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«El regalo» de Ray Bradbury,
o el espacio exterior como reencuentro con la Navidad

¿Qué significa para nosotros la Navidad? Es posible que muchos de quienes hayan leído «El regalo» («The Gift»), de Ray Bradbury, se vean enfrentados a aquella vieja tensión que el autor estadounidense, en su particular «nostalgia futurista», percibe en la Navidad: la que media entre modernidad y tradición.

Ricardo A. Bolaños

El regalo de Ray Bradbury
Tomada de Pixabay

¿Qué significa para nosotros la Navidad? No, no es una pregunta que pretenda responder aquí, pues no hay una respuesta fácil y cada uno/a ha aprendido a dar a esta explosión de luces y golosinas de diciembre un significado personal, sea este muy o poco alejado de la tradición y del espíritu de la época.

De cualquier forma, es posible que muchos de quienes hayan leído «El regalo» («The Gift»), de Ray Bradbury, se vean enfrentados a aquella vieja tensión que el autor estadounidense, en su particular «nostalgia futurista», percibe en la Navidad: la que media entre modernidad y tradición

Es 24 de diciembre del año 2052. Este relato de ciencia ficción sigue a dos padres en su preocupación por dar a su hijo la mejor celebración de Navidad posible, y en una circunstancia particular: la familia se prepara para un viaje en cohete al planeta Marte. Es la primera salida del pequeño al espacio, por lo que van equipados con lo que consideran indispensable para la ocasión: un árbol de Navidad adornado de velas y muchos regalos. Sin embargo, las leyes que regulan el límite de peso de los cohetes les impide subir con estos objetos a la nave, por lo que se ven obligados a dejarlos (con gran pesar, desde luego) en la aduana de la estación espacial y proseguir su viaje.

El cohete se movió y dejó atrás una estela de fuego, y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, subiendo a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Durmieron durante el resto del primer «día». Cerca de medianoche, hora terráquea, según sus relojes neoyorquinos, el niño despertó y dijo:
—Quiero mirar por el ojo de buey.
Había un único ojo de buey, una «ventana» bastante amplia, de vidrio tremendamente grueso, en la cubierta superior.
—Todavía no —dijo el padre—. Te llevaré más tarde.
—Quiero ver donde estamos y adonde vamos.
—Quiero que esperes por un motivo —dijo el padre (Bradbury, 181-182).

La inquietud de los padres aumenta en la medida que el cohete se interna en la oscuridad del espacio, y la ansiedad del niño por la Nochebuena se hace más evidente. Es entonces cuando al padre se le ocurre una solución al problema: a pocos minutos de llegar la Navidad, sonriente, le pide a su hijo que lo acompañe a un lugar de la nave a ver su regalo. Emocionado, por supuesto, el niño accede, encontrándose al cabo del recorrido ante el único ojo de buey de la nave, y uno de los momentos que para mí está entre los más conmovedores de la narrativa de Ray Bradbury, que siempre vale la pena referir en las propias palabras de su narrador:

Y ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, ojo de buey, una ventana de un metro y medio de alto y dos metros de ancho, por la que podían ver el espacio.
El niño se quedó sin aliento.
Detrás, el padre y la madre se quedaron también sin aliento, y entonces en la oscuridad del cuarto varias personas se pusieron a cantar.
—Feliz Navidad, hijo —dijo el padre.
Y las voces en el cuarto cantaban los viejos, familiares villancicos; y el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el vidrio frío del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, mirando simplemente el espacio, la noche profunda, y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas (p. 183).

De manera que el recuerdo del árbol navideño represado en la aduana y de los paquetes de regalo con su embriagante olor a nuevo se diluyen ante el espectáculo de la Nochebuena espacial, del magnífico «árbol cósmico» engalanado con «el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas», que, más que una bella metáfora, refleja una necesidad humana de redescubrir la tradición navideña con ojos inocentes, esto considerando la apuesta de Bradbury por el espacio, ese lugar «donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas», como lugar de transformación espiritual en su obra. El espacio es algo más que un escenario de conquista: es el lugar para conquistarnos, lo que en últimas no sería algo distinto a recuperar la esencia perdida tras siglos de racionalismo y hedonismo.

El espacio es algo más que un escenario de conquista: es el lugar para conquistarnos, lo que en últimas no sería algo distinto a recuperar la esencia perdida tras siglos de racionalismo y hedonismo.

No cabe duda de que los regalos, los adornos y la comida que por estos días animan nuestras casas son importantes elementos de unión familiar, pero, ciertamente, la modernidad a ratos nos hace pensar que allí se agota la Navidad, o incluso la vida; en cierta manera, la rutina oscurece al rito, mas el velo está para descorrerse: por encima del ajetreo decembrino, de las luces eléctricas y del brillo opaco de estrellas de Belén de plástico, Bradbury atisba un firmamento de valores de una tradición que espera.

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Magalico

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