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«La crítica literaria en Colombia no existe»:
una conversación con Jaír Villano

Un ejercicio del fracaso, publicado este año por Ediciones El Silencio, reúne una serie de ensayos alrededor de la crítica literaria, el fracaso, el dolor, el escritor como mercancía y el arte del ensayo. Hablamos con el autor del libro, Jaír Villano, sobre estos y otros temas que gravitan sobre su obra y vida.

Juan José Mondragón

Jaír Villano
Jaír Villano, autor de Un ejercicio del fracaso. Foto tomada por Villano.

Jaír Villano (Cali, 1993) es magíster en Literatura (Universidad Javeriana, Bogotá), crítico y escritor. Sus ensayos, artículos y críticas se han publicado en periódicos como El Espectador, El Tiempo, El País (Cali), Le Monde Diplomatique (Colombia); en las revistas Arcadia, Universidad de Antioquia, Perro Negro (Londres), Literal Magazine (USA), Revista de Crítica Latinoamericana (Tufts, Massachussets), el Boletín Cultural y Bibliográfico del Banco de la República, Razón Pública; y en medios especializados de cine como Kinetoscopio y Canaguaro. Fue director de contenidos especializados del Festival Internacional de Cine de Cali, y en 2016 editó, compiló y escribió Like a Rolling Stone. Historias y perfiles de estrellas del rock (Caza de Libros); en 2018 la librería Expresión Viva reunió algunas de sus columnas en el libro Escribir por escribir. Sobre literatura y cine. Algunos de sus textos se han antologado en editoriales independientes y universitarias.  

 De acuerdo con tu libro, Un ejercicio del fracaso, los autores actualmente no soportan una opinión en contra de su obra. Les es difícil aceptar la crítica. Hablando del conjunto de ensayos que acabas de publicar, ¿te has encontrado con alguna crítica que les señale defectos?  

Sí, pero lastimosamente no tiene que ver con los tratamientos, con algo relacionado con el contenido del libro, sino más bien con aspectos que son más del exterior. Por ejemplo, el hecho de que en la portada esté Nietzsche. Hay personas que me han dicho (que me han insinuado, más bien) «¿Por qué Nietzsche?», como si el hecho de que él esté en la portada obligara a que el libro fuera de un experto. Yo no lo soy, pero me gusta mucho él; está en todo el libro, ¿no? El espíritu es totalmente nietzscheano. No soy un experto, es decir, filosóficamente, pero lo admiro. Entonces el libro es como un homenaje a esa admiración. Esas han sido las críticas.

Un ejercicio del fracaso, libro de Jaír Villano
Haz clic en la portada.

Te has encontrado con lectores de tapa en vez de lectores de profundidad.

Exacto. Y es curioso… Resultan ser personas que yo respeto intelectualmente. Uno piensa que lo exterior, lo que tiene que ver con la vida del escritor, con los aspectos que no se circunscriben necesariamente con la obra no son, digamos, significativos. Aunque, por ejemplo, Guide confiesa que rechazó a Proust porque simplemente le parecía que él era un snob y un mundano; porque se lo había encontrado en algunos salones que Proust frecuentaba y, por esa sencilla razón, rechazó el primer manuscrito de En busca del tiempo perdido. Luego se dio cuenta de que cometió un grave error. Es algo que se repite constantemente. No quiero decir que mi libro sea En busca del tiempo perdido; no lo estoy equiparando, desde luego, pero eso pasa. 

Me imagino que te has encontrado también con espectadores de tapa. Seguro te han dicho que te quieres parecer a Andrés Caicedo, por las gafas, por el cabello. ¿Te has topado con gente así? 

Hace mucho tiempo nadie me preguntaba por Andrés Caicedo, qué curioso. Hace como cinco años me publicaron un texto, que fue muy polémico, en el que yo decía que él no me gustaba. Eso hizo que mucha gente, cada que yo iba a una charla, me preguntara por eso. Pues mira que Andrés Caicedo no es una literatura que a mí me guste, me parece que es una literatura importante para la ciudad, como una referencia para quizá incentivar la lectura, como un puente para llegar a otras obras. Pero a mí, personalmente, como lector, no me satisface. Hay otros escritores con esa onda de él que me gustan más. La gente me lo preguntaba, de pronto, por el aspecto físico y porque a mí también me gusta el rock.

En uno de los ensayos que compilas hablas de una relación problemática entre las editoriales independientes y la autopublicación. Ya sabemos que tener una editorial independiente no es muy rentable en Colombia, pero ¿hay algo que consideras pueda cambiar esa encrucijada entre lanzar autores que se autopublican o decantarse por calidad y no tener ganancias para sostenerse como editorial?

Bueno, es que no tiene nada malo autopublicarse. Hay grandes autores que lo han hecho. Nietzsche se financió una parte del Zaratustra; Proust también financió su primer manuscrito.  Muchos escritores, grandes escritores, lo han hecho. Pero está todo el resto de autores, ¿no? Porque ahora la literatura se volvió también un objeto de consumo. Entonces, el escritor también se ve a sí mismo como un producto. Surge así una literatura no por una necesidad existencial, o estético-existencial, sino simplemente por cumplir un requisito social o por cumplir un rol. Finalmente somos una sociedad bastante capitalista.

