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Guerra en Ucrania,
Dr. Strangelove y la locura tras el poder

La guerra en Ucrania tiene al mundo en ascuas, tanto por su drama humanitario como por el regreso de la amenaza nuclear en toda su crudeza. Ante este panorama emergen clásicos del cine como Dr. Strangelove, cuya aguda sátira del delirio nuclear ha hecho de esta cinta algo más que una divertida anécdota del pasado.

Ricardo A. Bolaños

La invasión a Ucrania tiene al mundo en vilo, y las razones son evidentes: en mes y medio hemos visto a ciudades enteras como Mariúpol evaporarse en la metralla y crímenes de guerra que se acercan peligrosamente al genocidio. Pero a lo mejor nada abruma tanto como la locura, ambiciones y caprichos de líderes (sí, como Putin) que remueven las brasas desde las cimas del poder, dispuestos —tal parece— a una quemazón nuclear que promete más supervivientes que vencedores.

Es la vieja pesadilla atómica, tan ampliamente documentada por el cine y la literatura de la Guerra Fría, que vuelve con rostros nuevos aunque con agendas recicladas. Sin embargo, pocas obras son tan descarnadas en retratar la sinrazón detrás de la disuasión nuclear como la película de Stanley Kubrick Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb (1964), también conocida en el mundo hispanohablante como Teléfono rojo: ¿Volamos a Moscú? o Doctor Insólito

Antes de Ucrania: Dr Strangelove

Con un elenco de lujo (con Peter Sellers, Sterling Hayden y George C. Scott a la cabeza), Dr. Strangelove fue estrenada en una época absurda, bipolar en todo sentido, cuando las pruebas atómicas se peleaban las primeras planas con los Beatles, y generó gran controversia, que no es para menos, pues recoge, en clave de humor, la locura y la paranoia de la carrera armamentística en un momento en que las sirenas de la crisis de los misiles aún no terminaban de aullar.

La historia es delirante desde el principio: Jack D. Ripper, general de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, se atrinchera en su base y, obsesionado por la idea de que los comunistas están fluorizando el agua de su país para alterar sus «preciosos fluidos corporales», ordena un ataque sorpresa con bombas nucleares contra la Unión Soviética sin autorización del presidente, con una particularidad: Ripper se asegura de que los bombarderos B-52 que sobrevuelan la URSS, capitaneados por el mayor Kong, realicen su misión bloqueando toda comunicación exterior, salvo si esta se envía con un código secreto de tres letras solo conocido por el desquiciado general, buscando con esto que al Gobierno de los Estados Unidos no le quede más opción que apoyar el bombardeo.

La locura del general Ripper desata el caos. El oficial de intercambio británico Mandrake, subordinado a Ripper, trata de detener los planes de su superior y de descifrar el código, esto mientras el presidente Merkin Muffley recurre a una desesperada diplomacia llamando desde el Pentágono a su par soviético para evitar el ataque y convencerle de que se trata de un error, y todo para descubrir que lo peor está por venir: los soviéticos revelan que, en busca de una disuasión más eficiente, han construido la «máquina del juicio final», un sistema que a la menor señal de ataque sobre territorio soviético desencadenaría automáticamente la destrucción de toda la vida sobre la Tierra, lo cual es confirmado por el asesor científico estrella del presidente y ex nazi alemán que da nombre a la película, el doctor Strangelove.

La guerra en Ucrania y la racionalidad de la destrucción

Podría decirse que todo en Dr. Strangelove tiene rasgos de la opereta y lo grotesco, y, sin embargo, es difícil no llegar a reconocer sus punzadas de realidad: toda la tecnología, por ejemplo, que aparece en la película, desde los radios aerotransportados con «discriminadores» para bloquear las comunicaciones hasta la máquina del fin del mundo, aunque enteramente ficticios, no dejan de lanzar guiños a la, digamos, racionalidad instrumental de los Estados modernos, tan eficientes en términos técnicos como absurdas y hasta fatales desde un punto de vista ético, especialmente con respecto al siempre impredecible factor humano.

Precisamente el factor humano es el complemento de esta eficiencia técnica del apocalipsis. Detrás de estas máquinas y dispositivos tan potentes no hay otra cosa que una gran determinación, una voluntad y las convicciones de un militar o un político con las miras puestas (demasiado puestas) en su objetivo final: la victoria, incluso a costa de sí mismos. La diligente obsesión del general Ripper, el entusiasmo del general Turgidson por un «número aceptable de bajas» de millones de civiles, o el regocijo del mayor Kong montado en un misil nuclear que «por fin» cae hacia su objetivo…, todas expresiones cómicas de una monstruosidad bajo la cual duerme el mundo. 

¿No son acaso personajes como Putin, Bush o Kim Jong Un una especie de mayor Kong que cae montado en un misil mientras agita el sombrero y relincha de gusto? Nadie duda de que, como los personajes de la película de Kubrick, los líderes del mundo actúen como actúan siempre impulsados por «motivos», agendas, discursos y objetivos. Los objetivos, o por lo menos los discursos que los justifican, están ahí y proliferan como hongos (evitar la expansión de la OTAN hacia Rusia, el interés de la OTAN de contener a Rusia, el nacionalismo ruso, la lucha contra el globalismo, etc.), como también es un hecho que entre más nobles, heroicos y elevados se pretenden, más víctimas y más sangre se cobran. El gran drama humanitario de Ucrania y la amenaza de la destrucción mutua asegurada que pende ahora sobre el mundo son productos de locos con ambiciones geopolíticas tan grandes como suicidas.

En fin, corren días de eficiente locura, de narrativas que buscan hacer saltar el mundo en pedazos, y el arte cinematográfico vuelve a dejar de ser una anécdota para contribuir a su reflexión. 


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Ricardo Bolaños

Licenciado en Literatura egresado de la Universidad del Valle. Escribe crónicas, reportajes, artículos de opinión, ensayos, cuentos fantásticos y de ciencia ficción, y disfruta particularmente del pastiche y la parodia.