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«La tortura» y «La autopsia»,
de Enrique Buenaventura

«La tortura» y «La autopsia» son dos breves textos dramáticos pertenecientes a «Los papeles del infierno», obra del dramaturgo colombiano Enrique Buenaventura (1925-2003). En ambos, el poder ejercido por el Estado reprime a los personajes, obligándolos a contradecir sus creencias ―en «La autopsia», principalmente― y a llevar a cabo actos ilícitos.

Antonio José Hernández Montoya

La tortura y La autopsia, de Enrique Buenaventura
Tomada de Steve Buissinne en Pixabay.

«La tortura y »La autopsia» son dos breves textos dramáticos pertenecientes a Los papeles del infierno, obra del dramaturgo colombiano Enrique Buenaventura (1925-2003). En ambos, el poder ejercido por el Estado reprime a los personajes, obligándolos a contradecir sus creencias ―en «La autopsia», principalmente― y a llevar a cabo actos ilícitos. La justicia es manipulada; abundan las ejecuciones extraoficiales de sujetos que probablemente estén en contra del régimen. El doctor, uno de los personajes de «La autopsia», afirma lo siguiente respecto a su hijo: «Quería arreglar el mundo. El mundo no tiene arreglo. El mundo es un matadero, Ana» (Buenaventura, 1979, p. 52). El Estado lo ha convertido en un matadero.

El contexto de los textos dramáticos

Enrique Buenaventura nació en Cali el 19 de febrero de 1925, y falleció en Palmira el 31 de diciembre de 2003; Los papeles del infierno, por su parte, se publicó por primera vez en 1968. Es válido afirmar que «La tortura» y «La autopsia» sitúan sus acontecimientos entre los años 50 y 70 del siglo pasado y representan la violencia ejercida por el Estado colombiano. Al respecto, Carlos Gardeazábal Bravo afirma que «las obras de Buenaventura hacen visible la violencia objetiva por medio de tramas que involucran casos de violencia política expresados en un variado lenguaje dramático» (Gardeazábal, 2014, p. 136).

Resumen

«La tortura» es la conversación entre Juan, un torturador al servicio de la policía, y su esposa. El hombre no pudo hacer confesar a un sujeto ―que murió sin decir una palabra―, enloquece y ataca a la mujer. Ellos representan el típico matrimonio colombiano con rasgos patriarcales y  problemas de comunicación.  

«La autopsia», por otra parte, es el debate entre un doctor y su mujer, Ana, respecto a si él debe presentarse a su trabajo, hacer la autopsia al cadáver de su propio hijo ―quien tenía ideas revolucionarias―  y mentir en el dictamen para favorecer al Estado. Al doctor le falta un botón en el traje y Ana trata de coserlo. Antes de tomar la decisión, suena el teléfono. El trabajo, la obligación, interfiere en sus vidas personales: «[Leonardo] Ulchur Collazos señala que Buenaventura plantea en estas obras una confluencia entre lo público y lo privado en la que el orden familiar y el político se confunden» (Gardeazábal, 2014, p. 148). Lo anterior sucede en ambos textos dramáticos. 

El arte de lo no dicho

Ambas obras son textos dramáticos de gran calidad. Enrique Buenaventura aplica en ellas el arte de lo no dicho, de conformarse con sugerir y brindarles significados escondidos a los objetos. El encuentro entre el verdugo y el torturado no se muestra en escena, pues ya ha sucedido; tampoco el asesinato del hijo de Ana y el doctor ―ambos se configuran como personajes en ausencia―. El dramaturgo se conforma con situar los sucesos del pasado en la voz de sus personajes. En ese orden de ideas, bajo la preponderancia de lo oculto, nunca se habla de liberales, conservadores, guerrilleros o revolucionarios. Nunca se menciona a qué bando pertenecen las víctimas; por el contrario, los victimarios trabajan para el Estado y, a su vez, se convierten en sus víctimas. 

En ese orden de ideas, bajo la preponderancia de lo oculto, nunca se habla de liberales, conservadores, guerrilleros o revolucionarios. Nunca se menciona a qué bando pertenecen las víctimas.

Por lo anterior, los objetos adquieren vital importancia. Es en los detalles donde Enrique Buenaventura demuestra la influencia de Bertolt Brecht en su obra (Gardeazábal, 2014). Para el dramaturgo alemán, una chaqueta rota perteneciente a un hombre desaparecido por los nazis, unas botas, un expediente, una cruz en la espalda pueden significar una sentencia de muerte, una muestra del sometimiento, una diminuta posesión que la vida pretende arrebatarle al horror. En «La tortura», la carne y los ojos remiten al condenado ―también al desenlace de la historia―; las medias, a la sensualidad. En «La autopsia», el botón faltante en el saco del doctor insinúa la ausencia del hijo. Y el nuevo botón que la mujer añade es «un poquito diferente a los demás. Pero muy poco. No se nota [a menos que se mire de cerca]; mira» (Buenaventura, 1979, p. 50); igual que el hijo, de ideas distintas. 

Cierre

«Han sido meses duros. Pero ya van cediendo. Algún día terminaremos con ellos», afirma uno de los detectives (Buenaventura, 1979, p. 48). «La tortura» y «La autopsia» resultan fundamentales porque en ellas se entretejen la calidad literaria (en la configuración de los símbolos, por ejemplo) y la denuncia respecto a las dinámicas destructoras del Estado, signadas por la corrupción estatal, las formas de silenciar a quienes actúan en su contra y las falencias del sistema de justicia. 


Documentos citados

Brecht, B. (s. f.). Terror y miseria del Tercer Reich

Buenaventura, E. (1985). La dramaturgia del actor.

Buenaventura, E. (1979). Los papeles del infierno (2). Universidad Veracruzana. 

García, S. (1986). La situación, la acción y el personaje. Texto teórico práctico, producido durante el VII Taller Permanente de Investigación Teatral de la Corporación Colombiana de Teatro, cuyo tema central fue «Las categorías dramatúrgicas y su praxis». 

Gardeazábal, C. (2014). Una relectura de la violencia en los papeles del infierno de Enrique Buenaventura. Teatro: Revista de Estudios Culturales, (28), pp. 135-153.

Reyes, C. (s. f.). El teatro de Enrique Buenaventura