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Fahrenheit 451,
el libro y el «otro fuego»

La novela de Ray Bradbury recoge el frenesí pirómano de los autoritarismos del siglo XX, pero también los efectos de la revolución tecnológica y la cultura de masas en el libro, que aún hoy se sienten.

Ricardo A. Bolaños

Fahrenheit 451

Fahrenheit 451 no fue, ni de lejos, el primer «libro sobre libros» que leí en mi vida; ese lugar lo ocupa (hasta donde alcanzo a recordar) Don Quijote de la Mancha. Pero sin duda fue de las primeras novelas que me hicieron consciente de la trascendencia histórica del libro; de su poder y, sobre todo, de su contrapoder.

Ese volumen en rústica o tapa dura, que hasta entonces era un pasatiempo de horas muertas, de pronto adquirió en mis manos el grave peso de siglos de pensamiento.

Hubo un tiempo en que no podía digerir (y aún hoy, por momentos, me cuesta) que existiera una mente con el suficiente desquicio para creer que las ideas se pueden quemar. Sin embargo, la locura también ha hecho historia, y bien sabemos que levantó grandes columnas de humo y ceniza allí donde el fanatismo se hizo poder.

Por muchos años, Fahrenheit 451 fraguó esa pesadilla naranja en mi retina, la de las pilas de libros siendo pasto del queroseno y las llamas, y llegué a convencerme de que no podía haber peor destino para la cultura que la paranoia de una dictadura o de cualquier fundamentalismo. Pero, ¿es todo cuanto los libros pueden temer?

La locura también ha hecho historia, y bien sabemos que levantó grandes columnas de humo.

Confieso, como venía diciendo, que por mucho tiempo no aparté mi atención de las llamas, de la impasible eficiencia con que los «bomberos» –y sus correlatos reales– reducen a un Shakespeare o un Lao Tzu a chamusquina humeante. Y es tal el desastre ocasionado, que a menudo pasé por alto la otra llama: la de la modernidad y sus afanes.

La novela de Ray Bradbury recoge el frenesí pirómano de los autoritarismos del siglo XX, pero también los efectos de la revolución tecnológica y la cultura de masas en el libro, que aún hoy se sienten; que hoy se agudizan. La de la era contemporánea es sensibilidad de videoclip, de imagen en movimiento, de acceso instantáneo a redes sociales y entretenimiento en línea sin límites.

Utilitarismo, inmediatez y hedonismo, esas son las notas dominantes en esta etapa crepuscular de la cultura, que tiene entre sus más insignes cronistas a Steiner, Vargas Llosa y Gómez Dávila.

Y a la hora de sopesar ambos fuegos, ¿cuál de los dos es más destructivo?

Sin duda, para ningún doliente de la cultura es agradable ver a un libro retorcerse en la candela; de hecho, para ningún amante de la libertad. Con todo, este empeño de las dictaduras por destruir el conocimiento está destinado al fracaso, entre otras razones porque no consigue más que alimentar el deseo o el amor por aquello que se pretende destruir. El fenómeno de la Exilliteratur de la Alemania Nazi, los Samizdat de la URSS, y otro tipo de literatura subterránea cuya sola posesión podía significar la muerte, son apenas algunos ejemplos de que la cultura, por sí sola, puede atraer como una causa por la cual luchar y morir (a lo mejor esa idea embargó a la anciana de la novela cuando murió abrasada junto a sus libros); además de ser una trinchera para librarla.

Por otro lado, está el efecto corrosivo de la sociedad del espectáculo en el libro. Aunque quizá más llamativa, la labor de los bomberos pirómanos en Fahrenheit 451 se ocupa apenas de una ínfima parte de la población. Entretanto, las abrumadoras mayorías del siglo XXIV viven perdidas en la «felicidad».

Sí, la «felicidad» de coloridas «pantallas murales» en el seno del hogar; de pirotecnia y concursos de televisión.

La «felicidad» de la información comprimida y en cápsula; ligera, sin matices ni «molestos» dilemas.

La «felicidad» de una multitud embriagada de imagen y ruido. Embriagada de sus propias mentiras.

En este contexto, según Bradbury, los más altos logros literarios no se difunden sino a costa de sí mismos, en forma de vulgarización ultrarresumida.

¿Cómo salvar los libros, el amor por ellos, de una llama que no espanta, sino seduce y hechiza, como la de la modernidad?

He sentido crepitar mi libro en la procrastinación de una tarde en Facebook; lo he sentido humear, arder, en una conversación de WhatsApp demasiado amañadora. ¿Para qué contar las veces que mi lectura languideció en el transporte, o en una banca, derrotada por el perifoneo del vendedor ambulante, por una canción de mi reproductor o una secuencia casi infinita de memes? Guy Montag resistió al anuncio de la pasta de dientes que taladraba su mente, mientras intentaba atrapar más de dos palabras de su Biblia. Para nosotros, la pelea aún no termina.

¿Cómo salvar los libros, el amor por ellos, de una llama que no espanta, sino seduce y hechiza, como la de la modernidad?

Lo cierto es que, si hay ocasión para la congoja, también hay, como siempre, lugar para la oportunidad. De la misma forma que la web es terreno de lo banal o lo efímero, también da cabida a nuevas formas de expandir la cultura libresca tradicional, en la que el libro como dispositivo sufre, eso sí, una necesaria transformación. Los podcasts, los canales de YouTube y hasta los manidos PDF emergen, no como un substituto del libro, tampoco como absoluta garantía, sino alternativa para extender su alcance. Sin definirme simplemente pesimista u optimista, ante este panorama solo atino a reconocerme como un romántico del libro impreso, al que no le queda más opción que avanzar con tiento en las posibilidades que la actual cultura de masas ofrece.

En esa llama que seduce y hechiza, el libro tiene una nueva chance de hechizar.

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Imagen de cabecera tomada de HG-Fotografie en Pixabay 


Ricardo Bolaños

Licenciado en Literatura egresado de la Universidad del Valle. Escribe crónicas, reportajes, artículos de opinión, ensayos, cuentos fantásticos y de ciencia ficción, y disfruta particularmente del pastiche y la parodia.