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La belleza y los faisanes:
apuntes sobre El hombre es un gran faisán en el mundo

El hombre es un gran faisán en el mundo es la muestra perfecta de la sorprendente calidad poética y narrativa de la escritora Herta Müller. Te invito a descubrir en qué consiste la belleza de la obra y por qué la humanidad está llena de faisanes.

Antonio José Hernández Montoya

Faisán
¿Conocías el faisán? Tomada de Pixabay

La prosa de Herta Müller demuestra que la poesía y la narración pueden complementarse y conformar una estética que crea símbolos a medida que se desarrolla una trama. A Müller se le otorgó el Premio Nobel de Literatura en 2009 justamente por ser una escritora que «con la concentración de la poesía y la franqueza de la prosa, describe el paisaje de los desposeídos». Así ocurre en El hombre es un gran faisán en el mundo, donde se narra la historia de Windisch, Katharina y su hija Amalie, una familia de ascendencia alemana que desea irse de Rumania para alcanzar la libertad y que solo puede emigrar si Amalie entrega su cuerpo al policía y al cura. Windisch busca viajar de forma ilegal, pero fracasa.

En la novela, Müller logra un contraste entre la humanidad y la naturaleza (incluidos los objetos). De ese modo, hombres y mujeres muestran su lado más sombrío. Los animales, los entornos y las cosas, al contrario, albergan la belleza; y al interactuar con los personajes reciben nuevos significados y se convierten en símbolos. El pasaporte, por ejemplo, no es solo un requisito estatal, sino el tiquete hacia la autonomía, hacia el fin de la opresión generada por el régimen rumano.

La obra tiene cuatro ejes fundamentales: el primero es el significado del título en función de las relaciones entre alemanes y rumanos; el segundo, la influencia del contexto histórico en la trama; el tercero, la crítica a la violencia patriarcal y el machismo de los personajes; el cuarto, las supersticiones y su construcción poética. Hay símbolos poderosos en cada eje.  

I. ¿Qué es un faisán en el mundo?

La relación entre lo alemán y lo rumano es una constante en la literatura de Herta Müller. En El hombre es un gran faisán en el mundo la mayoría de los personajes principales tienen ascendencia alemana, nacieron y viven en Rumania (suabos), pero se consideran alemanes; por ejemplo, Windisch, su hija Amalie, el guardián nocturno y el peletero. Estos caracteres suelen compararse y marcar sus diferencias con los rumanos; también realizan constantes referencias a la población que vive en Alemania. No obstante, no se trata de una oposición maniquea y simplista. Al contrario, en la novela se configura un punto de vista alemán que reconoce la profundidad de las creencias rumanas (personajes como Windisch y el guardián nocturno no se consideran rumanos, pero conocen la cultura y creen en varios aspectos de ella, como las supersticiones). Ese reconocimiento está presente desde el título. En una entrevista con Carlos Aguilera, la escritora cuenta:

He escrito un libro titulado “El hombre es un gran faisán en el mundo”. Ese es un giro rumano. En rumano es muy frecuente decir “He vuelto a ser un faisán”, que significa: “He vuelto a fracasar”, “No lo he logrado”. O sea, en rumano el faisán es un perdedor, mientras en alemán es un arrogante fanfarrón. Como se sabe, el faisán es un ave incapaz de volar, vive en el suelo. Cuando empiezas a cazar y todavía no sabes hacerlo bien, cazas faisanes. La presa más fácil, puesto que el faisán no puede escapar. Los rumanos han incorporado ese rasgo a su metáfora. ¿Y cuál han tomado los alemanes para la suya? Las plumas, el plumaje, lo cual es muy superficial. La vida del animal no interesa a la metáfora alemana; a los rumanos les interesa la existencia del ave, y eso me fascina. El faisán rumano ha estado siempre más cerca de mí que el faisán alemán.

Los títulos (primera frase de cualquier obra, verso prestado de algún largo poema clásico o verso compuesto por el novelista) suelen tener dos propósitos: ser sonoros y condensar el contenido con la mayor precisión posible. Müller recurre a una frase de la cotidianidad rumana para exponer una afirmación dolorosa: el hombre es un gran perdedor. La maravilla del título, su poderoso significado, recae en que Müller nunca escribe «perdedor», sino «faisán», y propone un juego en el que es necesario indagar para comprender; así, quien lee se pregunta desde el inicio qué significa que el hombre sea un gran faisán en el mundo. El título atrapa y es memorable. 

