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La decolonialidad y la lengua:
¿podemos ser decoloniales hablando en español?

La decolonialidad no es un idioma, sino un tejido significativo que indaga las particularidades culturales desde un punto de vista que pretende minar ciertas relaciones de poder.

Jorge Medina

Quetzalcoatl, la serpiente emplumada
Quetzalcoatl, la serpiente emplumada. Imagen de Lela Cargill en Pixabay

Una pregunta inquieta a algunos habitantes de la perspectiva decolonial: ¿es posible aplicar la decolonialidad usando la lengua de los conquistadores? Intuyo que la respuesta es sí, es posible. Y no, no está mal; no puede estarlo. Es posible porque la lengua no es una adquisición muerta; por el contrario, está viva, es maleable, se le apropia culturalmente. La decolonialidad no es un idioma, sino un tejido significativo que indaga las particularidades culturales desde un punto de vista que pretende minar ciertas relaciones de poder.

La decolonialidad busca deconstruir (con toda la complejidad de la deconstrucción, banalizada recientemente) las relaciones de dominación colonial (raciales, de clase, entre otras); observa la historia de un territorio en la complejidad relacional de todos los sucesos allí ocurridos, generando rupturas en el punto de vista del colonizador. En muchos sentidos, la decolonialidad cuestiona la «historia oficial», aquella en la que se suelen reproducir las dinámicas de dominación en aspectos identitarios. El racismo es un claro ejemplo. 

Un cuento de Harold Kremer, de su libro El combate, me ayudará a sustentar esta opinión:

Los confusos

El monarca de aquel país, para perpetuarse en el poder, se propuso crear una escuela de la confusión.

—De ahora en adelante —explicó a sus ministros— vamos a cambiar el significado de las palabras. A la noche la llamaremos guayaba, a la golondrina la llamaremos mar, al toro lo llamaremos piedra, al rey lo llamaremos gafas y así hasta completar un nuevo idioma.

Los ministros se pusieron a trabajar y crearon, al cabo del tiempo, un diccionario nuevo.

Todos los niños fueron obligados a prepararse en la nueva escuela.

Cuando estuvo lista la primera generación el rey construyó una nueva ciudad y envió allí a hombres y mujeres.

Con el tiempo, las siguientes generaciones confusas declararon la guerra. Sus ejércitos se tomaron la ciudad, entraron al palacio y pusieron preso al rey. El jefe dijo:

—Gafas, por principio te basamos en el plato torcido. ¡Te disfrazamos el ajedrez por tus colas del caucho!

Al escuchar a su jefe, los hombres confusos llevaron al rey a la plaza y lo decapitaron.

El rey decide perpetuarse en el poder. La manera en la que pretende su inamovible estado es modificar el significado de las palabras, aspirando a crear una generación de confusos; sin embargo, el método no funciona, puesto que es inútil. Es inútil que se cambien los referentes de las palabras de una lengua para confundir a los nacidos. La nueva generación aprenderá los nuevos referentes y construirá una relación con el mundo a partir de aquellas denominaciones. «Gafas», dice la nueva generación para referirse al rey, y «rey» es la palabra que refiere a una persona que ocupa una posición de poder. «Gafas» y «rey» son palabras semánticamente equivalentes. Podrán llamarlo zapato o cepillo dental, siempre se entenderá la relación sin importar la palabra empleada. De acuerdo con la relación actúan los «confusos». Se levantan contra el autoritarismo desconociendo que sus palabras son equivocadas para el sistema lingüístico de los dominantes. No es necesario que lo sepan, poseen el suyo y con él interactúan con el mundo.

Lo mismo ocurre con los nacidos en la Abya Yala (América): aprendieron la lengua de los conquistadores. Los españoles llegaron en 1492 a este continente, y se lo apropiaron. La Abya Yala estaba repartida desde antes de ser descubierta para el mundo español, pues las Capitulaciones de Santa Fe promulgaban que el territorio que descubriera Colón se repartiría de la siguiente manera: 10 % para el navegante y el resto para la Corona. 

Esa lengua no se queda intacta en el continente, sino que se combina con las lenguas nativas y es reelaborada hacia dimensiones culturales propias. La lengua se emplea para denunciar, señalar, construir, destruir y reconstruir. La dominación no es esencia de la lengua, esa es una idea falaz. Por demás, la lengua española tiene su historia de intercambios y conquistas.

Esa lengua no se queda intacta en el continente, sino que se combina con las lenguas nativas y es reelaborada hacia dimensiones culturales propias.

En la sexta conferencia de El encubrimiento del otro, Enrique Dussel se dedica a la construcción de una historia mundial a partir de relaciones no eurocéntricas. Dice el autor:

Cambiar de piel como la serpiente, pero no la perversa serpiente traicionera que tentaba a Adam en Mesopotamia, sino la “serpiente emplumada”, la Divina Dualidad (Quetzalcóatl) que “cambia su piel” para crecer. ¡Cambiemos la piel! Adoptemos ahora “metódicamente” la del indio, del africano esclavo, del mestizo humillado, del campesino empobrecido, del obrero explotado, del marginal apiñado por millones de miserables de las ciudades latinoamericanas contemporáneas.

«Serpiente», dice Dussel para referir la serpiente de Mesopotamia, usando la lengua española. También se refiere a la serpiente mexica sin emplear el náhuatl. ¿Está cometiendo un error? ¿Está mal que proponga una muda de piel para ocupar la del indígena y la del africano usando la lengua del conquistador? ¡Por supuesto que no! Nos está comunicando en su lengua la importancia de un proceso decolonial, y podemos entenderlo porque compartimos el código. Una cosa es someter a un pueblo con una lengua, otra es emplear la lengua del dominante para acusar la dominación y señalar los conflictos. Con ella se defiende y se resiste. Por supuesto, las perspectivas no son similares en todas las circunstancias; los pueblos indígenas resisten en sus lenguas. 

¿Cuántas lenguas indígenas existen en Colombia? En nuestro artículo sobre el Día Mundial de la Poesía lo respondemos.

Dussel puede deconstruir/reconstruir una historia mundial no eurocéntrica con un idioma europeo, así como puede hacerlo con cualquier otra lengua. Necesita de alguna para comunicar esa historia. No le serviría de nada hablar en una lengua que no le permitiera comunicar su propósito; el concepto sobreviviría forzadamente, perdiendo su potencia práctica. Sírvase como ejemplo la situación de Paul Celán, judío que escribió en alemán los dolores padecidos en los campos de concentración. 

Es cierto que la lengua se empleó como herramienta para la conquista, que a las personas arrebatadas desde África las aislaron de sus grupos lingüísticos para confundirlos; sin embargo, ahora el español es nuestra lengua y con ella podemos ejercer nuestros poderes socioculturales. Por supuesto, no es la única en este continente, y eso debemos tenerlo claro. 

¿Te gustan estos temas sobre decolonialidad y culturas indígenas? Quizá quieras leer «No es realismo mágico, es transculturación: la cultura wayuu en Cien años de soledad».