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La sombra
celeste

Jorge Medina

Magazín Literario Colombiano
Ilustración de María Isabel Arango Calderón. Técnica: lápices de colores y acuarela.

El rumor de los árboles que vaivenean sobre el andén penetra en el cuarto. Es fuerte, aunque la ventana está cerrada. Afuera, los niños saltan como bichos fantásticos vestidos con la sombra celeste de la cortina. 

La mujer está recostada sobre la cama, hacia los pies. Tiene la cabeza junto a las rodillas del hombre que está sentado en el butaco. A la espalda del hombre, una mesa pequeña de madera arrugada por la humedad. Los ojos de la mujer rastrean el cielorraso mientras se acaricia las piernas desnudas, de izquierda a derecha, con los dedos mojados.

–Le hace falta el tocador.

El hombre la mira desde arriba.

Ella no ve la mirada del hombre, pero responde:

–Solo eso falta para sentirme en mi cuarto –mira hacia la calle, abre un poco las piernas separadas por la sonrisa vertical del pubis.

Los niños gritan felices.

–¡Malditos ruidosos! –dice el hombre.

 –Lo sé.

Él toma uno de los cigarrillos sobre la mesa. Lo enciende con parsimonia.

–¡Deberías dejarlo!

–Me ahogo menos –sonríe.

–Todavía no entiendo por qué empezaste –inclina la cabeza hacia atrás para verlo–. De verdad no le encuentro gracia.

–Te lo he dicho. Tengo doce años… Me aburro en casa… Prendo el cigarrillo que dejó mi primo… Descubro que me entretengo con el humo… Ya no hay aburrimiento.

–No es saludable.

–Aburrirse no es saludable. Aunque confieso que no fue exactamente así. Me ahogué, tosí, reí, tosí, reí con tos, tosí ahogado y riendo. No sabía si me acabaría ahogando con el humo, con la risa o con las lágrimas que empezaron a bajarme por montones. 

Ella ríe a carcajadas. Recoge la pierna derecha y se da una palmada en el muslo. Mira hacia la calle.

Los niños están allí todavía.

Suelta el cigarrillo en el cenicero. Arroja una bocanada espesa. Toma la cabeza de la mujer hundiendo los dedos entre su cabello salpicado de ceniza. Ella baja los párpados. Él se extiende sobre ella, primero apretando los senos, luego dando pasos con los dedos (dedando) hasta tocar el paladar de la boca abierta. El miembro se va levantando como una marioneta. Ella lo hila con la lengua desde la base a la punta, muerde con los labios la carne rosa y manchada. El butaco es viejo y cojea; él se apoya en el colchón. 

Toma la cabeza de la mujer hundiendo los dedos entre su cabello salpicado de ceniza.

–Puedo traer el mío, no cojea. 

–No es necesario –responde el hombre, reincorporándose con el cigarrillo en la boca. 

–Pero no me molesta, Rodrigo, yo puedo traerlo; en casa no hace falta. Ya te dije…

–Sé que no te molesta, Lucía, serías capaz de traerlo todo.

Lucía se sienta frente a él, estira las piernas, cruzando una sobre la otra, y se apoya con las manos extendidas detrás de su espalda. Lo mira. 

–¿Y eso a vos te molesta?

–¿Qué va a pensar tu marido?

–¡Nada, es un estúpido!

–Es muy extraño –se levanta y camina con el cigarrillo humeando entre los dedos. 

–¿Por qué lo decís?

–¿Cómo es posible que no reaccione?

–No quiere reaccionar. 

–¿Cómo? –suelta el cigarrillo en el cenicero–. ¿Por qué decís que no quiere reaccionar?

Lucía recoge sus piernas con los talones hacia el centro y deja caer sus brazos sobre ellas. 

–Debe saberlo. Lo sabe. He llegado a la conclusión de que lo permite con cierta liberación.

Rodrigo se sienta en el butaco, con el rostro confundido. La mira fijamente. Tiene una pequeña separación entre los labios, como si estuviera a punto de parir una inquietud. 

Ella continúa.

–Llevo treinta años con él. Eso es suficiente para saber lo que pasa. Sabe que estoy con alguien más. Ya no se acerca a este cuerpo intentando darle lo que no puede. Si se quejara por esto, tendría que asumir su incapacidad. Es bastante inteligente.

–¡Dijiste que es un estúpido!

–También es posible. 

El hombre se levanta y sale del cuarto con la toalla colgando del brazo. 

Ella se acuesta, lanza una mirada hacia la calle. Los pequeños van y vienen. Se gira para darles la espalda.