El punto de vista alemán reconoce los aspectos más bellos de la cultura rumana al tiempo que se atreve a criticar los más horrendos, como la violencia normalizada de los hombres rumanos y del régimen. El ser humano se asocia con la maldad, la decadencia, la violencia y la derrota. El mundo es hermoso; la humanidad no lo es. Al principio, Windisch se resiste a admitirlo: «El guardián nocturno dice en voz baja y mascando: “El hombre es un gran faisán en el mundo”. Windisch levanta el saco y lo acomoda en la bicicleta. “El hombre es fuerte”, dice, “más fuerte que las bestias”». 

El ser humano se asocia con la maldad, la decadencia, la violencia y la derrota. El mundo es hermoso; la humanidad no lo es.

Cuando su hija Amalie es abusada por el cura y por el policía, cuando la innegable realidad afecta su familia, llega la aceptación: «Con los ojos desnudos y la piedra entre las costillas, Windisch dice en voz alta: “El hombre es un gran faisán en el mundo”. Lo que Windisch oye no es su voz. Siente su boca desnuda. Las paredes han hablado».

II. El mundo del faisán

Los eventos de la novela transcurren en una zona rural de Rumania durante la dictadura de Nicolae Ceausescu, es decir, durante la República Socialista de Rumania que tuvo lugar de 1967 a 1989. La autora realiza una crítica evidente al régimen totalitario, violento, corrupto y patriarcal. Además, como si fuera poco, en el pasado de los personajes aún perviven las cicatrices de la Segunda Guerra Mundial: Windisch fue un prisionero de guerra, Katharina fue esclavizada en Rusia y el peletero estuvo en la Wehrmacht. Al emigrar a Alemania, este último le escribe a Windisch una carta en la que reflexiona: «Hay una cosa muy dura, nos ha escrito el peletero. Una enfermedad que todos conocemos por la guerra: la nostalgia». 

En ese contexto, la vigilancia y la represión resultan asfixiantes. En otra de sus obras, Hoy hubiera preferido no encontrarme a mí misma, la cual transcurre en un ambiente urbano, la narradora dice: «No quisiera pensar en nada, porque no soy nada, excepto alguien citado». La dictadura condiciona la identidad. Esa novela narra la historia de una mujer que fue citada por el régimen socialista de su país (el de Ceausescu, claro) tras ser incriminada y acusada injustamente de traición a la patria. La crítica a la dictadura rumana es otra de las constantes de la literatura de Herta Müller.  

Herta Müller. Fotografía de U. Montan. Tomada de The Novel Prize.

En varias escenas de El hombre es un gran faisán en el mundo se muestran las dinámicas instauradas por Nicolae Ceausescu. En la siguiente, por ejemplo, se expone la intención adoctrinadora impuesta al sistema educativo:  

Amalie señala el mapa. “Ésta es nuestra patria”, dice. Y con la punta del dedo busca los puntos negros en el mapa. “Éstas son las ciudades de nuestra patria”, dice Amalie. “Las ciudades son las habitaciones de esta gran casa que es nuestro país. En nuestras casas viven nuestro padre y nuestra madre. Ellos son nuestros padres. Cada niño tiene sus padres. Y así como nuestro padre es el padre de la casa en que vivimos, el camarada Nicolae Ceausescu es el padre de nuestro país. Y así como nuestra madre es la madre en la casa en que vivimos, la camarada Elena Ceausescu es la madre de nuestro país. El camarada Nicolae Ceausescu es el padre de todos los niños. Y la camarada Elena Ceausescu es la madre de todos los niños. Todos los niños quieren al camarada y a la camarada, porque son sus padres”.

Amalie es profesora y se ve obligada a realizar constantes discursos con los que se busca un «lavado de cerebro». Al construir este tipo de escenas, Müller muestra lo ridículo del adoctrinamiento al tiempo que se burla de él: un niño quiebra un florero por señalar el mapamundi y se pone a llorar, una niña con fiebre pregunta a qué hora se acaban las clases, otro niño juega y no presta atención, la misma Amalie está aburrida.

En otros pasajes, por el contrario, la autora adopta un tono serio (que se corresponde con los actos que se critican) para mostrar la corrupción del régimen y los abusos sexuales que cometen sus funcionarios. El policía y el cura chantajean a las mujeres y a las familias que desean obtener documentos oficiales como el pasaporte:

El guardián nocturno le contó una vez a Windisch que el cura tiene una cama de hierro en la sacristía. En esa cama busca las partidas de bautismo con las mujeres. “Si todo va bien”, le dijo el guardián nocturno, “busca cinco veces las partidas. Cuando hace su trabajo a conciencia, las busca diez veces. El policía, por su parte, pierde y traspapela hasta siete veces las solicitudes y los timbres fiscales en el caso de algunas familias. Y los busca con las mujeres que quieren emigrar sobre un colchón guardado en el almacén del correo”.

