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Una página en blanco
en medio del paro nacional

La furia empezó el 28 de abril. Ese día asistí a una marcha multitudinaria sin saber que el paro en Colombia se iba a prolongar más de un mes. Fui sin saber que mi casa iba a estar a pocos metros de un punto de «resistencia» de la ciudad y sin saber, también, que la ciudad donde viví casi toda mi vida sería el epicentro de la represión brutal por parte de la policía.

Juan José Mondragón

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Fotografía tomada por Franco Pues.

La furia empezó el 28 de abril. Ese día asistí a una marcha multitudinaria sin saber que el paro en Colombia se iba a prolongar más de un mes. Fui sin saber que mi casa iba a estar a pocos metros de un punto de «resistencia» de la ciudad y sin saber, también, que la ciudad donde viví casi toda mi vida sería el epicentro de la represión brutal por parte de la policía.

En la mañana del 29 me senté a escribir en mi computador. Inicié con frases heroicas, de esas que anteceden o cierran movimientos populares: «El pueblo colombiano ha salido a las calles a expresar su rechazo a la reforma tributaria y las políticas neoliberales del Gobierno». Y ahí se quedó el asunto. Afuera había un bloqueo sobre la avenida, pero adentro nacía otro: yo no podía escribir nada más que esa grandilocuente frase. 

El tiempo, que nunca se detiene, empezó a correr más lento. Ya no había ruido de motores y de llantas, ahora era la bulla de las arengas que se estrellaba contra la ventana. El día empezaba con: «¡Que lo vengan a ver, esto no es un Gobierno, son los paracos en el poder!», y terminaba en la madrugada con: «A parar para avanzar: ¡viva el paro nacional!». A veces salía y observaba cómo una comunidad intentaba unirse en medio de los escombros de una estación de buses. Hubo ollas comunitarias y actos culturales en los que participé, pero cuando llegaba a mi casa a sentarme a escribir no me salía ni una palabra. Borré esa primera frase que escribí el 29 de abril y la hoja volvió a quedarse en blanco. 

Hubo días más difíciles que otros. Una tarde estaba leyendo y afuera había un coro de tambores entonando arengas. Paré la lectura un segundo y escuché una melodía improvisada de trompeta, entonces pensé: «Ya armaron orquesta, voy a bajar», y cuando me paré de la cama sonó el estallido de una aturdidora. Era el Esmad (Escuadrón Móvil Antidisturbios) que entraba con toda la brutalidad que le es propia. Tiraron gases lacrimógenos en medio de casas. Rompieron las barricadas del bloqueo. Persiguieron a los muchachos varias cuadras arriba. Yo trataba de cerrar las ventanas para que no entrara el lacrimógeno, pero era imposible que no se escurriera entre las grietas. Me senté en el escritorio con un pañuelo mojado de bicarbonato sobre la cara, dispuesto a expulsar palabras en medio de la violencia. 

Paré la lectura un segundo y escuché una melodía improvisada de trompeta, entonces pensé: «Ya armaron orquesta, voy a bajar», y cuando me paré de la cama sonó el estallido de una aturdidora.

No me sirvió de nada. Mientras respiraba agitado veía otra vez la hoja en blanco, y esta parecía más grande que yo. Lo cierto es que la hoja me miraba a mí, retándome, como diciendo: «No tenés nada para decir. Afuera la gente se muere y no tenés nada para decir. El país está cambiando, o quiere cambiar, y vos no tenés nada para decir. Te la has pasado en la calle, gritando consignas, discutiendo con amigos el rumbo de las cosas, viendo desde lejos como el horizonte se llena de valentía y no tenés nada para decir». 

Con los días se fueron apilando los muertos y los desaparecidos. Salir a la calle era entrar en una trinchera. Me despertaba la hélice del helicóptero o el estallido de una explosión lejana. Al salir a comprar víveres ya no estaban las ramas de árboles caídos bloqueando la vía: ahora eran piezas de acero soldadas a rejas improvisadas. Había ladrillos sosteniendo cambuches para los paramédicos y los muchachos de la primera línea. 

