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Star Wars: The Mandalorian,
orden y caos

De tener que condensar toda «Star Wars» en unas cuantas palabras, con seguridad serían estas: orden y caos. Y es que en los cuarenta y cuatro años de esta saga, los blásters y los sables de luz han chispeado por algo más que el simple entretenimiento de los/as «star warriors».

Ricardo A. Bolaños

Madaloriano mira fijamente al lector de este texto. Tomada de El Palomitrón.

Hace mucho tiempo, en una galaxia muy muy lejana, fueron el orden y el caos. De tener que condensar toda Star Wars en unas cuantas palabras, con seguridad serían estas: orden y caos. Y es que en los cuarenta y cuatro años de esta saga, los blásters y los sables de luz han chispeado por algo más que el simple entretenimiento de los/as «star warriors»: lo han hecho en nombre de las grandes expresiones del orden (la República, el Imperio, la Fuerza), o en su pugna contra los distintos niveles del caos que dan forma a la galaxia de George Lucas.

Esta contienda cósmica vuelve a ser relevante, ahora bajo la peculiar forma de western espacial con The Mandalorian, una especie de fanfiction de alto presupuesto creada por Jon Favreau bajo los auspicios de Disney+, la cual, al menos en estas dos primeras temporadas, parece insuflar algo de oxígeno a una saga muy maltrecha después de ese traspié que fue la tercera trilogía cinematográfica.

Esta contienda cósmica vuelve a ser relevante, ahora bajo la peculiar forma de western espacial con «The Mandalorian», una especie de «fanfiction» de alto presupuesto creada por Jon Favreau.

Si en las primeras trilogías estos valores se manifiestan en los esfuerzos de la vida inteligente por organizar un cosmos plagado de exogorths, tuskens, sarlaccs y otros engendros, en The Mandalorian esta contienda llega a extenderse a un plano intensamente espiritual.

En los confines de la galaxia, una nueva epopeya

En esta ocasión la historia tiene lugar en el Borde Exterior de la galaxia, cinco años después de la Batalla de Endor (por no decir que unos años antes de la mentada trilogía que, por obvias razones, resulta difícil de admitir), donde a duras penas asoma la autoridad de la Nueva República. De hecho, lo más parecido en estos parajes a eso son el Gremio de los Cazarrecompensas, dirigido por Greef Karga (Carl Weathers) y su más reputado miembro, conocido como El Mandaloriano o Mando (Pedro Pascal), un hombre de armadura y misterio casi impenetrables.

The Mandalorian tiene lo que todo nostálgico de la space opera y el western añora: forajidos, sheriffs, cazarrecompensas, pistoleros, mercenarios, desiertos casi infinitos y una épica singular. Desde la primera escena en la cantina, en la que noquea a tres malhechores y captura a su «presa», el Mandaloriano Djarin hace una entrada digna de un Clint Eastwood, dejando muy claro que «va a lo que va»; ni el heroísmo ni la cortesía hacen parte de sus planes. De hecho, en este ethos de Mando se abre un espacio social que evoca el espíritu salvaje del spaghetti western, donde son constantes el interés propio, la astucia, la traición y la ley del más fuerte; es decir, otra forma de llamar al caos.

The Mandalorian tiene lo que todo nostálgico de la space opera y el western añora: forajidos, «sheriffs», cazarrecompensas, pistoleros, mercenarios, desiertos casi infinitos y una épica singular.

El punto de inflexión aflora cuando Djarin recibe la comisión para capturar un «activo» de cincuenta años en el planeta Arvala-7 y que, aunque, como se verá, es un ser que alberga una gran sensibilidad a la Fuerza, tiene la apariencia de un tierno bebé de la misma especie del popular maestro Yoda (más adelante nos enteramos que se llama Grogu). De pronto, el implacable profesionalismo del Mandaloriano y la perspectiva de una jugosa recompensa de «beskar» se ven desplazados por un nuevo propósito, el llamado paternal a proteger a la criatura, más cuando el cliente que solicita su captura (interpretado por Werner Herzog) representa a un remanente del viejo Imperio que aspira a resurgir.