Respecto a la hija de Windisch, el guardián nocturno añade con crueldad que «el cura hará de ella una católica, y el policía, una apátrida». A Herta Müller le basta una sola frase para mostrar que los crímenes sexuales del régimen son respaldados por instituciones como la Iglesia y las fuerzas estatales y legales. 

III. La violencia del gran faisán

En uno de los pasajes anteriores se narra que el dictador se autoproclama el padre de la población rumana, lo cual deja en evidencia el sistema imperante. En la obra, el punto de vista alemán (que reconoce la profundidad de algunas creencias rumanas a la vez que critica otras actitudes) sigue principalmente a Windisch, pero no es ajeno a la violencia que sufren las mujeres.

Además de la situación de Amalie, que integra la trama y por eso se presenta con un mayor detalle, la autora incluye escenas en las que se expone cuán interiorizada y naturalizada estaba esa violencia. Los pasajes evidencian maltrato físico y psicológico. En el primero de los casos: «La señora de la limpieza sacude el polvo de la barandilla. Tiene una mancha negra en la mejilla y un párpado morado. Está llorando. “Me ha vuelto a pegar”, dice». Windisch también es violento: «Sobre la tetera hay una burbuja verde. Sobre la burbuja aparece la cara de su mujer. Windisch se le acerca. Le da una bofetada en plena cara. Ella se calla. Agacha la cabeza. Llorando, pone la tetera sobre la mesa». 

En el segundo de los casos, son constantes los abusos verbales (ofensas, comentarios, comparaciones y desprestigios) que los hombres rumanos realizan, reforzando así los roles tradicionales de género y demostrando que las conciben como seres inferiores. El guardián nocturno dice que los judíos y las mujeres corrompen el mundo. Esta violencia psicológica además es xenófoba, pues el odio destilado hacia las alemanas y rumanas (llamadas valacas) es mayor que el dirigido a las suabas (alemanas nacidas en Rumania). El peletero, quien consigue el pasaporte antes que Windisch, lee una carta enviada por uno de sus familiares que está en Múnich y se ríe varias veces como si fuera normal pensar de ese modo: 

Había deslizado el dedo hasta una frase situada en el extremo inferior de la carta. “Las mujeres aquí no valen nada”, leyó. “No saben cocinar. Mi mujer tiene que matarle los pollos a la dueña de la casa. La buena señora se niega a comer la sangre y el hígado. Tira el buche y el bazo. Y encima fuma todo el santo día y se va con el primero que aparece”. […] “La peor de nuestras suabas”, dijo el peletero, “vale más que la mejor alemana de por allí”.

La autora aborda este aspecto con seriedad, es directa y no recurre a eufemismos o acciones implícitas. En el capítulo «La cruz de plata», por ejemplo, la instancia narrativa se adentra en la consciencia de Amalie y expone mediante una visión el trauma que le ocasionó el abuso: el policía y el cura aparecen juntos y dicen obscenidades; el último lleva una cruz de plata que Amalie contempla. Müller hace que el narrador (que está en la mente de Amalie y por ende en la visión) siga la cruz como si estuviera hipnotizado (repitiendo la palabra en varias frases) y comprenda el horror del abuso a partir de la incomodidad que el objeto le genera a Amalie al tocar su cuerpo. La crítica es potente: la cruz es una tortura para ella.  

IV. Lechuzas y manzanas

La decisión de incorporar las supersticiones a lo largo de la novela es efectiva, pues aporta a la construcción de una cotidianidad poética donde la naturaleza parece contarle secretos y profecías a quien es capaz de interpretarlas. Las supersticiones tienen un componente mítico porque a partir de las interacciones entre animales, cosas y personas se construyen explicaciones para acontecimientos como la muerte y se crean premoniciones.

La decisión de incorporar las supersticiones a lo largo de la novela es efectiva, pues aporta a la construcción de una cotidianidad poética.

Es mediante las supersticiones que se explica el vuelo de la lechuza sobre el pueblo y por los capítulos de la obra. El animal es un símbolo de la muerte, pues lleva entre sus plumas la premonición de que alguien morirá cuando el ave se pose sobre un techo. Una lechuza vieja ulula sobre el pueblo y al posarse sobre un tejado fallece la vieja Kroner. Y una lechuza joven, que llega algo desorientada, trae consigo la muerte de Dietmar, el novio de Amalie, a causa de un disparo de un soldado que quiso justamente matar la lechuza; disparo que en cierta forma Müller había anticipado cuando Amalie estaba en el cine con el mismo Dietmar. Las edades de las lechuzas y las de sus muertos no son coincidencia; es bien sabido que en la técnica literaria no se deja nada al azar. 