El capitalismo, o el neoliberalismo, lo que hace justamente es mercantilizar todos los aspectos de la existencia. Las artes desde luego que tienen que ver con ella. Nosotros, como escritores o como artistas en general, ya nos vemos casi que en una aceptación del trabajo de uno como objeto de consumo. Claro, es preocupante cuando hay una proliferación de publicaciones, de autopublicaciones, que no pasan por filtros, que no pasan por cuestionamientos, por rechazos. El rechazo me parece que es fundamental para todos los escritores. Con el rechazo es que uno se da cuenta si de verdad tiene madera.  Lo otro tiene que ver con la idea romántica de las editoriales independientes, que les dan voz a autores que por X o Y razón no tienen voz. No estoy seguro de que se tenga que privilegiar uno y descuidar lo otro, o viceversa. Creo que más bien se podría pensar en una integración de ambas cosas: editoriales que presten servicios como asesores para personas que quieran financiar su libro, y al mismo tiempo integrar nuevas voces en la escena literaria.

Nosotros, como escritores o como artistas en general, ya nos vemos casi que en una aceptación del trabajo de uno como objeto de consumo

En tu libro mencionas cierta falta de crítica en el ámbito de las letras. Ahora mismo, ¿dónde crees que se aloja una verdadera crítica literaria en Colombia?

La crítica literaria en Colombia no existe. Es una ilusión. Aunque sí hay espacios en los que se respeta y se fomenta la discusión del libro. Te menciono algunos, en los cuales tengo el privilegio de ser parte: el Boletín Cultural y Bibliográfico del Banco de la República, que es la primera revista cultural del país. Ahí uno escribe y reseña libros críticamente, y esas reseñas son bien remuneradas. Pero es una revista que financia el Banco y, curiosamente, no circula mucho. Es una vaina de nicho. No sé por qué, si además es de acceso gratuito. Si no la quieres comprar, la puedes descargar y leer gratuitamente. Entonces no entiendo por qué no circula tanto, por qué esas reseñas no generan discusiones, por ejemplo. Hay otros casos, como la revista de literatura de la Universidad de Antioquia. Es una revista muy buena con muy buenos textos, y tampoco es que circule mucho. Se le reconoce entre un circuito pequeño, pero no es algo que genere el mismo impacto que un texto publicado en un gran medio.

Arcadia, por ejemplo, estuvo haciendo un ejercicio interesante en ese aspecto. El Malpensante también, que se ha ido cayendo. Tiene que ver justamente con que los proyectos se caen, porque no hay todavía una cultura del libro sólida en Colombia

Tampoco hay una cultura de crítica 

Si no hay una cultura del libro, en consecuencia, no hay una cultura de crítica del libro. Hay ejercicios de crítica literaria que se hacen más bien como por cumplir un requisito, como en la academia. Hay mucha crítica literaria en la academia: buenas críticas, otras no tan buenas, y otras verdaderamente malas. Pero esos textos quedan simplemente ahí, como gravitando alrededor de un círculo social reducido.  

Si no hay una cultura del libro, en consecuencia, no hay una cultura de crítica del libro

Me parece que eso no es tan crítica del todo. La academia hace una crítica «científica». Está destinada a producir un tipo de conocimiento específico, a clasificar, a organizar…

La crítica también hay que mirarla con su amplia perspectiva. También hay ejercicios que rescatan autores. La crítica académica, con todos los reparos que se le pueda hacer, ha reivindicado muchos autores que antes no circulaban tanto. Por ejemplo, piensa en Juan José Saer, en Clarice Lispector o María Luisa Bombal, autores que no son tan conocidos dentro del gran público y que la crítica literaria académica siempre ha tratado. Eso no hay que negarlo tampoco. Sí hay una condescendencia, sí hay un afán por privilegiar el requisito formal, como el artículo indexado: eso hay que cuestionarlo. Pero está también lo que te acabo de mencionar, que es muy interesante, muy productivo.

Jaír Villano, autor de «Un ejercicio del fracaso».
Jaír Villano, autor de Un ejercicio del fracaso. Foto tomada por Juan José Mondragón.

Y si la crítica literaria en Colombia no es masiva y el público no promueve un debate serio sobre el arte que se produce aquí, ¿no estaremos entonces pensando que nuestra literatura actual es mejor de lo que en realidad es?

Puede que sí, y no solamente en Colombia. Usted puede revisar muchos autores que se leen a nivel mundial, que los venden como voces auténticas o voces genuinas y en realidad son estilos epigonales a otros. Hay vedettes construidas por las editoriales, y no quiero mencionar nombres, pero hay muchas a nivel europeo; o están estos autores también cuyo mito es muy rentable. Ahora estabas hablando de Caicedo; gran parte de su éxito se lo debe al mito que hay en torno a él, pero está el otro mito, por ejemplo, el de Bukowski. Tiene una obra interesante, pero se agota muy rápido. Entonces se habla mucho de él, pero no tanto de otros autores que están alrededor suyo como Cheever o Carver.

