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La nariz es la lápida del rostro

Jorge Medina

Magalico

Así pasé mi tiempo
el que me fue concedido en la tierra.
Bertolt Brecht: «A los que nazcan más tarde».


Lanzo la piedrita sobre los caminos mal andados de mis memorias lectoras y cae en la frente de Gregorovius, habitante de las saltarinas páginas de Rayuela. En una de las casillas lanza su piedrita: la nariz es el límite del mundo. Así, piedra sobre piedra, voy armando el castillito oscuro que cuelga entre los ojos. La nariz es el límite del mundo, curiosa idea que le salta al encuentro cuando en una trascendental lectura sobre peceras descubre que algunos de estos recipientes contienen un «tabique móvil» que acostumbra al pez, dolorosamente, a permanecer en un lado del mundo. Es tan eficiente el sistema que, tras retirar el tabique, el pez no intentará jamás cruzar la dolorosa línea; frontera de la materia que ahora se extiende en su pensamiento. Paradójicamente, se extiende, del exterior al interior, para estrechar su movilidad. Hay que aceptar que la idea le proviene de otra parte más profunda, más intensa, de su deseo tácito y táctico de golpear, dulce o dolorosamente, su nariz contra la carne de la Maga y cruzar a ese otro lado del mundo que no tiene nombre, pero que tanto nombramos, y no voy a nombrar, aunque lo dejaré revoloteando en el pensamiento.

En dicha pecera, el pez, espécimen que lleva el rostro por manos, se da de frente contra la realidad, es decir, la toca y le duele. Nosotros, por el contrario, si acercamos la nariz es ya como segundo acercamiento de lo que tenemos entre las manos, como una exploración más íntima. La nariz, intacta, ajena, displicente, mueve sus aletas como una sospechosa señal de vida. No está muerta, nos dice, pero parece estarlo; consume el aire que da vida y no se ve contenta; permanece estática, resignada. Para nuestra especie, la nariz no es el límite del mundo, sino de la existencia. Es una lápida en el rostro con dos fosas comunes.

Todos llevamos en la mitad del rostro ese bulto que puede ser de variados tamaños e interesantes terminaciones. Hay quienes llevan una nariz cuyo poema de Quevedo les cae al tabique; otros padecen, gogolianamente, el engaño natural o divino de portar, en vez de nariz, la huella de un pequeño dedo de dios. Aunque varíen los tamaños y aparezca una que otra elevación pronunciada o subrepticia, todas comparten su carácter rígido, estático, displicente

En la displicencia hay mucho de arrogancia, puesto que quien no presta atención a su entorno puede estar cegado por la atención que se presta a sí mismo; mira hacia afuera como una exploración y se desencuentra con quienes lo miran en su arrogante mutismo. Las narices son así, arrogantes, a pesar del simulacro de humildad de los pequeños y aparentemente suaves bultos que provocan una risita inocente y unas ganas mal disimuladas de apretarlos entre dos dedos. 

A ellas no les importamos demasiado; por el contrario, somos el bulto de nuestra nariz. Gracias a ella respiramos, gracias a ella sobrevivimos, ¡gracias! ¿Ya hueles el fundamento de su rígida postura? Hay que estar alertas, algún día se levantarán con su fingido doblegamiento para dejarnos dos monstruosos agujeros sobre los labios; aunque no necesitan saltar de la cara para dejar sentada su monstruosidad: ¿no te parece aterrador que ese trozo de carne con el que recibimos el aire vital permanezca tan distante de la vida? A ver, respiremos un poco más.

Cuando estoy triste, mi rostro lo advierte, lo señala, me denuncia. Exhibe también mi alegría y mi miedo. Estos gestos de la cara son como la cola del perro. Podemos ser los más tristes de este mundo o los más alegres, los más furiosos o los más nobles y, a pesar de ello, nuestra nariz permanece quieta; de vez en cuando da alguna seña de vida que a mí me parece una queja, levanta la ceja para denunciar nuestra estupidez. Alrededor de ella ocurre la vida y ella permanece indolente. En el lago de las emociones la nariz flota como un muerto. Toda nariz es un Meursault. Me quedo sin aliento.

Al respirar asistimos a un momento cumbre de la vida, a nada más y nada menos que al acto físico de mantenerse vivo, acto cotidiano y apaleado por la inconsciente monotonía. Inconsciente para nuestra mente que se ufana de malversar sobre cuestiones trascendentales, pero el cuerpo trabaja constantemente para que ese instante se repita por un buen lapso. ¿La nariz no es acaso parte de ese cuerpo, también luchadora infatigable en la circunstancia de la vida? ¡Tan quieta, tan distante! ¡Superficial y distante! ¡Yo sospecho de su carácter! En esa extraña voluntad se esconde secretamente la voluntad de dios.

¿Y qué hay de la voluntad del ser humano? Desde 1945 no nos movemos, estamos en la mitad, como una nariz. Desde 1945 la vida dejó de ser una suma para convertirse en el residuo entre el nacimiento y la muerte. Lo que hay entre estos extremos, entre estos dos eventos que usualmente no nos pertenecen (del primero jamás somos dueños), es el tiempo. Lo que ocurre en medio es el tiempo, lo que pasa sin remedio. Lo que hacemos, mientras tanto, es la vida. Vivimos el residuo, el desecho, el despojo del azar y del destino. Nos conducimos, sin consideración, hacia la muerte; sin embargo, bien lo dice Camus: es posible adueñarse de esta tragedia y empujar la roca, pero no como Sísifo que está encantado (Camus ignora este detalle), sino como hombres y mujeres que, además de la roca, se llevan a sí mismos, a sí mismas. ¿Hacia dónde? Hacia ese lugar definitivo donde se quiere esperar la irremediable, pero movilizadora, muerte, o a los múltiples lugares deseados en este tráfico intermedio.

Después de ese estallido de narices del treinta y nueve al cuarenta y cinco, habitamos la pecera de la que no sabemos si se habrá quitado ya el tabique móvil. Nos damos de cara contra la muerte, violenta, agitada, claramente amigable con la razón o la sinrazón, y nos hemos vuelto peces que se ahogan en el agua que respiran. Por supuesto, estoy nadando sobre una generalización irresponsable y agresiva, pero no incierta como expresión de un estado del espíritu de posguerra, porque tras el holocausto nos embarga una tensión política y espiritual que nos condena a la parálisis o al simulacro de la acción. No hay un tabique móvil, hay muchos, abundan. Y me pregunto: ¿yo hago algo más que respirar? Y te pregunto: ¿haces algo más que respirar? Estas palabras pueden ser las burbujitas de un pez que asoma el ojo entre las anémonas, o una nariz que levanta la ceja.


Imagen de cabecera de de Daw8ID en Pixabay