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William Shakespeare,
la gran epifanía de la humanidad

Antonio José Hernández Montoya

No bastan los momentos más dramáticos para ser Shakespeare y dar con frases memorables

Jorge Luis Borges.


Hamlet y El mercader de Venecia

En el arte de William Shakespeare encuentro magnificencia y una cercana representación de nuestra humanidad. Las pasiones y pulsiones se condensan en personajes tan vívidos que llegan al punto de ser inolvidables; siempre recordaremos a Ofelia, Hamlet, Porcia y Shylock, entre otros, porque quizá intuimos que una parte de nosotros se encuentra en ellos. Tanto se ha escrito sobre el dramaturgo y poeta de Stratford on Avon que evitar las repeticiones resulta difícil. Tras leer El mercader de Venecia (1600) y Hamlet (1603), quiero aproximarme a la caracterización de los personajes y a la polifonía utilizando como base los comentarios de autores como Víctor Hugo, G. K. Chesterton, Jorge Luis Borges, Eric Bentley y Harold Bloom.

Hamlet es una tragedia; El mercader de Venecia es clasificada por Harold Bloom, en Shakespeare: la invención de lo humano, como una comedia romántica. La primera cuenta las dudas del príncipe Hamlet previas a la venganza contra el asesino de su padre: su tío. La segunda es la historia del mercader Antonio, quien acepta un peligroso contrato propuesto por el judío Shylock, al que aborrece, solo para ayudar a su amigo Basanio a conquistar a Porcia. 

En Hamlet se ve el choque de dos potestades: la necesidad de venganza impuesta por el fantasma o sombra del rey y la naturaleza del joven Hamlet, que le impide llevar a cabo la acción. Las dos fuerzas no llegan a una conciliación, entonces, la muerte se presenta como algo inevitable, como el fin de la lucha interior de Hamlet. Por otro lado, en El mercader de Venecia, Antonio experimenta una caída y un ascenso. No hay dolor ni ruina, a excepción de Shylock, quien acepta convertirse a otra religión en la gran ironía de la obra.   

El dramaturgo tenía una gran facilidad para producir el efecto de la catarsis; muchos años después de su muerte, lo que escribió para ser representado en un escenario es leído y llega al alma. Ese efecto radica en la creación de sus personajes, los cuales son terriblemente bellos, como los humanos: experimentan el amor, el desamor, la venganza, el odio, la tristeza, la duda, etc. «La identidad fundamental de existir, soñar y representar le inspiró pasajes famosos», dice Borges en Everything and Nothing

Los personajes redondos

Con frecuencia se afirma que la importancia de las obras está en lo perdurables que sean. Las creaciones de Shakespeare lo son, tanto que varios de sus personajes se han constituido como arquetipos. A propósito, Eric Bentley define los caracteres redondos como «libres y, por lo tanto, imprevisibles y sorprendentes». Shylock y Ofelia son dos ejemplos. El primero impresiona con el odio que siente hacia el mercader, con su implacable deseo de arrancarle la libra de carne en vez de recibir el pago del contrato; por otra parte, Ofelia enloquece y, en el juego de imaginar otro final, no hay uno en el que ella no sufra; es como si el de Shakespeare se hubiera establecido como el único. 

Según Bentley, los personajes redondos se convierten en referentes obligados o arquetipos. Un ejemplo es la búsqueda del padre hecha por un hijo que recién alcanzó la madurez, la cual remite a Telémaco; otro son los viajes de regreso a casa que recuerdan a la Odisea; los protagonistas excelsos, astutos pero espontáneos, agobiados en su interior y en busca de venganza, se asocian con Hamlet. 

En el caso de Shylock, Bloom afirma que Shakespeare creó un arquetipo negativo del pueblo judío. El autor estadounidense califica El mercader de Venecia como antisemita, y añade: 

Cuando pensamos en el judío en la literatura posbíblica, el Daniel Redonda de George Eliot, el Fagin de Dickens y el medio judío Poldy de Joyce, entre otros, nos vienen a la mente después de haber rumiado en torno a Shylock.

Cabe añadir que Shakespeare introdujo al teatro de su época la figura del clown. Hamlet, dentro de su complejidad, actúa como clown en momentos de la obra. Launcelot es el bufón de El mercader de Venecia, pero la comedia realmente está en poder de Porcia con sus «indirectas» a los pretendientes y la introducción del anillo que desemboca en un quinto acto lleno de humor absurdo.