Si este evento aporta el contraste humano, tan típico de los antihéroes del spaghetti western (como en el Hombre sin nombre de Clint Eastwood o el Django de Franco Nero), no tardamos en descubrir que la contradicción es lo que define a Din Djarin.

Fragilidad e incertidumbre

Por un lado, no se trata de un individuo desarraigado, ya que pertenece a La Tribu, o los Hijos de la Guardia, una facción mandaloriana oculta en el planeta Nevarro desde la Gran Purga y por la que fue adoptado en calidad de huérfano «hallado». Hay que destacar que esta serie otorga gran importancia al universo expandido de SW, y como tal trae a cuento la memoria de los mandalorianos, un pueblo que, aunque desde antaño admite el mercenarismo como estilo de vida, está cohesionado en torno a una fuerte mitología y principios guerreros. De modo que Djarin se orienta por un universo de sentido sostenido por el antiguo Camino del Mandalore que, entre otras cosas, prohíbe quitarse el casco frente a otros seres vivos. Camino este que, por tanto, instituye orden.

Conforme avanza la serie, sin embargo, este y otros personajes llegan a verse expuestos a situaciones que ponen a prueba estas convicciones. Así acontece en «El creyente» («The Believer»), episodio 7 de la segunda temporada, en el cual Mando llega a reevaluar las leyes mandalorianas respecto a la sacralidad del casco, ya que, a fin de infiltrarse en la refinería imperial del planeta Morak, tiene que despojarse (momentáneamente) de su propia armadura de «beskar» por el traje de un soldado imperial, y más tarde debió exponer su rostro ante la terminal de comunicaciones, que requería un escaneo facial para acceder a las coordenadas del crucero de Moff Gideon (Giancarlo Esposito) —líder del remanente imperial y villano de turno, quien ha secuestrado al «bebé Yoda»—.

Este incidente y, por supuesto, la fantástica secuencia del asalto de los piratas hacen de este episodio, por mucho, uno de los más interesantes de la serie, más por el hecho de arrojar luces sobre el universo moral de sus personajes, concretamente el de Mando y el de Migs Mayfeld (Bill Burr), mercenario y exfrancotirador imperial que colabora en la misión. De hecho, si alguien osa escudriñar esta fragilidad trágicamente humana ante lo sacro y lo solemne es el propio Mayfeld, quien, oscilando entre la lucidez y el cinismo —al mejor estilo de un bufón de Shakespeare—, expone aquí un discurso que incluso no parece apelar solo a una galaxia muy lejana:

Mayfeld: […] Fíjate en tu raza. ¿Crees que la gente que murió en las guerras que libraron los mandalorianos tuvo alguna elección? ¿En qué se diferencian del Imperio? Si naciste en Mandalore crees una cosa. Si naciste en Alderaan crees otra. Pero ¿sabes qué? Ninguno de los dos existe ya. Solo soy realista. Soy un superviviente como tú.

El Mandaloriano: Dejemos algo claro. Tú y yo no nos parecemos.

Mayfeld: No sé. Parece que tus reglas cambian cuando te desesperas. Es decir, mírate. Dijiste que no podías quitarte el casco, y traes el de un stormtrooper. Entonces, ¿cuál es la regla? ¿No puedes quitarte el casco o no puedes mostrar tu rostro? Porque hay una diferencia. Solo digo que todos somos iguales. Nadie cruza ciertos límites hasta que las cosas se ponen complicadas. En lo que a mí respecta, si logras terminar el día y dormir en la noche, te va mejor que a muchos.

Una disertación moral bastante relativista (peligrosamente relativista, podría decirse) que pone, sin embargo, en perspectiva los dogmas y las tradiciones. No cabe duda de que para Din Djarin —y demás mandalorianos— el credo es fundamental por cuanto brinda sentido y estabilidad (mucho más después de un desastre de la magnitud de la Gran Purga), pero tampoco es de obviar que la pertinencia y alcance de estas creencias no son absolutos; de un mundo tan incierto cabe esperar situaciones que pueden poner a tales dogmas en crisis. A la autoridad de las reglas mandalorianas se opone, entonces, un nuevo imperativo: salvar la vida del bebé Grogu, a como dé lugar. Después de todo, y pese a tener interiorizado que el Camino del Mandalore es el «único camino», igualmente por la mandaloriana Bo-Katan Kryze ha tenido Mando ocasión de conocer la existencia de otros caminos o formas de entender el mundo.

