un gesto, qué alimentos digerir, cómo actuar en determinadas situaciones. Sin juzgar estamos a la intemperie del azar y de los demás. En el juicio habita la posibilidad de vivir. No es cualquier capricho de criticones.

¡Ah, pero los hay criticones! Juzgar es inevitable y necesario, pero controlable. ¿Qué sería de nuestras vidas si los juicios que emitimos en silencio brotaran incesantemente de nuestras bocas? Es importante diferenciar los juicios necesarios de los que no lo son. Es decir, aplicar un juicio sobre el acto de juzgar: juzgar nuestros juicios, decidir cuándo callar y cuándo debemos emitir una acusación, un señalamiento o un reclamo. En terrenos como el de la dignidad humana, por ejemplo, negarse a emitir un juicio puede ser contraproducente, puesto que hay aspectos de la vida que necesitan ser defendidos contra algunos poderes. Juzgar la discriminación y el prejuicio es aportar en la defensa de los derechos humanos. Por otra parte, no todos somos capaces de juzgarlo todo, pues es responsabilidad del juez instruirse sobre aquello que desea juzgar, además de aceptar el posible yerro (aun cuando esté bien instruido) o de apartarse cuando se sabe incompetente para emitir un juicio. Juzgar no es lo mismo que emitir un juicio. Se emite cuando reaccionamos verbalmente ante el juicio que realizamos en nuestra mente. También se emite con una reacción física; por ejemplo, cuando el guarda de seguridad de un centro comercial decide vigilar a una persona negra, entre tantas otras gamas del color humano.

Existen juicios que no necesitan plantearse, y es conveniente no plantearlos, aunque en nuestra mente se elaboren, a veces, de manera automática. Aquí no cabe la hipótesis católica de que se peca por pensamiento, palabra, obra y omisión, pues la virtud no consiste en no pensar, sino en controlar lo que se piensa y decidir frente a nuestros pensamientos. Hay juicios que podrían herir, innecesariamente (porque también hay heridas necesarias, dependiendo de las relaciones de poder), y conviene no emitirlos. Conviene no juzgar la apariencia física de alguien; conviene no juzgar el acento de una persona; conviene no juzgar los colores de la ropa. 

Debo confesar que me resulta difícil identificar todo aquello que no conviene juzgar, pero en el ejercicio de pensarlo descubro que conviene no juzgar todo aquello que trascienda hacia la discriminación o el empeoramiento de la vida humana. Aquí es importante diferenciar los contextos: no es lo mismo juzgar los colores de la ropa de un desconocido que juzgar los de un amigo a quien pretendo contribuirle en la elección adecuada para una determinada ocasión. Está claro que al amigo le aporto, siempre y cuando nuestra relación así nos lo permita, mientras que, al desconocido, es bastante probable, le ocasionaré un disgusto sin necesidad. Para juzgar hay que saber juzgar el momento y el propósito. Además, hay que juzgar la manera de hacerlo: las palabras y los actos. Un buen juicio puede difuminarse al pasar del pensamiento a la boca como una sarta de insultos. En muchas ocasiones, el silencio es el resultado del mejor juicio que podemos hacer sobre nosotros mismos. No es tarea fácil, por supuesto, y no soy yo el ejemplo ideal; no lo pretendo.  

El razonamiento frente al juicio en el cuento de Felisberto Hernández me condujo a pensar en lo ya dicho, y me permitió profundizar en una idea que me ronda desde hace meses: no es posible vivir sin ofender. Hay quienes ofenden voluntariamente y hay quienes ofenden sin pretenderlo. Los primeros hieren por el placer morboso de herir y los segundos hieren para fisurar poderes dominantes. En la primera categoría conviven (si pudieran convivir) quienes no tienen más causa que la de ofender por capricho. En la segunda se encuentran las causas políticas, es decir, los choques de fuerzas en la vida pública, en la vida en sociedad. Se puede vivir sin ofender si tratamos de no emitir juicios que pretendan herir por capricho y ocio; no se puede vivir sin ofender si a lo largo de nuestras vidas debemos juzgar la conducta de quienes atacan la dignidad humana. Esta ofensa es la que causan quienes ofenden sin pretenderlo, porque ofender no es su propósito.

En la defensa de la vida humana, una ofensa no es una ofensa dirigida como tal, sino una consecuencia de la defensa de la vida. Si mi juicio contra la opresión ejercida por un grupo les ofende, no es razón para que yo deba evitar mi juicio. La ofensa es una consecuencia, pero no es la causa. De igual manera, un juicio contra mí podría ofenderme, aunque no sea ese el motivo de mi juez, y yo debo estar preparado para eso. Y debo estar preparado para ejercer un juicio sobre lo que se me juzga, refutarlo o aceptarlo (pública o privadamente, según corresponda). 

Al igual que los jueces juzgados en el cuento de Felisberto, debemos aceptar que lo que acusamos hacia afuera se nos puede acusar hacia nosotros, y que no toda ofensa es producida por el ánimo de ofender. Conozco a muchas personas que a diario se aguantan los caprichos hirientes de los demás por no ejercer contra ellos un juicio que pueda ofenderlos; no una ofensa, un juicio, es decir, una reacción que las salvaguarde del dolor, la humillación y el aprovechamiento que los otros les causan. Por creer que siempre está mal una ofensa (porque consideran que es lo mismo buscar ofender que una ofensa consecuente) se permiten las ofensas hirientes de los demás. ¡Hay que juzgar, aunque se ofendan! Esto no es lo mismo que juzgar para que se ofendan


Imagen de cabecera tomada de Pixabay.