En el diálogo con la tradición, los personajes shakesperianos beben de muchas fuentes: leyendas nórdicas, mitos celtas, acontecimientos de la historia de Inglaterra, los Cuentos de Canterbury y también obras de los contemporáneos del dramaturgo. Dice Chesterton que «Shakespeare mejoró todas sus historias [las que usaba de referencia], y por lo que puedo ver, difícilmente habría podido empeorarlas». En La flor de Coleridge, Jorge Luis Borges aclara, mediante un ejemplo, la importancia y la necesidad de la conversación con otros autores para también actualizar el pasado. Los contertulios de Shakespeare fueron: Thomas Kyd, George Peele, Robert Greene, Ben Jonson y Cristopher Marlowe; este último es el más reconocido y, acaso, quien más influyó en su obra (T. S. Eliot, en un capítulo dedicado a Marlowe, en Los poetas metafísicos, analiza su poesía comparándola con la de Shakespeare). 

Barrabás, personaje de El judío de Malta, es el referente más cercano, cronológicamente, que tuvo Shakespeare para construir a Shylock. El dramaturgo analizó la caricatura (que no debe entenderse como peyorativo) de Barrabás y se alejó de Marlowe al crear un judío lleno de rencor hacia el mercader Antonio, decidido, y que al final nos deja con los ojos inmensos de sorpresa al aceptar irónicamente el castigo que significaba su conversión al cristianismo. 

La confrontación y la polifonía

Otro aspecto clave de los personajes de Shakespeare es  la confrontación que se da entre ellos y sus voces. Los sepultureros usan un lenguaje diferente, hablan distinto al estilo elevado en el que se expresan Hamlet y Horacio. Por el contrario, Graciano, Salerio y Solanio se expresan igual que los sepultureros. Ofelia es una antes y otra después de enloquecer, esto se ve claramente en sus palabras y en sus cantos. En muchos personajes hay relaciones de oposición, por ejemplo: Hamlet-Laertes, uno es el típico vengador y el otro es la presencia monstruosa de un personaje prácticamente humano; Antonio-Shylock, ambos enfrascados en sus negocios usan la religión como pretexto de lucha; Rey Hamlet-Claudio, distintos tipos de mandatarios. Adicionalmente, es interesante que Ofelia se presente como símbolo de desamor, mientras Porcia encarne la risa y también la inteligencia que define el juicio en favor de Antonio; ambas son personajes redondos, distintas entre sí. 

La variedad de oposiciones y puntos de vista revelan la polifonía en la obra de Shakespeare. Hay quienes consideran que la polifonía de la novela moderna se debe en gran parte a Shakespeare, a su capacidad de reunir múltiples puntos de vista y dejarlos hablar, ser. Por eso es magnífica la comparación que Borges establece entre Proteo, el personaje mítico capaz de mutar su forma, y el poeta de Stratford on Avon: «Nadie fue tantos hombres como aquel hombre, que a semejanza del egipcio Proteo pudo agotar todas las apariencias del ser». 

En la complejidad de la obra shakesperiana, hay que reconocer que el contexto histórico del dramaturgo le sirve como suelo, aunque se queda en simple situación teatral. Shakespeare conocía la historia de Inglaterra; disfrutaba situar sus personajes en ella y transgredir cronológicamente los hechos. Lo que mantenía casi intacto eran los temas de legalidad e ilegalidad, las traiciones y el entramado de relaciones de poder bajo las que vivía su época; las dualidades vida-muerte y amor-odio son fundamentales. Existe una interpretación de Hamlet relacionada con la historia de María Estuardo, quien fue asesinada por la reina Isabel: Jacobo I, hijo de María, esperó que Isabel falleciera para tomar el trono, es decir, no se atrevió a reclamarlo. La analogía entre María Estuardo (Rey Hamlet), Isabel (Claudio) y Jacobo (Hamlet) es muy interesante, pues explicaría el fallo en la venganza del príncipe, aunque no alcanza para explicar la fuerza de su caracterización, tan parecida a lo humano. 

Para concluir, quiero cerrar con una frase de Víctor Hugo: «Shakespeare es, ante todo, una imaginación», una que pudo condensar en papel gran parte de nuestra esencia, un genio inefable e inmortal, una epifanía que guarda en sus páginas un fragmento de la humanidad.  


Imagen de cabecera tomada de Martin Ludlam en Pixabay