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Desamando somos el disco de Odín

Jorge Medina

Disco de Odín.

Llevo días en los que un cuento de Borges me sopla en el oído su angustioso final. Se trata de «El disco», uno de los relatos que conforman El libro de arena. Quien posea el disco de Odín posee estatus de rey. ¿Qué tiene el artefacto que le otorga a su poseedor tan grande calificación? «Tiene un solo lado. En la tierra no hay otra cosa que tenga un solo lado». Acaso los reyes son como aquel disco, poseen una sola cara, la pública. 

El disco de Odín es el artefacto más extraño en mis recuerdos literarios. ¿No te parece bastante particular? Imagínalo un momento: sobre tu mano reposa el disco, y lo tienes apoyado sobre su única cara, es decir, no puedes verlo directamente si lo que te muestra es el rostro que no posee; sin embargo, allí está, sientes su peso y la superficie visible.

La angustia de su final (lo referiré sin mayor detalle) radica en que un hombre intenta robar el disco. El artefacto cae, justamente, por su único lado, que queda estampado contra el suelo, mientras su lado inexistente dirige su mirada ciega al hombre que lo busca desesperado. El acto fue inútil; el intento, en vano: «Hace años que sigo buscando».

Buscar lo que no se ve, en este caso, es buscar lo que no existe. Lo existente pereció estampando su cara contra el barro, como los cuerpos muertos estampan la suya bajo la lápida. El muerto está allí, contra el suelo, pero no se le puede percibir con los sentidos. Vive como conocimiento. «Allí está», decimos, y muchas veces lo señalamos en la sala, en el cuarto, revolviendo el café en la cocina; allí está su lado inexistente. El disco de Odín existe menos que los muertos que tenemos ahora mismo espiándonos sobre los hombros.

Leí el cuento invocado por la urgencia literaria de la memoria. Me surgió una idea: ¿podemos ser el disco de Odín sin haber muerto? Sí, lo somos, cuando desamamos. El desamor puede presentarse como la revelación de un rostro inexistente porque no lo creíamos posible, porque no sabíamos que habitara (pudiera habitar) el cuerpo de quien nos ama. Cuando el desamor toca la puerta vemos a través del ojo mágico incrustado en la madera o el metal una cara nueva, mientras la conocida se oculta y desaparece.

El tiempo lanza al amante como a una moneda y cae como el disco de Odín: nos muestra el lado inexistente (hasta ese momento). Lo interesante en este fenómeno es que esa nueva cara nos impide asir la anterior. Allí está su semejanza con el disco del rey: se nos ha destronado de nuestro estatus de amante y no podemos retornar. Cuando amamos, amamos un rostro, aunque en él se conjuguen una decena de rostros; todos desembocan en el mismo perfil. El momento más difícil en el amor es cuando quien amamos ya no nos corresponde con su perfil de amante. Hay quienes tratan, en vano, de agarrarlo por el lado perdurable, pero descubren que la perdurabilidad es momentánea.

Nosotros también somos ese disco, no solo quien intenta recogerlo. Cuando mostramos nuestro lado «inexistente» ya no deseamos que nos tomen. Se debe aceptar y renunciar. Renunciamos al otro; esperamos que el otro renuncie a nosotros. No debemos decir las últimas palabras del cuento de Borges: «Hace años que sigo buscando».


Imagen de cabecera de Gerd Altmann en Pixabay