Asimismo, si es cierto que la contienda orden vs. caos fue perceptible desde el principio en esta saga, la definición de lo que orden y caos significan nunca fue absoluta. De hecho, cada uno de los principales «órdenes» antagónicos (República e Imperio) ha buscado autolegitimarse como orden asimilando a su contraparte a una forma particular de caos: el Imperio enaltece el autoritarismo y la fuerza bruta como principios ordenadores, y juzga «caos» la corrupción y debilidad institucional de la República galáctica; los escuderos de la República, por su parte, designan así a la zozobra y la destrucción causada por el Imperio, y estiman por «orden» el pluralismo y el equilibrio de poderes.

Cada uno de los principales «órdenes» antagónicos (República e Imperio) ha buscado autolegitimarse como orden asimilando a su contraparte a una forma particular de caos.

Incertidumbre ordenadora: nuevos sentidos

Si tal perspectiva toma el credo mandaloriano, hay que ver qué tanto resignifica este aparente relativismo al Imperio Galáctico. En principio, podría pensarse que la maldad del Imperio se atenúa hasta casi igualarlo en legitimidad a la (Nueva) República, y no solo por la afirmación de Mayfeld de que ambas vienen a ser lo mismo. Siendo honestos, toda esta aventura de infiltración stormtrooper, el rescate de los cazas y la bienvenida calurosa de los soldados parecen dar una impresión ligeramente más «benévola» de este bando. Sin embargo, el espejismo no dura mucho. No es sino que personajes como Moff Gideon o el general Valin Hess (Richard Brake) abran la boca y den un paso para recordar la Estrella de la Muerte, la destrucción del planeta Alderaan, la Operación Ceniza y otras atrocidades: la esencia del Imperio sigue siendo la crueldad sin límites, el orden entendido como terror y brutalidad, el desprecio por toda forma de vida.

De cualquier forma, el testimonio de Mayfeld como soldado desertor del Imperio sí que resulta revelador. Y es que al encarar al general Hess, su antiguo superior, sacando a colación una de las muchas barbaries del Imperio (la Operación Ceniza), Mayfeld no solo se redime de su glacial cinismo, sino que muestra un perfil de soldado bastante alejado del fanatismo incondicional que hemos visto hasta la saciedad en los stormtroopers y en agentes imperiales como Gallius Rax o Valin Hess; todo lo convincente, además, que el Finn de la tercera trilogía nunca logró ser. Tras la caída del Imperio, Mayfeld se desplazó a un mundo sin ley (es decir, al caos) como mercenario, desligándose así de un orden tiránico y deshumanizado, pero su misma condición de soldado «con ojos y corazón muy abiertos a su pesar» eventualmente le lleva a reconocer otra causa y otro orden por los cuales valdría la pena pelear. A lo mejor es muy temprano para especular sobre una impresión que puede ser transitoria. Las temporadas por venir proveerán.

Se puede decir que muchos personajes de la serie atraviesan este trance, pero basta con mirar a Din Djarin y Mayfeld para dar cuenta de esta particular lucha entre orden y caos.

Con todo esto tenemos que, si bien las viejas disputas entre el orden y el caos (lado luminoso vs. lado oscuro; República vs. Imperio; seres racionales vs. criaturas salvajes) siguen vigentes con toda su espectacularidad en The Mandalorian, ya no resultan aquí tan centrales como en las trilogías cinematográficas de antaño, y en su lugar se da un contrapunto entre un orden fundamentalmente espiritual, que alienta a los personajes, y un caos planteado en forma de la incertidumbre del mundo, que más allá de una disputa implica una progresiva negociación, toda vez que esto que asociamos al caos actúa aquí como un factor reordenador de lo que llamamos orden. Los blásters zumban; el corazón grita.

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Magalico

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