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Rock en Colombia: ¿para marginados?

Un país como Colombia, alumno aventajado del siglo XX en eso de ser violento, lascivo y desordenado, no podría librarse de un fenómeno cultural como este, pero ocurre aquí una rareza interpretativa. En este país, que se cree apoderado de músicas tropicales, hay un cierto esnobismo a la hora de hablar de rock como fenómeno cultural.

Nadia C. Ángel Solórzano

The world is closing in
Did you ever think
That we could be so close, like brothers
The future’s in the air
I can feel it everywhere
Blowing with the wind of change
Scorpions.


¿Sabían Elvis Presley, Chuck Berry y Muddy Waters que ese extraño fenómeno que desataron a principio de los 50 se convertiría en la banda sonora del final de un siglo caótico, desenfrenado, violento y tumultuoso que se desbordó de las manos del ser humano? Posiblemente no, quizá simplemente fue una respuesta de jóvenes aburridos, hijos de la posguerra y espectadores hastiados de una guerra fría que amenazaba no terminar pronto o llevar el mundo al límite de la extinción. Fuesen conscientes o no de lo que se avecinaba, surcaron las bases de un cultivo de voces, acordes y letras que son la viva fotografía del mundo contemporáneo, sin filtros ni marcos; Instragram no existía en los 70 u 80, pero sí el rock y su testimonio indeleble. 

Una idea recurrente en las sociedades contemporáneas es la necesidad de pertenecer o encajar en un grupo social, en una categoría establecida por la mayoría, que dé el estatus de ser una persona socialmente hábil, y por este filtro pasa siempre la construcción del individuo. Aristóteles planteó que el ser humano como especie es un ser social por naturaleza: existe en relación con los otros, y de esto dependen, precisamente, los elementos que cada individuo utiliza en su cimentación como sujeto. El rock, como fenómeno cultural, fue ese constructo al que arribaron miles de jóvenes vástagos de un mundo en constante cambio, uno cuyas categorías sociales ya no alcanzaban para abarcar los significados de ser humano establecidos durante siglos. 

El rock, como fenómeno cultural, fue ese constructo al que arribaron miles de jóvenes vástagos de un mundo en constante cambio.

Un país como Colombia, alumno aventajado del siglo XX en eso de ser violento, lascivo y desordenado, no podría librarse de un fenómeno cultural como este, pero ocurre aquí una rareza interpretativa. En este país, que se cree apoderado de músicas tropicales, hay un cierto esnobismo a la hora de hablar de rock como fenómeno cultural: no se considera una expresión popular de la sociedad, sino un refugio de intelectuales,  marginados culturales, outsiders de pensamiento arbitrario y poco interés por las normas sociales. Y bien, los llamados roqueros no solo se encuadran en esas categorías, sino que las asumen y las abrazan como bandera y patria. No tienen en cuenta que no son más que eso, categorías, encuadres; ¿donde queda, entonces, aquello de ser marginados culturales? El individuo que parece no encajar, que se asume como marginado dentro de un grupo de marginados, se niega a la posibilidad de asumirse como parte de un entramado social, pero es esto precisamente lo que es. 

Ahora bien, es entendible que dentro de una sociedad como la colombiana, regida por ideas de construcción regionalista, poco adeptas a la apertura global y a lo nuevo, un fenómeno cultural como la música rock (que en principio llegó con un idioma diferente), se someta a una interpretación diferente de la que tiene el mundo. En este país se considera el gusto por el rock una condición de excentricidad, mientras en otras partes del globo es, evidentemente, un fenómeno  masivo y popular. La sociedad colombiana no es consciente de ser un organismo autónomo que hace parte de uno más grande y global, por eso se convierte en aquello que rechaza: un marginado dentro de la sociedad mundial. Se recrea sobre sí misma todos los elementos que desestima. 

El roquero colombiano se construye creyéndose autónomo, excéntrico, incapaz de encajar, cuando en gran medida es producto de la capacidad de inclusión de una sociedad global.


Imagen de cabecera de Free-Photos en Pixabay