Tan es así lo del mito que se termina hablando de la vida de Bukowski y no de su obra. Todo lo que en realidad vende de estos autores es su vida desenfrenada, caótica, su desvarío y no su obra a veces. Se privilegia lo uno y se pierde lo otro. 

Todo lo que en realidad vende de estos autores es su vida desenfrenada, caótica, su desvarío y no su obra a veces

En Colombia más bien es fácil que fenezca el entusiasmo de las personas que han intentado ejercer la crítica porque las grandes tribunas no apoyan como tal. No hay una economía sólida en torno a la crítica. Y eso hace que el entusiasmo fenezca muy rápido. Si tú vas a escribir una crítica te vas a ganar enemigos, vas a cuestionar un libro, un autor, probablemente a muchas personas no les va a gustar y encima no te reconocen nada. A cualquiera se le va cayendo el entusiasmo. Eso sin contar con lo que pueda eventualmente pasar respecto a las reacciones adversas. En Colombia siempre ha habido insinuaciones de críticos que lamentablemente se van desvaneciendo con el tiempo.

Por supuesto, también está el caso de autores que sí trabajaron mucho a pesar de sí mismos. El gran ejemplo es Sanín Cano que, dicho sea de paso, fue el primero en traer a Hispanoamérica a Nietzsche cuando nadie lo conocía. Ahí se ve la importancia de un crítico. Él fue el que puso a Nietzsche a circular en Colombia. Y eso no lo digo yo, lo dice Danilo Cruz Vélez, un filósofo que se educó en Alemania. También está  el caso de Hernando Téllez, por decir dos icónicos, que siempre estuvieron escribiendo, quizás de pronto con una circunstancia más privilegiada.

En Colombia, el auge de las escrituras del Yo ha desplazado al fenómeno de la novela histórica que se promocionaba antes con mucho bombo. ¿Cómo ves ese panorama de la literatura nacional? ¿Le ves futuro por allí o crees que acabará pronto? 

En eso no hay nada nuevo. Eso del Yo viene desde hace rato. Solamente por mencionar a alguien icónico en esto de la literatura del Yo, pues hablaríamos de Proust, que es quizá uno de los novelistas más importantes del siglo pasado. Toda la literatura de Proust está totalmente vinculada con el Yo, tan es así que el narrador de su novela se llama Marcel, como el escritor, y a lo largo de la obra él está todo el tiempo intentando decir que él no es Proust, que él es un narrador cualquiera y lo que está escribiendo no tiene nada que ver con la realidad. Entonces por oposición termina pareciéndose más a la realidad. Siendo así, no hay nada nuevo. Sí hay cierto auge; hay muchas novelas que están apelando a esa forma expresiva. Hay novelas con aciertos, por ejemplo, la de José Zuleta, Lo que no fue dicho, que a mí me gusta; y no tiene que ver necesariamente con que apele a ese nuevo recurso literario, sino con sus virtudes narrativas, con su prosa, con su acertado laconismo, con las imágenes que deja, con la creación de personajes. También hay otras novelas fallidas en ese sentido. Más bien, como todo en la literatura, no es tanto el qué, sino el cómo: cómo se cuentan las cosas, cómo se dicen las cosas.

Como todo en la literatura, no es tanto el qué, sino el cómo: cómo se cuentan las cosas, cómo se dicen las cosas

Me parece entonces que eso puede devenir en que la sociedad capitalista lo absorba. Que el yo, la explotación del yo, se vuelva una cosa bastante rentable.

Claro. Sin duda que ese tema se vincula con que en el neoliberalismo hay una exacerbación del yo. Una de las formas de ejercer el control, por parte de los dispositivos neoliberales, sin duda es a través de un, digamos, privilegio del yo en tanto que aparentemente estamos más con nosotros mismos, cuando en realidad me parece que estamos más lejos de nosotros porque habitamos un mundo con cámaras frontales. Las cámaras frontales aparentemente nos reflejan, pero en realidad reflejan nuestra imagen. ¿Qué pasa con nuestra narrativa interior? Así parece que nos exponemos más a los otros. Pero en realidad la narrativa interior, lo que está detrás del yo, está como que enmudecido. Eso podría explicar justamente el auge de esta literatura que tiene que ver con una sociedad o una cultura de sujetos ensimismados, narcisos sin duda. Y bueno, desde luego que, para escribir sobre uno mismo, hay que creerse importante. Uno tiene que creer que lo que va a decir, a contar, pues es interesante al menos. Pero eso, reitero, no tiene nada per se de cuestionable, porque siempre son los tratamientos los que prevalecen sobre las temáticas. 



Juan José Mondragón

Estudiante de Licenciatura en Literatura de la Universidad del Valle. Tercer lugar en el III Concurso Nacional de Cuento Andrés Caicedo y segundo en el IV Concurso Universitario de Relato Autobiográfico de la Universidad Autónoma. Gestor cultural, centrado en la creación de encuentros, talleres, recitales y laboratorios alrededor de la literatura y las artes en formato interdisciplinar. Escribe cuentos, crónicas, ensayos y crítica cinematográfica.