Entre los símbolos más llamativos se encuentra el árbol de manzanas que devora sus frutos (mencionado en dos capítulos). El narrador cuenta que el árbol existió antes de la guerra y estaba detrás de la iglesia. Así se describe la primera vez que fue visto: «El padre del guardián nocturno también había sido guardián nocturno. Una noche de verano, estando detrás del seto de boj, vio al manzano abrir una boca en el extremo superior del tronco, allí donde sus ramas se separaban. El manzano comía manzanas».

El guardián nocturno le contó al juez municipal. Este empezó a enloquecer, a delirar con las manzanas y las cortezas del manzano, y conformó una comisión para vigilarlo. Las personas observaron al árbol devorando sus frutos y el temor los llevó a atacarlo. Luego le contaron al cura, que llamó al obispo. El obispo dijo que ahí estaba el demonio. La declaración provocó que lo quemaran sin antes cortarlo, dejando solo el tronco chamuscado. 

Tiempo después, el sacristán cortó ese tronco y lo quemó, volviéndolo solo un puñado de cenizas. Enterró una caja con esas cenizas a las afueras del pueblo y, al regresar a la iglesia, encontró la caja en el lugar donde antes estuvo el manzano.

El manzano es símbolo de una humanidad que empieza a destruirse a sí misma, que devora los frutos de sus anteriores esfuerzos y presagia la devastadora Segunda Guerra Mundial (considerando que lo ve el padre del guardián antes de la guerra). El juez municipal, que representa las instituciones políticas, se obsesiona con el manzano: «Después de almorzar, el juez municipal le pegó a su mujer. Había visto manzanas flotando en la sopa. Y se las había comido». Por otra parte, el cura y el obispo, representantes de las instituciones religiosas, pretenden solucionar los problemas como solo la Iglesia sabe: con fuego, con incendios, dejando el tronco de esa humanidad enferma cuyas cenizas no se pueden ocultar, cuyas cenizas regresan, cuyas cenizas siguen ahí. Ninguno puede impedir (sin destruirlo) que el manzano devore sus frutos y menos reducir el miedo de los pobladores.

Otro de los símbolos que merece atención es la estatua de San Antonio con una biblia, objeto que Windisch compara con un pasaporte (aunque la estatua no puede emigrar). La figura del santo católico muestra la religión predominante en Rumania y es símbolo de la única esperanza de quienes se quedan: la fe.

Últimas palabras sobre el gran faisán

El hombre es un gran faisán en el mundo demuestra la calidad técnica de Herta Müller y su apropiada crítica a la represión y la violencia. En la novela, la escritora permite que la prosa y la poesía se abracen mediante la construcción de una trama dolorosa y unos símbolos saturados de belleza. Basta abrir el libro al azar y sorprenderse con la magnificencia de las imágenes que Müller logra: atarle las manos a un cadáver para que parezca que reza, oír la campana que repica hasta «desollarse» la lengua, contemplar las manos de las mujeres que desgranan rosarios, ver la luna enorme que bebe agua de la rueda del pozo y que tiene rayos capaces de enredar el viento, creer que la lluvia cae sobre los ataúdes de las personas que fueron buenas (una superstición), entre otras sorpresas estéticas. 

A este derroche poético se le añade el dolor de que el hombre sea un faisán, de que viole y mate, de que sea dictador y permita dictaduras. Los ejes fundamentales pueden identificarse al leer la novela porque así lo quiso la escritora, porque cada uno fue pensado y puesto en el lugar justo, porque no hay casualidades y nada sobra. La guerra y las dictaduras hacen del ser humano un completo perdedor. Los personajes anhelan emigrar y no parece importarles hacia dónde. Windisch nunca se ilusiona con una Alemania paradisiaca (tal vez intuye que no había paraísos). Lo único que quiere es que su familia se aleje de ese régimen violento que abusó de Amalie; en definitiva, que su familia salga de esa nación donde el tiempo no corre y los que se quedan no tienen final, como San Antonio con su biblia encerrado en la iglesia.


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Antonio Jose Hernandez Montoya

Licenciado en Literatura egresado de la Universidad del Valle. Ha ganado diversos concursos de cuentos. En 2021 obtuvo el «Estímulo para la creación literaria en zona urbana y zona rural de Santiago de Cali para artistas emergentes» de la convocatoria Estímulos Cali. Escribe cuento, minicuento y ensayo.