Con los días se fueron apilando los muertos y los desaparecidos. Salir a la calle era entrar en una trinchera.

Muchas veces quise acercarme a esos seres que escondían el rostro bajo la capucha. Al verles los ojos podía sentir su abismo de dolor y ansiedad. En las pupilas se les notaba que no han tenido nada en la vida, solo desarraigo e inconformismo. Entendí que era incorrecto llamarlos héroes o mártires. Eran gente, muy del común, porque la pobreza y la falta de oportunidades en este país es común; muy del corriente, porque levantar la voz para exigir una vida digna cada día se vuelve tradición. Pensé en hablar con ellos para sacarlos de ese pozo simbólico en el que otros los habían hundido. Interrogar el pasado que les había empujado hasta hoy. Escuchar al humano que se resguarda bajo el solazo y el frío con una camiseta amarrada al rostro, recibiendo insultos y bendiciones por igual. 

Alisté la mochila, el cuaderno y los lapiceros. La página en blanco se ve gigante porque está hecha de pixeles, pensé. El papel me va a devolver la inspiración. Crucé la calle y la tarde se estaba cerrando sobre una noche serena. En una esquina había un muchacho con una camiseta de la selección de Colombia. Tenía unas gafas pesadas, industriales. Alrededor de la cabeza tenía un buzo blanco, atado con destreza. Por su pinta pensé que pertenecía a la primera línea. 

Me fui acercando, pisando los grafitis dibujados sobre la calle. Había tierra por el piso y restos de escombros. En la antigua estación de buses proyectaban una película y justo al lado había una biblioteca improvisada, donde un par de niños leían un libro grande e ilustrado. 

Me vio acercarme. Se quedó quieto, mirando a la barricada lejana por momentos. Yo ensayaba la conversación: «Mucho gusto, me llamo Juan, escribo para un proyecto editorial virtual. Quiero escribir una crónica sobre la primera línea y me gustaría hacerte una pequeña entrevista». Faltando unos pasos, él se fue alejando. Yo traté de seguirlo, pero unos compañeros lo llamaron y se fue trotando. Caminé hasta la barricada, pero con cada paso sentía que me estaba acercando a una realidad muy fatigosa. La densidad del asunto se había vuelto tan pesada que ya me parecía imposible escribir lo que sea. Mi escritura no me va a alcanzar para configurar esta materialidad tan compleja, me dije, admitiendo la derrota, no solo espiritual, sino estética. 

Mi escritura no me va a alcanzar para configurar esta materialidad tan compleja, me dije, admitiendo la derrota, no solo espiritual, sino estética. 

En los días siguientes las atrocidades se multiplicaron. En las cuatro paredes de mi casa resonaban las noticias diarias:  fosas comunes,  violaciones colectivas, detenciones arbitrarias. Adentro, mi cabeza era otra caja acústica. Mis pensamientos se estrellaban unos con otros, indigestados de información horrenda y nada esperanzadora. Afuera, el bloqueo sobre la calle era barrido por militares en la noche y reiniciado en la mañana por los manifestantes. 

Unas noches atrás, unos niños jugaban en los patios de la unidad residencial donde vivo. Estaba sentado en el escritorio, hablando por teléfono, y cuando colgué escuché el jolgorio. Un segundo después vino la detonación. Estallidos secos y rítmicos, propios de un fusil. Una señora gritó que se entraran a los edificios y una muchedumbre de gritos y zapatos despavoridos inundó el ambiente. Yo me asomé a la ventana y vi un tumulto de personas atravesar la portería del conjunto. Eran muchachos de la primera línea y transeúntes aterrados que buscaban refugio. Siguieron los disparos. Entonces, miré mi libreta sobre la mesa y sentí que la realidad se estaba desbordando, como una avalancha que se desplomaba sobre mi existencia y que el idioma ya no podía encerrar. Y pensé, ahora sí, que el lenguaje no me alcanzaría para simbolizar tanta barbarie.