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Los chicos de la Nickel: entre la bonhomía y la supremacía racial

Juan Sebastián Mina

Publicación: 2019

Autor: Colson Whitehead

Páginas: 224

Editorial: Doubleday

Premios: Premio Pulitzer a obras literarias de ficción

Género: novela


Obama dijo de Los chicos de la Nickel (2019) que era una «lectura necesaria». Con esta historia Colson Whitehead ganó su segundo Premio Pulitzer ─el primero fue en 2017 por El ferrocarril subterráneo─; asimismo, la novela recibió el reconocimiento a mejor libro de 2019 según el Times. También fue catalogada como uno de los 10 mejores libros de 2019 según Publishers Weekly; Bestseller de The New York Times; premiada con The Kirkus Prize; nominada al National Book Award y finalista del National Book Critics Circle Award. Credenciales no le faltan. 

La historia transcurre en un infierno con nombres norteamericanos. Los personajes son chicos que viven en un mundo blanco en donde incluso los blancos sufren. Pero es más difícil para los negros. Los personajes están construidos sobre la base de la inocencia perdida, sobre la ausencia de infancia, sobre la soledad y el castigo brutal. Son víctimas de un mundo regentado por los rezagos sociales y jurídicos de las leyes de Jim Crow. El personaje principal, Elwood Curtis, es un muchacho que fue abandonado por sus padres ─Percy, un exmilitar que recibió una mención especial por la carta que escribió a su capitán acerca de las desigualdades en el tratamiento a los soldados de color, y Evelyn, una mujer especialmente melancólica─. A Elwood lo crió su abuela, Harriet Johnson, «un colibrí de mujer que todo lo hacía con una furiosa determinación», determinación que le vino con los años y el miedo. Sí, Harriet tenía miedo. 

El, como lo llaman todos en Tallahassee, pueblo en donde vive, es un muchacho aplicado y trabajador, lee tebeos y trabaja en Marconi´s, la tienda de un italiano. El despecho por la imposibilidad de ir a Fun Town, y las palabras del doctor Martin Luther King para su hija quien, como él, tampoco puede ir al parque de diversiones, calan profundo en su mente: «aunque no puedas ir a Fun Town, quiero que sepas que tú vales tanto como cualquiera de los que van a Fun Town». Al despecho se suma la mala fortuna. Tras conocer el mundo de los plantones y revueltas que hacían frente a las condiciones raciales de los años 60 en el sur de los Estados Unidos, Elwood fundamenta su proyecto de vida en la educación. Y el día que se dirigía hacia la Universidad para tomar un curso de literatura inglesa, termina en un juzgado. La razón… deberá descubrirla usted. Solo recuerde, esta es una «lectura necesaria». 

El norte ideológico de Elwood es el Dr. King y su llamado al amor ágape, linderos de un significado que solo divisó en las instancias de la Nickel. Nunca entendió el pedido del Dr. King: ¿cómo es posible amar a quien te zurra a tal punto de enviarte al hospital inconsciente?  ¿O cómo amar, y seguir amando, a quien te ata a un par de árboles con argollas, te lincha y te tira en una fosa? Elwood no lo sabe, nosotros tampoco, pero él atesora sus convicciones como la llama de una vela que uno protege del viento con la mano. Y esa vela, como una posta, también la protegerá Turner, un reincidente en la Nickel que logra escapar del reformatorio junto con Elwood. Uno muere mientras el otro se convertirá en el dueño de una empresa llamada «El As de la mudanza», aludiendo a la última categoría, la de As, que debían alcanzar los «estudiantes» para salir del reformatorio. 

Los personajes parecen tener un destino fallido, y la esperanza se desvanece en las paredes de ese mundo del reformatorio que parece ser un prototipo de la nación norteamericana: violento, socarrón, hipócrita, consumido por sus propios miedos. Ese es uno de los aciertos de la novela: es una radiografía en bruto de años de terror y sus consecuencias en las vidas que pasaron por él. Con una prosa concisa, Colson Whitehead logra recrear un contexto social convincente mientras construye un discurso antixenófobo y antirracista. El manejo en la tensión de la trama se sostiene con un lenguaje prolijo y bien cuidado que se entrevera con la caótica oralidad sureña. Su precisión lingüística es, en realidad, un pulido ejercicio de modestia frente a la tragedia racial que atraviesan sus personajes y encuentra eco en la sociedad norteamericana fuera de la ficción. Elwood puede ser Trayvon Martin, Michael Brown, Breonna Taylor o George Floyd. 

Con una estructura en tres partes y un epílogo, la novela tiene un ritmo frenético que interpone escenas del pasado en la Nickel con el presente de un hombre que, en apariencia, logró salir de ese mundillo; sin embargo, la curiosidad de una estudiante de arqueología que se topa con un cementerio (Boot Hill) hará que su pasado lo alcance. Para el hombre, el pasado es un recinto en el que habitan figuras de porcelana blanquísimas y, a veces, una que otra figura se despierta, desabrocha su cinto con cabeza de búfalo y lo persigue para darle una buena muenda. También hay figuras negras en aquel pasado. Estas, con el tiempo, adquieren forma de un drogadicto, un militar que fue a la guerra o unos huesos olvidados en algún terruño dado en alguna concesión para que se construya un complejo de restaurantes y un bonito destapado. Y, en medio de ese recinto, la eterna lucha entre la violencia y el amor, porque puedes cambiar una ley, pero no puedes cambiar a la gente ni la manera en que se tratan unos a otros. Recuerde, lector, lectora, «una lectura necesaria».


Texto publicado inicialmente en el Periódico La Palabra.

Imagen de cabecera: fragmento de la portada. Tomada de Fantasticmag.