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Enseñar a bailar frente a los monitores: una experiencia llena de primeras veces

María Isabel Arango Calderón

María Isabel Arango Calderón. Foto tomada por Cristóbal de la Cuadra.

Las primeras veces suelen ser aterradoras, y en extremo difíciles, y no precisamente porque lo sean, sino porque guardan la incertidumbre de lo que podría pasar. La primera vez que di una clase virtual fue tan aterrador como la primera vez que me paré en un escenario. Soy profesora de danza árabe (también llamada danza oriental o danza egipcia) desde hace 5 años y la cuarentena me obligó a dar mis clases a través de una plataforma virtual. Lo más aterrador era la idea de hablarle al teléfono en una habitación «vacía». Todo cambió: la voz, la ropa, la luz, el celular, y las clases se convirtieron en un constante «Profe, no le veo los pies», «profe, se congeló», «se entrecorta la canción» y un «Amáá no veas videos en YouTube que se me pone lento el internet».

Cuando estábamos frente a frente, el contacto entre los cuerpos, el tiempo, la música y hasta la forma de equivocarnos era diferente. Cuando danzamos ponemos en movimiento toda la energía, la fuerza vital, la masa de músculos y huesos que somos, todo bajo la dirección de la música, el dum (onomatopeya del sonido grave del tambor darbuka) nos marca el ritmo, a veces el ney (una flauta), un violín o un acordeón nos llevan con una melodía pegajosa y lenta, aferramos los pies descalzos a la tierra y soltamos las cargas que tenemos encima con una vibración de cadera. Empezamos a aprender esta danza por medio de los pies, tocando, moviendo, fortaleciendo. «Aquí el apoyo nos da más estabilidad, si abrimos los dedos y nos pegamos al suelo como unas chupitas vamos a entender lo que es estar parado en esta tierra», decía mientras en algunas ocasiones presionaba sus pies con mis manos, ponía canicas o algún otro material para hacerles pensar con los pies. El tacto es para mí indispensable, y este fue el primer muro con el que me topé con las clases virtuales.

¿Cómo les voy a señalar dónde debe estar el apoyo? ¿Cómo ayudaré a alinear los tobillos, cuando llevan toda una vida en otra postura? Además, dos cuerpos en un espacio generan conexión y uniformidad al moverse juntos por un determinado tiempo. En realidad, no había forma de suplir eso con una clase por Zoom. Sin embargo, encontré un recurso: sus propias manos; la forma de transmitirles algunas sensaciones pasaron a sus propias manos: «Vamos a tocar aquí», «apretamos los dedos del pie, los abrimos, masajeamos, estiramos». Me preguntaba, ¿cómo les haré sentir eso? ¿Con qué? No todas tienen la tira de tela que yo les llevaba y las canicas o las pelotas de goma. Pensé en objetos que tuvieran en casa: un lapicero, una toalla, un zapato, un asiento, un palo de escoba, un marcador, cualquier objeto alternativo podría servir, así que debía pensar y planear  las clases en función de estas alternativas.

El contacto no fue el único obstáculo. Cuando no se tiene un internet empresarial, de esos con los que se mueven las grandes plataformas, es complicado; mi internet era de 5 megas, y lo usábamos 3 personas, para ver series o chatear, pero cuando uno usa una plataforma como Zoom, la situación se complica. 

Hemos cambiado dos veces de internet. Ahora contamos con 60 megas y la situación ha mejorado; aun así, es un tema complejo. En la danza oriental usamos con frecuencia ritmos de 4 tiempos. Contamos 1, 2, 3, 4 con las palmas y todo va perfecto, pero al poner la canción: «Cuál dum, yo no escucho nada profe», y con justa razón, porque el internet a veces no tiene ganas de nada (tiene ganas de joder, como dice mi papá), y todo se para y se entrecorta. Es ahí cuando empiezo a sudar frío, me tiemblan las manos, se me agotan los recursos; ¿cómo les puedo explicar que en la primera frase haremos 6 básicos, siguiendo el dum, que en el turu-ru-rú cambiamos o el momento en el que daremos el giro? Todo esto sin mencionar que no solo debe funcionar mi internet y mi energía (porque también se me ha ido la energía en media clase), porque el internet de cada chica también cuenta; si tienen un ancho de banda muy bajo será imposible para mí verlas. En definitiva, son muchos factores los que afectan una clase virtual, y por ello muchas estudiantes siguen negándose a la virtualidad. Hay que armarse de valor y paciencia, con uno, con ellas y con el internet. Finalmente, decidí apoyarme en un recurso extra: enviarles una grabación mía bailando la secuencia, para que puedan tener una idea de los momentos en los que hay cambios musicales.

María Isabel Arango Calderón y Miriam Barragán, en el evento anual Aaja Nachle de la escuela de danzas Dulce Licho Danzas de India.

Dar clases virtuales ha sido una experiencia llena de primeras veces. Celebramos por primera vez el año pasado la bienvenida de semestre de un grupo de danza oriental a través de Zoom; cada participante bailó desde su casa, y en el show hubo asistentes de diferentes lugares de Colombia, amigos que apoyan la iniciativa. También tuve mi primer show virtual, en el que mi mamá se convirtió en mi camarógrafa de confianza; tuve que enseñarle a usar el celular, a grabarme a mí y no al piso. En el proceso reímos mucho, más de lo que en toda mi vida he reído con  ella, porque en medio de las grabaciones pasaba el señor de la fruta gritando o aparecía la perra en busca de atención o solo nos cagábamos de la risa de repente, sin pudores. 

De alguna forma el trabajo vino a la casa, y la casa estaba en el trabajo, así que era imposible mantener un ambiente serio y rígido en clase cuando veía a mi mamá en la sala (doy las clases en mi cuarto) haciendo payasadas con la música o cuando corría para  regañar a los gatos que querían matarse peleando en la sala. A veces la perra ladra para que le abra la puerta de anjeo que mantiene afuera los zancudos y así poder salir, porque parece gato, ni adentro ni afuera. En ocasiones, mis estudiantes le responden a mi papá porque se escucha su voz desde el patio. No solo cambiaron las clases, cambiamos en casa, cambió la forma de relacionarnos, física y virtualmente. En nuestras clases hemos abrazado la figura digital de la persona, imaginamos lo que hay de la cintura para abajo cuando no se logra ver en la cámara, desciframos hacia qué lado debe darse el giro y entendemos que el tiempo de la coreografía está bien aunque la música se escuche a un tiempo distinto. 

Hoy puedo decir, con seguridad, que dotamos a las pantallas inertes de vida humana, las llenamos de risas, de preocupaciones y soluciones, de alegría, a veces de tristezas, de música y metas por cumplir, no dejamos de movernos aun cuando todo apuntaba a que dejáramos de hacerlo. Nos cambió la vida, sí, nos dimos cuenta que la carga laboral y la doméstica pesan mucho más si están juntas, pero, como dijo una profe un día, la danza es movimiento, y el movimiento es la vida misma. Por eso morimos cuando dejamos de movernos. Y nosotras no dejaremos de movernos nunca, aunque tuviéramos que volver a empezar por un camino lleno de primeras veces.